El baile de los tres fuegos
7 minEl baile de los tres fuegos
La casa de Mateo estaba en la colonia Roma, un edificio antiguo con balcones de hierro forjado y ventanas que daban a un jardín de buganbilias moradas. Esa noche, el aire olía a humo de copal y sudor temprano, porque el verano ya había entrado con ganas, y el calor no perdonaba ni a los valientes. Isabela llevaba un vestido de tirantes negros que se le subía cuando caminaba, dejando al descubierto las curvas de sus muslos, tersos y brillantes por el aceite de coco que se había puesto antes de salir del baño. Había invitado a dos hombres a su casa: Daniel, su novio de cuatro años, alto, moreno, con manos de albañil y verga gruesa que siempre parecía dormida hasta que ella lo despertaba con la lengua; y Rafa, el hermano de Daniel, más bajo, moreno también pero de ojos verdes como hojas nuevas, con una sonrisa traviesa y un pene que se le ponía tieso solo con mirarla en ropa interior.
—¿Te late este trío, nena? —le preguntó Rafa esa tarde, mientras le servía un mezcal con sal y limón, y sus dedos rozaban los suyos por accidente—. Porque yo ya lo he soñado… y no es la primera vez.
Isabela bebió el trago de un trago, se limpió el borde del vaso con la punta de la lengua y le sonrió con los ojos entrecerrados. —Si te late, entonces ya empezamos.
Mateo ya estaba en el sofá, con los zapatos tirados, la camisa abierta y las manos sobre sus muslos, como si ya lo estuviera esperando. El aire se había vuelto denso, pegajoso, cargado de olor a sexo prometido. Isabela se quitó el vestido sin prisa, dejándolo caer a los pies del sofá, y se quedó con el brasiñol negro de encaje que dejaba al descubierto el triángulo oscuro entre sus piernas. Daniel ya se había desabotonado el pantalón, y su verga salió como un puñal negro y tieso, con el glande húmedo y brillante, la piel tirante y ligeramente morena por el sol. Rafa, sentado a su lado, le puso una mano en el muslo, le acarició la ingle y le susurró: —Está dura como una roca, ¿verdad? Pero yo quiero verla entrar en ti, Isabela.
Ella se sentó entre ellos, con las rodillas separadas, y le palmeó la verga a Daniel con la palma de la mano, sintiendo su calor, la textura de su piel, la venita que latía como un tambor. —Hoy no la guardas para después, mi amor —le dijo, bajando la voz—. Hoy la metes adentro, y luego se la dejas a Rafa, que también la tiene lista.
Daniel sonrió, le agarró la cintura y la empujó hacia atrás, contra su pecho. Le metió dos dedos en la boca y le ordenó: —Chúpame, pero sin prisa. Que me sientas, que me saborees, que me lames como si fuera lo único que te falta en la vida.
Ella lo hizo, con los ojos cerrados, la lengua en espiral alrededor de la cabeza, chupando suave, tragándose el preseminal pegajoso que salía por el orificio. Rafa se desabotonó el pantalón por su parte, bajó la bragueta, y su verga saltó al aire, larga, torcida levemente hacia la izquierda, con los testículos colgados y pesados como uvas maduras. Isabela lo miró, lo acarició con la punta de los dedos, y le dijo: —Tú también quieres entrar, ¿no? Pues cuando termine con él, te lo dejo entero para ti.
Se levantó, se sentó a horcajadas sobre el regazo de Daniel, con la verga apoyada contra su entrada. Se mojó con la mano, se lubricó con su propio líquido y bajó poco a poco, dejando que su cuerpo se abriera, que se estirara, que aceptara la verga gorda y caliente. Daniel soltó un gruñido bajo, con la cabeza hacia atrás, las mandíbulas apretadas, las manos sujetándole las caderas con fuerza. —Estás tan apretada, mija… como si fuera la primera vez —dijo, mientras ella subía y bajaba, con los ojos cerrados, los senos oscilando, el sudor le resbalaba por las sienes.
Rafa se acercó, le acarició la espalda, le metió los dedos en el pelo y le besó el cuello. —Cuando te sientas lista, nena, te ayudo a bajar un poco más… y cuando la sientas entera, te la dejo yo.
Ella se movió, subió hasta casi soltar la verga, y luego bajó de golpe, hasta que Daniel le rozó el fondo con la punta de la verga. Se quedó así, inmóvil, respirando fuerte, con los senos hinchados y los pezones duros como canicas. Rafa le palmeó el culo, le abrió las nalgas con las manos, y le metió un dedo en el ano, lento, jugando con el anillo, haciendo que ella soltara un quejido agudo. —Estás tan caliente por dentro… y tu culo también se siente bien, como un puñetazo en la cabeza.
Daniel la agarró de la cintura y la empezó a meter y sacar con fuerza, con golpes cortos y rápidos, haciendo que su verga golpeara su punto G una y otra vez. Isabela se inclinó hacia adelante, con las manos sobre sus muslos, y dejó que él la cogiera como si no hubiera mañana. Rafa se puso de rodillas detrás de ella, le separó las nalgas, y con la lengua le lamió el ano, luego la entrada, luego el clítoris, que ya estaba hinchado como una fresa madura.
—Me voy a correr si no me dejas tocarte —dijo Daniel, jadeante, con la voz rota—. ¿Te importa si me vengo en tu coño, nena?
—Hazlo —susurró ella—. Que te corras dentro de mí, que te calientes mi útero, y luego que Rafa me lo siga haciendo.
Rafa se acercó, le puso las manos en las caderas y le susurró al oído: —Cuando él saque la verga, yo la meto. Sin pausa. Sin miedo.
Daniel la cogió por las nalgas y la metió con fuerza, hasta el fondo, y luego la sacó un poco, y otra vez, y otra, y en el último empuje, soltó un grito gutural, sintiendo cómo su verga se hinchaba dentro de ella, cómo el semen le recorría el pene como lava, como fuego. Isabela sintió el calor, la pesadez, la descarga, y soltó un gemido largo, con los ojos cerrados, como si también ella hubiera corrido.
—Ahora es tu turno —le dijo Daniel, bajándola suavemente, mientras Rafa se ponía en su lugar.
Rafa le agarró la cintura, la alzó, y la volvió a sentar, esta vez con la verga de Daniel aún dentro, y la empujó hacia atrás, contra su pecho. —Ahora soy yo —dijo, y empezó a moverse con un ritmo más lento, más profundo, como si estuviera entrando en una iglesia, como si estuviera rezando.
Isabela se dejó llevar, con los senos oscilando, el sudor le resbalaba por el estómago, y Rafa le besaba el cuello, le mordía la oreja, le lamió el pezón derecho hasta que se puso duro como una piedra. Ella se agarró a sus brazos, cerró los ojos, y dejó que el calor la consumiera.
—Me voy a correr si no me dejas correr —dijo Rafa, jadeante—. Quiero sentir tu calor cuando me agarres, cuando me aprietas, cuando me tragas todo.
—Hazlo —susurró ella—. Que me corras adentro, que me llenes, que me chingues hasta el fondo.
Rafa la agarró por las caderas y la empujó con fuerza, una, dos, tres veces, y luego se detuvo, se corrió dentro de ella, con un gemido bajo, con los ojos cerrados, con la frente pegada a su espalda. Isabela sintió el calor otra vez, sintió cómo su semen le recorría el útero, cómo su cuerpo se llenaba de fuego.
Los tres se quedaron así, abrazados, sudados, con el corazón latiendo al mismo ritmo, con el olor del sexo pegado a la piel, con el calor del verano en el alma.
—Oye —dijo Daniel, sonriendo—. ¿Otra ronda?
Isabela le sonrió, le dio un beso en la nuca a Rafa, y le susurró a Daniel: —Si te late… pero esta vez, yo mando.
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