El baile de los dedos en la cadera
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La luz del sol se colaba por las rendijas de los postigos entreabiertos, dorando el polvo flotante y acariciando los hombros desnudos de Lalo, que aún dormía boca abajo, con las nalgas bien abiertas como dos medias lunas húmedas de sudor. En su espalda, una tatuaje de una víbora azul se enroscaba hasta la base de su verga, medio oculta bajo el vello rizado que crecía en espiral hacia adentro.
Doña Rosa entró con una bandeja de café, los nudillos apoyados en la cadera, el delantal aún puesto pero desabrochado hasta la cintura. No dijo nada. Se acercó despacio, con los pies descalzos que no hacían ruido sobre el piso de cemento pulido, y dejó la bandeja en la mesita de noche. Lalo no se movió. Ella se inclinó, y su pecho, flácido pero firme, rozó la sábana mientras colocaba una mano sobre su nalga derecha. La presión fue suave al principio, luego más decidida, como si estuviera marcando una nota en un piano desafinado.
—Despierta, *corazón* —susurró, pero con una voz que no era de súplica, sino de orden callada—. Que ya no es temprano.
Lalo giró la cabeza, los ojos medio cerrados, la lengua pasándose por los labios como si aún saboreara un sueño dulce.
—¿Y tú qué haces aquí, *chingada*? —masculló, pero no con bronca, con burla tierna.
Ella no respondió. Bajó la mano, deslizándola por el muslo de Lalo hasta la rodilla, luego volvió a subir, esta vez por la cara interna, donde la piel es más suave y sensible. Lalo se estremeció. Abrió los ojos de golpe, fijos en ella, y soltó una risita ahogada.
—No me digas que ya te la vas a poner dura conmigo, vieja.
—Mira quién habla —respondió ella, y esta vez sí soltó una risa baja, gutural—. Si ayer fuiste tú quien me agarró del pelo y me puso de rodillas en la cocina, como si fuera una niña.
Lalo se sentó de golpe, la verga ya medio dura, colgando pesada y oscura entre sus piernas. La miró de pie, con los ojos oscuros y la respiración agitada. Ella no retrocedió. Sólo se cruzó de brazos, dejando que el delantal se le abriera más, mostrando el sujetador viejo, deshilachado, con las copas medio vacías.
—¿Quieres que te la meta ya, o seguimos charlando como abuelitas? —preguntó Lalo, y se levantó, lento, sin prisa, como quien se pone una camisa nueva.
Doña Rosa no respondió. Se giró, dio un paso hacia la cama, y se sentó de lado, una pierna cruzada sobre la otra, la mano apoyada en la cadera, la cabeza ligeramente inclinada. Lalo se acercó. La tomó de la nuca, la acercó hasta que sus respiraciones se entrelazaron. Luego la besó. No un beso suave. Un beso que era un asalto: lengua, dientes, labios que se abrían y cerraban como si quisieran romperse.
Ella se desprendió primero.
—No así —dijo, respirando fuerte—. Hoy no. Hoy te voy a hacer aprender otra cosa.
Lo empujó suavemente hacia atrás. Lalo cayó sobre la cama, sin oponer resistencia, las manos detrás de la cabeza, observándola con una sonrisa burlona. Doña Rosa se puso de rodillas frente a él, agarró su verga con ambas manos, la sostuvo firme, y empezó a acariciarla con movimientos lentos, circulares, desde la base hasta la punta, con la palma de la mano, con las uñas apenas raspando, con la yema de los dedos.
—Tú ayer me cogiste como si me debiera —murmuró—. Hoy vas a sentir cómo te chingo con los ojos cerrados, y no sabrás ni quién eres.
Lalo cerró los ojos. Ella bajó más, tomó su testículo izquierdo entre los dedos y lo masajeó suavemente, mientras con la otra mano le apretaba la verga, subiendo y bajando, con un ritmo que era más que movimiento: era lenguaje.
—Mira —dijo—. No te voy a meter la lengua ni la boca. Te voy a hacer cosquillas en la verga hasta que te corras en mi palma. Y después… te voy a chupar cada gota, como si fuera mi último café.
Lalo abrió los ojos. La miró. Y entonces se corrió. No con un estallido, sino con un grito ahogado, un temblor que le recorrió la espina dorsal y le arqueó la espalda. Su verga palpitó en la mano de ella, espasmos rápidos, intensos, hasta que el último chorro cayó sobre su piel, brillante y caliente.
Doña Rosa no soltó la verga hasta que el último espasmo pasó. Luego, lentamente, se llevó la mano a la boca y chupó cada dedo, una por una, con una expresión seria, casi devota.
—Ahora —dijo—, si te da ganas, me la metes. Pero no me la vas a sacar hasta que yo diga.
Lalo no respondió. Sólo se levantó, la tomó de la cintura, y la empujó hacia atrás, sobre la cama. La abrió de piernas con las rodillas, y se posicionó entre ellas. Se frotó la verga contra su entrada, ya húmeda y brillante, esperándolo.
Y entonces, con un solo empuje lento, la metió toda.
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