El baile de los dedos

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (4) · 332 lecturas · 11 min de lectura

La tarde se le había quedado pegada al cuerpo a Camila como un sudor lento, espeso, de esos que no se secan con toalla sino con paciencia. Estaba sentada en el balcón del piso 12 del edificio Sol del Norte, con los pies descalzos apoyados en el concreto tibio, mirando cómo el sol se metía por entre los edificios de la Avenida Bolívar como un borracho que ya no sabe a qué puerta tocar. Tenía una cerveza medio vacía en la mano izquierda y el celular apagado en la mesa de aluminio. No era que no quisiera responder mensajes, era que simplemente no quería oír el eco de la ciudad en su cabeza. El calor del día aún se arrastraba por el concreto, por las paredes, por el aire que entraba por la reja oxidada. Todo huele a polvo y a tristeza en Medellín cuando el sol se va, pero Camila sabía que eso era solo una excusa. La excusa era que no tenía ganas de ir al trabajo al día siguiente, que no tenía ganas de que su jefe le recordara que era la única que no había hecho el informe trimestral, que no tenía ganas de que nadie la mirara con esa mezcla de expectativa y lástima que siempre le ponían los de Contabilidad.

Sonó un timbre. No el de la entrada del edificio, sino el del apartamento. Uno que no debería estar sonando a esas horas, porque nadie sabía que ella estaba ahí. Nadie, salvo uno.

Abrió la puerta sin pregunta, sin duda. Sí, era él. Diego.

Lo tenía frente a sí desde hace dos horas, pero seguía sin creerlo. No porque no lo conociera —lo conocía desde la universidad, desde los tiempos en que ambos compartían un café en la biblioteca y hablaban de Foucault y de cómo el cuerpo era un texto también—, sino porque ahora tenía los ojos más oscuros, la barba recortada en línea recta, los hombros anchos de quien ya no corre solamente por deporte sino por necesidad. Y, sobre todo, porque ahora llevaba los puños de la camisa remangados, mostrando los antebrazos marcados, las venas que se retorcían como raíces bajo la piel.

—¿Te pasaste de la hora? —preguntó Camila, sin moverse del umbral.

—No —dijo Diego, y se quitó los anteojos con lentitud—. Solo esperé a que el sol se rindiera.

Ella no respondió de inmediato. Lo dejó entrar. Cerró la puerta. Se volvió hacia él, con los brazos cruzados, una pierna un poco adelantada, como si estuviera lista para una pelea o para un baile. Diego se quedó quieto en el centro de la sala, con las manos en los bolsillos, mirando el piso de madera que aún olía a limón y a café recién hecho. Había una lata vacía de Agila sobre el sofá. Una servilleta arrugada. Un libro abierto, *El cuerpo en el arte*, de un libro que Camila había comprado en la feria del libro de la Universidad de Antioquia, en el parque de Lourdes.

—¿Te acuerdas de esto? —dijo Diego, señalando el libro.

—Claro que me acuerdo. Tú me lo prestaste. Y me lo devolviste con anotaciones en los márgenes, como si fueras un profeta loco.

—No era locura. Era ganas de entenderlo.

—¿Y ahora?

—Ahora… —Diego soltó una risa suave, que no era broma, pero tampoco era seriedad. Era otra cosa. Era una pausa cargada—. Ahora pienso que tal vez el cuerpo no se entiende. Solo se siente.

Camila se acercó, despacio, como quien se acerca a una fogata en la noche. Se detuvo a un paso de él. Notó que su respiración no era la misma que recordaba. No era la de un hombre que corre en la mañana, ni la de alguien que está nervioso. Era profunda. Estable. Como si hubiera aprendido a respirar con la misma lentitud con la que se construye una casa.

—¿Por qué viniste? —preguntó, esta vez con la voz más baja.

—Porque ayer, cuando te vi en el parque, con esa blusa celeste que te quedaba estrecha en los hombros, y los pantalones blancos que te marcaban la curva de la cadera… —Diego tragó saliva, y por primera vez, sus ojos no la miraron a la cara—.… supe que no había aprendido a olvidar.

Ella no lo interrumpió. No lo empujó. No le dijo que se iba. Solo esperó, con las manos a los lados, los nudillos blancos.

—Tú me dijiste que no querías más —continuó Diego—. Que necesitabas aire. Que estabas cansada de que todo fuera… así.

—Fue así.

—Sí. Fue así. Pero tú no dijiste que ya no sentías nada.

—No lo dije porque era mentira.

Diego la miró entonces, directo, como si fuera a leerle los ojos como si fueran páginas de un diario. Y sí, los leyó. Leyó la fatiga, la duda, el miedo, el deseo. Todo. Todo allí, en esos ojos oscuros que ya no eran de una estudiante de filosofía, sino de una mujer que había vivido, que había perdido, que había vuelto a levantarse.

—Entonces… —Diego se inclinó un poco, como si fuera a besarla, pero no lo hizo. Solo acercó el rostro, hasta que su aliento rozó el cuello de Camila—. ¿Qué hacemos con lo que sientes?

Ella no respondió con palabras. Respondió con la mano. Con una mano que subió despacio, lentamente, como si temiera que si se apresuraba, el momento se rompiera como una hoja de papel. Su dedo índice rozó la mejilla de Diego, descendió hasta su mandíbula, y luego bajó más, hasta el cuello, donde el pulso latía fuerte, como si estuviera corriendo una carrera que nadie más veía.

—¿Tú qué dices, profesor? —preguntó, con una sonrisa que no era de burla, sino de complicidad. De una complicidad que había durado diez años.

Diego no respondió. Solo tomó su mano, la giró con suavidad, y puso su propia palma sobre el dorso de la suya. Luego, con los dedos entrelazados, la llevó hacia su pecho. Hasta que sintió el latido. Fuerte. Incansable.

—Yo digo que lo hacemos como siempre —murmuró.

—¿Como siempre?

—Como cuando no teníamos prisa. Como cuando no teníamos que explicar nada. Como cuando todo era… solo cuerpo y calor y palabras que no importaban.

Camila no dijo nada. Solo asintió, y soltó su mano. Se dio vuelta, lentamente, y se quitó los tenis. Se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas, y señaló el espacio a su lado. Diego no dudó. Se sentó. No cerca. Sino al lado. Con una distancia que ya no era distancia, sino expectativa.

No se besaron. No al principio. Primero, Diego puso una mano sobre su muslo, con la palma hacia arriba, como si le preguntara permiso. Ella no lo miró. Solo bajó un poco las piernas, como si se rindiera. Como si le dijera: *sí, pero con cuidado*.

Su mano subió, despacio, por la parte interna del muslo, como si estuviera desplegando una tela antigua, como si temiera que si la arrugaba, se rompiera. Llegó hasta la base del pantalón, y ahí se detuvo. Solo con los dedos rozando el elástico. Como si estuviera marcando una línea invisible.

—¿Te acuerdas de esa vez? —preguntó Diego—. En la casa de los Abuela, cuando te dijeron que no salieras de noche.

—Claro que me acuerdo —dijo Camila, con una sonrisa—. Me vestiste con ropa de tu hermana, y me hiciste caminar como una vieja.

—Y luego, cuando nadie nos veía… —Diego bajó la voz—.… te tomé la mano y te llevé al fondo del corral. Te besé hasta que tu falda se subió sola.

—No fue así —dijo Camila, esta vez con una risita—. Fue al revés. Tú te agachaste y me quité yo el pantalón.

—Claro —dijo Diego—. Claro que tú lo hiciste. Siempre lo haces.

Ella se volvió hacia él. Y esta vez, sí, lo besó. No fue un beso apresurado, ni uno de los que se dan por costumbre. Fue un beso largo, profundo, con los labios que se abrían como flores al amanecer. Con la lengua que exploraba, no con urgencia, sino con curiosidad. Con la mano que subía por su cuello y se hundía en su cabello, no con fuerza, sino con certeza.

Diego respondió como si lo hubiera estado esperando toda la vida. Con la boca que se abría más, con el cuerpo que se acercaba, con las manos que ya no temblaban. Con la seguridad de quien sabe que lo que busca está justo ahí, y que no necesita correr.

Se separaron apenas, apenas. Con los roces de los labios, con los susurros que no eran palabras, sino sonidos. Suspiros. Gritos que aún no tenían nombre.

—Quítate el blusón —dijo Diego.

—Tú primero —respondió ella.

Él no dudó. Se levantó, se quitó la camisa, despacio, como si fuera un ritual. Como si cada botón fuera un paso hacia atrás en el tiempo. Camila lo miró mientras lo hacía. Miró cómo su pecho se movía, cómo las cicatrices de la juventud —una en el hombro, otra en el antebrazo— seguían allí, como marcas de un mapa que ya no necesitaba leer.

Se sentó de nuevo. Ella se levantó entonces, se quitó los tenis, y luego, con lentitud, se desabrochó el blusón. No se quitó el sostén. Solo lo dejó ahí, colgando de sus brazos, como si fuera parte del juego. Como si el deseo no necesitara urgencia.

Diego la tomó de la cintura. La llevó hacia él, sentada sobre sus piernas. Ella se sentó con las rodillas a los lados, y el cuerpo inclinado hacia atrás, con las manos sobre sus hombros. Se miraron. Se sonrieron. Como si hubieran olvidado todo lo demás, menos el hecho de que estaban vivos, que estaban ahí, que estaban juntos.

—¿Te acuerdas? —preguntó Diego, con la voz rota—. Cuando te decía que eras la chimba más hermosa que había visto.

—Claro que me acuerdo —dijo Camila—. Pero hoy no vas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque hoy no necesito que me digas eso. Hoy necesito que me muerdas la oreja.

Diego no dudó. La tomó de la nuca, la acercó, y le mordió la oreja con suavidad, pero con fuerza. Con la certeza de quien sabe que eso es lo que ella quiere. Que eso es lo que la hace temblar.

Ella soltó un gemido bajo, no de vergüenza, sino de reconocimiento. Como si su cuerpo hubiera estado esperando esa señal desde siempre.

Diego se inclinó, y con los dedos, levantó el borde del blusón. Lo subió despacio, como si estuviera desenrollando una cinta. Hasta que dejó al descubierto su abdomen, su ombligo, y luego, lentamente, la curva de su vientre. La tela del sostén seguía ahí, pero Diego no se apresuró. Con la yema de los dedos, dibujó círculos pequeños sobre su piel, desde el ombligo hacia abajo, hacia la línea oscura que bajaba hacia su bikini.

—¿Te acuerdas? —preguntó—. Cuando me decías que el cuerpo es un misterio.

—Sí.

—Pero hoy no es un misterio.

—¿No?

—No. Hoy es solo esto. Hoy es solo tu piel, mis manos, tus muslos, tu culo, tu pito.

Camila se rió, una risa baja, casi gutural.

—¡Coño, Diego! ¿Ahora eres poeta?

—Soy tu profesor, Camila. Y hoy, mi clase es de cuerpo.

Ella no respondió. Solo se inclinó hacia adelante, y con la boca, rozó su pecho. Luego, con los dientes, le mordió el pezón, con suavidad, pero con intención. Diego soltó un gemido, fuerte, sin vergüenza. Con los ojos cerrados. Con las manos agarrando los bordes del sofá como si fuera a caerse.

—¿Tú quieres que te lo saque? —preguntó Camila, con la voz baja.

—Sí.

—¿Quieres que te lo meta como en los viejos tiempos?

—Sí.

—¿Quieres que te lo mame hasta que no puedas más?

Diego abrió los ojos, la miró fijo, y asintió.

Ella se levantó entonces, se quitó el blusón por completo, y se sentó a horcajadas sobre él. Lo miró, con los ojos medio cerrados, con los labios entreabiertos, con el pelo despeinado y el aliento agitado. Y entonces, con una lentitud que solo se aprende con el tiempo, se quitó el pantalón, dejando al descubierto su culo, su ombligo, y su pito, que ya estaba mojado, que ya estaba listo.

Diego no esperó. Se levantó, la tomó de la cintura, y la puso de espaldas sobre el sofá. Se arrodilló entre sus piernas, y con los dedos, las abrió. Las abrió despacio, como si estuviera abriendo una caja fuerte. Y entonces, con la lengua, empezó a besarla. No con urgencia. Con calma. Con saborear.

Primero, el clítoris. Con suavidad. Luego, con la punta de la lengua, rozó el orificio, y luego, bajó, hacia la entrada, y luego, otra vez, hacia arriba. Hasta que Camila empezó a gemir, hasta que sus manos agarraron la tapicer

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