El Baile de los Ángeles Perdidos

El Baile de los Ángeles Perdidos

@isabella_mar ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (17) · 311 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia había detenido justo cuando Elena bajó del taxi, y el aire cargado de humedad le pegó a la piel como un abrazo inesperado. Se ajustó la falda plisada —cortada en un azul profundo que recordaba al mar a medianoche— y caminó bajo el toldo del portón, donde una lámpara de cristal emitió un resplandor cálido y tembloroso. El reloj de pared marcaba las 19:47. Cinco minutos para la hora acordada. Cinco minutos de tensión contenida.

Dentro del salón, las luces estaban tenues, los muebles antiguos brillaban con cera reciente y el aire olía a jazmín y vino tinto abierto hacía poco. En la esquina, un piano de cola negro esperaba, silencioso como una promesa no dicha.

—Llegaste justo a tiempo —dijo una voz tras ella.

Elena giró. Marco estaba de pie junto al bar, una copa entre los dedos, camisa blanca abierta hasta el tercer botón, los cabellos oscuros ligeramente despeinados por el viento. No sonreía. Solo la miraba, como si la hubiera estado esperando desde antes de que ella misma supiera que vendría.

—No me dijiste qué hora exacta —respondió ella, acercándose, las uñas pintadas de rojo oscuro rozando el borde del mostrador.

—Quería que vinieras con el corazón acelerado, no con el reloj en la mano.

Ella bebió un sorbo del cóctel que él le había dejado: frutos rojos, hielo picado, una ramita de romero flotando como una bandera blanca. El sabor fue dulce y agrio a la vez, como la anticipación misma.

—¿Y si hubiera tenido miedo?

—No tenías razón de tenerlo —dijo él, bajando la copa—. Solo quería verte. Solo eso.

Elena sabía que era mentira. Marco era el nuevo arquitecto contratado para remodelar la casa de su esposo, Rafael. Un hombre de palabras cortas, mirada larga, y manos que dibujaban líneas imposibles en papel y en el aire. Elena lo había visto por primera vez en la reunión del comité vecinal, donde él había explicado con calma técnica cómo se ampliaría la terraza del jardín trasero. Ella había notado entonces el modo en que su pulgar rozaba el borde del bolígrafo, el modo en que sus ojos se detenían en ella un instante más de lo necesario. Y ella, sin pedírselo, había sonreído. Solo un leve movimiento de labios. Pero suficiente.

—¿Te acuerdas de la primera vez que entraste a la casa? —preguntó ella, apoyando una cadera contra el mueble del piano.

—Sí. El polvo en los marcos de las ventanas. El olor a cedro viejo. Y tú, sentada en el sofá, con los pies descalzos y los hombros descubiertos.

—Nunca usaba zapatos dentro de casa. Rafael dice que es feo.

—Rafael no sabe nada de lo que es hermoso —dijo él, y la frase sonó como una llave girando en una cerradura.

Elena sintió el calor subirle por el cuello. No era miedo. Era otra cosa, algo que llevaba semanas gestando bajo la piel, latente como un latido que late en silencio.

—Tienes que irte pronto —murmuró, aunque no hizo move para alejarse.

—Sé que sí —respondió él, acercándose hasta que su brazo rozó el suyo—. Pero antes… quiero saber si tus manos son tan hábiles como tus palabras.

Ella no respondió. Solo levantó la mano, lentamente, y dejó que sus yemas tocaran la manga de su camisa. Luego desabrochó un botón. Luego otro. El tercero se resistió un instante, pero ella lo soltó con una sonrisa apenas perceptible.

Marco no la detuvo. No la tocó. Solo la observó, con los ojos entrecerrados, la respiración pausada, como si temiera que el más mínimo movimiento arruinara el instante.

—¿Y si alguien nos ve? —preguntó ella.

—No hay nadie. La casa está vacía. Y la lluvia ahogó los sonidos.

—¿Y si Rafael descubre algo?

—Entonces le dirás que fue un error. Que fue solo una noche. Que no significó nada.

—¿Y si no fue un error? —ella susurró, esta vez mirándolo fijamente.

Marco finalmente la tomó por la cintura. Su palma fue cálida, firme, con una textura de madera y tierra. Ella se pegó a él sin esperar, sin dudar, como si su cuerpo hubiera estado esperando ese contacto desde antes de que ambos nacieran.

—Entonces no fue un error —dijo él.

La llevó hasta el piano, pero no la empujó. Solo la guió, como si fuera un instrumento que necesitaba afinarse con cuidado. Elena se sentó, las rodillas juntas, los dedos sobre las teclas negras y blancas, sin tocarlas. Solo posándolos, como si estuviera lista para tocar una melodía que nadie más conocía.

Marco se arrodilló frente a ella, no para besarle los pies, sino para sostenerle la mano. Su pulgar rozó el pulso de su muñeca, lento, repetido, hasta que ella cerró los ojos.

—¿Te gusta esto? —preguntó él.

—No sé —respondió ella, con la voz más suave—. Pero quiero saberlo.

Él inclinó la cabeza, y su aliento rozó su cuello. Elena sintió un estremecimiento que empezó en la base de la columna y subió, como una ola que rompe en la arena.

—Entonces vamos a descubrirlo juntos —susurró.

La camisa de él quedó por completo abierta. Ella puso las manos sobre su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón. Marco tomó suavemente el borde de su blusa, y ella, sin separar la mirada, levantó los brazos para que él la ayudara a quitársela. El aire frío rozó sus pechos, pero el calor de él los envolvió enseguida, cuando él bajó la cabeza y besó el primero, con la boca húmeda y cálida, sin urgencia, como si tuviera toda la eternidad.

Elena arqueó la espalda, dejando que sus dedos se perdieran en su cabello. Marco se levantó entonces, y ella lo siguió, caminando hacia el cuarto de huéspedes. La puerta se cerró tras ellos, pero no con un clic seco, sino con un suspiro, como si el mundo entero exhalará al mismo tiempo.

Dentro, las cortinas estaban abiertas. La ciudad parpadeaba al fondo, luz tras luz, como estrellas caídas al suelo. Marco se quitó los zapatos sin romper el contacto visual, y luego, despacio, desabrochó el cierre de su falda. Ella la bajó por las caderas, sin ayuda, y la dejó caer al suelo. Quedó en calzones de encaje negro, con una sola tira cruzada en el muslo. Marco no dijo nada. Solo se acercó, y con los dedos, rozó el borde de la tira. Luego la apartó, dejando que la tela colgara, como una promesa aún no cumplida.

—Tú decides cuándo termina esto —dijo él.

Elena no respondió. Solo tomó su mano y la llevó a su propio estómago, donde la piel latía con fuerza. Luego, con la otra, desabrochó los botones de su blusa.

—Tú decides cuándo empieza —respondió, y por fin lo besó.

Fue un beso sin prisa, sin mordisco, sin urgencia. Solo dos cuerpos que se reconocen, que se recuerdan, que se reconstruyen en silencio. Marco la empujó suavemente hacia la cama, pero no la dejó caer. La bajó con cuidado, como si fuera un objeto precioso, y se tendió a su lado. Sus piernas se enredaron, sus pechos se rozaron, sus corazones latieron al mismo ritmo.

—¿Te acuerdas del primer baile que dimos? —preguntó ella, cuando sus cuerpos ya estaban pegados, sudorosos, entrelazados.

—No hubo primer baile —dijo él, besándole el cuello—. Solo este.

—Entonces que este sea el primero —susurró ella, y cerró los ojos—. Y el último.

Marco no respondió. Solo la abrazó con más fuerza, y el silencio del cuarto se convirtió en un lenguaje que solo ellos entendían. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban. El tiempo se detuvo. Y en ese instante, entre el calor y el aliento compartido, Elena supo que aunque todo terminara al día siguiente, aquello no sería un error.

Sería suyo. Solo suyo. Y suficiente.

También en: Romántico

¿Qué tanto te calentó?

4.6 · 17 votos
Reportar
Compartir
@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

También en Infidelidad

Más de @isabella_mar

Ver autor →