El ascensor del hotel

El ascensor del hotel

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (14) · 262 lecturas · 6 min de lectura

El ascensor se detuvo con un suave *ping* en el piso 12. Clara ajustó la correa de su maletín de cuero, sintiendo el peso del vuelo transpacífico aún en los hombros. Había llegado a Guadalajara esa mañana por la mañana temprano, y ahora, poco antes de las ocho, el hotel —un edificio antiguo con fachada de cantera y ascensores de reja dorada— aún respiraba la calma de los primeros minutos de sol. Ella, con su blazer gris oscuro y los cabellos recogidos en un nudo bajo la nuca, esperó a que la puerta se cerrara por completo antes de entrar.

El hombre ya estaba dentro. Alto, de hombros anchos bajo una camisa blanca sin corbata, con las mangas enrolladas hasta los codos. Tenía los puños de la camisa manchados de café, como si acabara de derramarlo sobre su manga izquierda. El rostro, entre cuarentón y algo cansado, se suavizaba con una leve sonrisa mientras miraba la pantalla digital que marcaba el piso 13.

—Disculpe —dijo Clara, y su voz, aunque firme, sonó más suave de lo que pretendía—. Parece que vamos en el mismo piso.

Él giró la cabeza. Sus ojos, de un café claro casi dorado bajo la luz tenue del ascensor, la escudriñaron sin invasión, como si la reconociera de alguna parte. Pero no era así. Ella estaba segura.

—¿En serio? —respondió él, con un leve acento mexicano —. Yo pensaba que era el único que desayunaba a esa hora… o mejor dicho, que intentaba desayunar. —Señaló la mancha en su manga—. El café decidió rebelarse.

Clara asintió, y por primera vez, sus labios dibujaron una sonrisa contenida.

—A veces se rebelan más que los cafés. —Señaló la pantalla—. A lo mejor, si subimos, el ascensor se detiene otra vez y le presto una servilleta.

Él rió, baja y cálida, como el sonido de un vaso de vidrio que choca suavemente contra la mesa.

—Me encantaría aceptar… pero temo que el ascensor tenga órdenes estrictas de no detenerse entre piso y piso. —Hizo una pausa, y la luz del alba, que entraba por la rendija del fondo, le dibujó un contorno dorado en la mandíbula—. Aunque… si usted me invita a desayunar en el restaurante, puedo jurar que no volveré a tocar la taza sin mirarla primero.

Clara sintió un leve cosquilleo en la nuca. No era la primera vez que le hablaban así, pero sí la primera desde que había dejado atrás los treinta y cinco años, y con ellos, la costumbre de sonreír sin pensar, de permitirse el lujo de la coquetería sin calculadora mental. Él no la miraba como a una colega de conferencia, ni como a una mujer de negocios que había llegado sola a la ciudad. La miraba como alguien que ya la había visto en sueños, o en un recuerdo lejano.

—¿Y si yo le digo que ya desayuné? —preguntó ella, con una ceja ligeramente alzada.

—Entonces —él se inclinó un poco hacia adelante, sin presión, sin atrevimiento—, puede ser la persona que me acompañe a tomar una copa de vino en la terraza, aunque sean las ocho y veinte de la mañana.

La puerta del ascensor se abrió con un chasquido suave. El piso 13. Clara dio un paso hacia fuera, pero no se alejó. Se detuvo, con la mano aún en la manija del maletín, y lo miró fijamente. Él no se movió. Sólo la observaba, con los ojos semicerrados, como si ya estuviera dentro de la habitación.

—¿Cómo se llama? —preguntó Clara.

—Alejandro. —Señaló hacia la puerta del hotel—. Y usted?

—Clara.

Él asintió, como si el nombre fuera una llave que encajaba en una cerradura olvidada.

—Buenos días, Clara.

—Buenos días, Alejandro.

Y entonces, sin que ninguna de las dos palabras hubiera terminado de perderse en el aire, Clara notó que su corazón latía más fuerte. No por el esfuerzo de subir las escaleras, ni por la ansiedad del viaje. Por una tensión sutil, como una cuerda de violín que se afina en silencio, antes del primer acorde.

Subieron a su habitación, caminando juntos por el pasillo de alfombra gris. No se tocaron. Pero Clara sentía el calor de su cuerpo a solo veinte centímetros, como una corriente eléctrica que no necesitaba contacto. Él abrió la puerta de la habitación 1305 con una tarjeta magnética, y ella lo siguió sin vacilar, como si ya hubiera estado allí antes, en otra vida.

Dentro, la habitación era amplia, con ventanales que daban al centro histórico. El sol entraba a raudales, iluminando el suelo de madera y las cortinas de lino blanco que ondeaban con una brisa tibieza. Alejandro dejó su maletín en la cama y se quitó el blazer, colgándolo con cuidado en el respaldo de una silla.

—¿Le parece si me cambio primero? —preguntó, sin mirarla.

—Claro —dijo ella, y se dirigió al baño, con la sensación de que el aire se había vuelto más denso.

Cuando salió, él ya estaba sentado en la cama, con una camiseta negra sin mangas y los pantalones negros de vestir. Se había peinado el cabello hacia atrás, y el cuello, descubierto, mostraba una pequeña cicatriz casi invisible, justo debajo de la oreja izquierda.

Clara se sentó en la silla frente a él. No había prisa. El reloj en la mesita marcaba las 8:37. Tenían tiempo.

—¿De dónde es esa cicatriz? —preguntó ella, con suavidad.

Él se llevó los dedos a la zona, como recordando.

—Un error de alpinismo en los Andes. Hace veinte años. —Sus ojos la recorrieron lentamente, sin crudeza, pero con una intensidad que la hizo sentirse desnuda bajo la tela del blazer—. ¿Y usted? ¿Qué la trajo a Guadalajara?

—Una conferencia sobre arquitectura sostenible. —Clara se inclinó hacia adelante, y el cuello de su blusa se abrió ligeramente, dejando entrever la curva de sus clavículas—. Pero hoy no pienso hablar de eso.

—Entonces —él se levantó, sin brusquedad, y se acercó a ella, hasta que sus rodillas rozaron las de ella—, hablamos de otra cosa.

Su mano rozó el dorso de la de Clara, y ella no la retiró. Él entrelazó sus dedos con una lentitud que parecía deliberada, como si cada hueso de su mano estuviera aprendiendo la forma de la suya.

—¿Le gusta el vino? —susurró él, acercando su boca a la de ella.

—Sí —respondió Clara, con la respiración corta—. Pero prefiero el café.

—Entonces hagamos esto —él apoyó la frente contra la suya, y sus labios apenas rozaron la piel debajo de su oreja—. Bebamos café… y luego, si quiere, nos bañamos.

Clara cerró los ojos. El calor de su cuerpo, el olor a jabón de vetiver y un toque de sal en la piel, la tensión sutil de su cuerpo tenso —todo conspiraba para que su mente se volviera lenta, dulce, como miel derretida.

—Dime… —ella susurró—, ¿cuánto tiempo llevas pensando en esto?

Él rio, bajo, entre dientes.

—Desde que vi tu cara en la recepción. Antes de que dijeras tu nombre. Antes de que supiera siquiera que estabas aquí.

Clara sonrió, y por primera vez, dejó que su cuerpo se rindiera. Se inclinó hacia adelante, hasta que sus labios rozaron los de él, sin presión. Solo una promesa. Una advertencia.

—Entonces —dijo, con la voz apenas audible—, no pares.

Y cuando sus labios se encontraron de verdad, fue como si el mundo se hubiera quedado sin oxígeno, sin sonido, sin tiempo. Sólo el sabor del café aún en su lengua, el calor de su piel, y la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola.

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