El Abrazo del Sol en la Terraza
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Me llamo Lucía, y aunque ya son veinte años viviendo en Medellín, ese calor de la mañana que entra por la terraza de mi apartamento en El Peñón me sigue sacando los sueños de encima como si fuera ese primer café humeante que me tomo con leche y dos cucharadas de azúcar. Ese día, sin embargo, el sol no me despertó: fue el olor a sudor y tabaco de Jairo, que ya estaba parado frente a mí, con la camiseta mojada de sol y el pelo alborotado por el viento que entraba por la puerta corrediza.
—¿Ya te levantaste, mija? —me preguntó, con esa voz ronca que me hace cosquillas en la espalda desde el cuello hasta el culo.
Yo solo le sonreí, sin decir nada, y me levanté despacio, con las manos aún en la tela del toldo, sintiendo cómo el sol me doraba los hombros y el pecho desnudo. Llevaba puesto solo un sostén de encaje negro que no hacía más que marcar la forma de mis pechos, ya duros por el aire fresco y por la mirada de él, que no se apartaba de mí.
—Te he estado mirando dormir —dijo, acercándose—. Cómo te mueves, cómo respiras… y cómo tu culito se estira cuando te estiras.
No le respondí. Solo bajé los ojos, fingiendo vergüenza, pero con la lengua ya lamiéndome los labios. Él me tomó de la cintura y me juntó contra su cuerpo, y ahí sentí su polla dura, ya pegada al pantalón, como un palo de madera que no aguantaba más.
—Vamos pa’ dentro —susurró—. Que no nos vea nadie.
La primera vez que Jairo me llevó a su cuarto, me había prometido que no haríamos nada más que besar. Pero desde el primer beso, cuando su lengua entró en mi boca como si fuera a quedarse ahí para siempre, supe que no iba a ser así. Me senté en el borde de la cama y él me separó las piernas con las rodillas, mientras me desabrochaba el sostén con una sola mano. Mis pechos se salieron, redondos y tiernos, y él se inclinó sin dudar, chupándome uno, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris por encima del calzoncillo.
—Mamá mía… qué rico hueles —murmuró, soltando un resoplido caliente—. Como a miel y a sudor.
Me desabrochó el pantalón, bajó la cremallera con un *zzzzzt* que me erizó la piel, y sacó su pito grande, grueso, ya con una gotita de pre-cum en la punta. Me miró, con los ojos cerrados, como si rezara, y luego me puso las manos en las caderas y me empujó hacia atrás, sobre la cama.
—Déjame ver ese culo —ordenó—. Que lo he soñado pa’ esto.
Lo hice. Me senté de lado, con las manos en la sábana y el culo levantado, como una perra sumisa, pero feliz. Él me frotó el ano con la punta de su polla, mojada con mi humedad, y luego me abrió las nalgas con los dedos, explorando, saboreando.
—Estás tan caliente… como el asfalto en verano —dijo, y me clavó el dedo dentro del culo, lento, hasta la segunda falange.
Grité. No de dolor, sino de tanto placer. Me dio otro dedo, luego dos, moviéndolos dentro de mí, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris. Me sentí llena, abierta, quemada.
—Ahora sí, Lucía… —dijo, sacando los dedos y frotándose el pito en mi vulva, rozando mi entrada con la punta—. Te voy a meter entero.
No esperé más. Me lancé hacia atrás, abriendo las piernas, y él me empujó con un gemido ahogado, hasta que su vientre me golpeó las nalgas y su polla me llenó hasta el fondo. Me agarró de las caderas, me clavó los dedos en la carne, y empezó a sacudirme, con golpes cortos y fuertes, como si me estuviera clavando una clavija en la tierra.
—¡Joder! —grité—. ¡Más fuerte! ¡Que me lo metes entero!
Él me dio una palmada en el culo, fuerte, y luego me agarró del pelo. Me tiró hacia atrás, me giró la cabeza, y me besó con la boca abierta, mientras me metía la lengua y me follaba con furia. Sentí el calor de su cuerpo, el sudor que me corría por la espalda, el olor a sexo y a café que nos quedó en la piel.
—Tú eres mi sol, Lucía —dijo, antes de correrse dentro de mí, con un gruñido profundo—. Mi sol del Peñón.
Me corrí con él, con un grito que no pude contener, con las piernas temblorosas y el culo apretado alrededor de su polla, que latía dentro de mí como un corazón.
Y cuando se retiró, dejando un rastro caliente en mis muslos, solo le sonreí, con la cara mojada de sudor y de lágrimas de placer.
—Ven mañana —le dije—. Que me vas a enseñar a mamar como se debe.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.