Cuando me puso los correas y me obligó a arrodillarme frente a su verga
5 minCuando me puso los correas y me obligó a arrodillarme frente a su verga
La puerta del estudio de Daniel se cerró con un clic suave, pero el sonido le sonó a Isabella como una sentencia. No porque le diera miedo —mierda, ni se imaginaba lo que le esperaba—, sino porque sabía que cada segundo contado desde que cruzó el umbral iba a contar. Ella, con su falda ceñida que dejaba entrever la curva de sus nalgas bien modeladas por el tejido, y él, detrás del escritorio, con la camisa bien abotonada hasta el cuello, los puños subidos y los ojos oscuros como el café negro que no le había dado tiempo de terminar.
—¿Te acordaste de lo que te dije la semana pasada? —preguntó Daniel, sin levantar la mirada del expediente que fingía leer. Su voz era baja, pausada, como si cada palabra fuera un paso de baile que esperaba que ella siguiera.
Isabella se mordió el labio, dejando que el pulgar rozara el borde de su pulsera de cuero, la misma que él le había regalado hacía tres semanas, con una nota que decía: *Para cuando estés lista*. No lo había usado desde entonces. Hasta hoy.
—Sí —respondió, con voz firme, aunque el corazón le latía como tambor en el pecho—. Me dijiste que si me portaba bien, me regalarías algo… *especial*.
Él cerró la carpeta con un golpe seco y se levantó. Daniel no era alto, pero tenía una presencia que llenaba el cuarto: hombros anchos, caderas estrechas, manos grandes que ahora apoyó sobre la madera oscura del escritorio. Se acercó despacio, como quien se acerca a un fuego que sabe que va a quemar, pero que de todas formas no puede dejar de mirar.
—¿Y qué hiciste con la pulsera? —preguntó, sin tocarla aún.
Ella bajó la vista, fingiendo vergüenza, aunque por dentro sentía el calor subirle por el cuello. No era fingir. Era real. El nervios, el deseo, la promesa de lo prohibido.
—Me la puse —dijo, y alzó la muñeca—. Cada vez que salí de casa. Hasta hoy.
Daniel le agarró la muñeca con suavidad, pero con firmeza, y la giró para ver la marca que dejaba el cuero en su piel. Luego, lentamente, soltó su mano y se dio media vuelta.
—Siéntate.
No fue una orden. Fue una afirmación. Y ella lo sabía. Isabella caminó hasta la silla de respaldo alto que había al lado del escritorio, se sentó con las rodillas juntas, las manos sobre los muslos, la espalda derecha —como siempre le decía su mamá—, pero con una tensión que no dejaba lugar a dudas: estaba lista.
—Quítate los zapatos —dijo él, ahora de pie frente a ella, con las manos en los bolsillos.
Lo hizo sin dudar. Los talones se deslizaron con un suspiro de cuero, dejando sus pies descalzos sobre la alfombra gruesa. Daniel se arrodilló entonces, no con humildad, sino con una seguridad que no pedía permiso, solo lo ofrecía.
—Tú no te arrodillas aquí —dijo él, con un hilo de voz que le erizó la piel—. Yo sí.
Y la tomó de la muñeca izquierda, tirando con suavidad hasta que se puso de rodillas frente a él. El suelo era blando, pero no tanto como para hacerle sentir comoda. El punto era ese: no comodidad. Especialmente no hoy.
—Ahora, las manos atrás —murmuró.
Isabella obedeció. Se apoyó en los talones, la falda se le subió hasta las ingles, y sintió el frío del aire acondicionado rozar su piel. Luego, el tacto. El cuero de la pulsera, ahora firme, le rodeó las muñecas y se ajustó con un clic metálico. Daniel había traído una pequeña cerradura de plástico, como las de los bolos de joyería, pero era real. Sí. Ella lo sabía, lo había visto ensayar en casa mientras ella dormía, con una linterna y una cuerda vieja.
—¿Te gusta esto? —le preguntó él, con los ojos fijos en los suyos.
—Sí —respondió, sin titubear.
—¿Y qué más te gusta, Isabella?
Ella tragó saliva. El silencio se alargó, como si el mundo entero estuviera aguantando la respiración.
—Que tú me digas qué hacer… —dijo, al fin—. Que tú controlas.
Daniel soltó una risa baja, casi un gruñido. Se puso de pie, se desabotonó la camisa, paso a paso, hasta que dejó al descubierto su pecho, moreno y peludo, y luego el cinturón. No se apresuró. No necesitaba hacerlo. Sabía que ella lo estaba observando. Que cada movimiento, cada pliegue de tela, cada destello de piel, era parte del ritual.
Se quitó el cinturón y lo tomó entre los dedos.
—Levántate.
Isabella lo hizo, con lentitud, como si su cuerpo fuera de cera y estuviera empezando a derretirse. Daniel le puso una mano en la nuca y la acercó hasta que sintió el calor de su respiración en la frente.
—Dime qué quieres.
Ella cerró los ojos. Sabía que no era una broma. Sabía que la pregunta era real. Que si decía algo que no le gustara, podría detener todo. Que si decía algo que le gustara… todo cambiaría.
—Quiero… —susurró—. Quiero sentir tu verga entre mis dientes. Pero no para coger. Solo para sentir que eres tú. Solo para sentir que me tienes aquí, a tu merced.
Daniel no respondió de inmediato. Solo la miró, con esa mirada que la hacía sentir pequeña, pero poderosa a la vez. Luego, con la punta del cinturón, le pasó la piel del cuello, despacio, como si estuviera trazando una línea invisible.
—Eres una buena chica —dijo, y luego, más suave—: Ahora, abre la boca.
Isabella lo hizo, sin miedo, con la lengua un poco hacia abajo, como él le había enseñado. Él se quitó los pantalones y se sacó la ropa interior, y cuando le puso la verga frente a la cara, ella no titubeó. La sostuvo con las manos atadas, con la punta rozando sus labios, y esperó.
—No te apresures —murmuró él—. Deja que se asiente primero.
Y ella lo hizo. Dejó que el olor a hombre, a sudor y a deseo, le llenara la nariz. Dejó que el peso de la verga le marcara la piel. Dejó que el silencio fuera más fuerte que cualquier palabra.
Porque en ese momento, entre las paredes del estudio de Daniel, con las paredes pintadas de verde oscuro y el reloj de pared marcando las 4:23 de la tarde, Isabella no era solo una mujer. Era lo que él quería que fuera. Y eso, precisamente, era lo que más le gustaba.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.