Cuando me la comí en la casa de mi cuñada

Cuando me la comí en la casa de mi cuñada

@el_profesor ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (28) · 312 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que sentí el calor de su piel contra el mío fue un jueves cualquiera de mayo, cuando la lluvia golpeaba con fuerza los vidrios de la casa de mi cuñada, en el barrio La Horizon. Mi hermana y su esposo habían salido a una boda en Medellín, y ella —Liliana, mi cuñada— me invitó a quedarme a cenar “por si llovía de madrugada y no podías volver”. Y sí llovó. Pero no fue la lluvia lo que me detuvo esa noche.

Ella siempre había sido así: elegante, silenciosa, con esa mirada que lo decía todo sin mover los labios. Alta, de cintura estrecha y culo que se movía como si fuera un instrumento propio, no un accesorio. Llevaba una blusa blanca abierta hasta el ombligo, una falda negra que le quedaba justo encima de las rodillas, y unos tacones que, cada vez que caminaba, hacían ese sonido seco y seguro en el piso de mármol. Me ofreció un vaso de ron con limón y hielo, y cuando pasó frente a mí, el olor a jazmín y sudor dulce me golpeó como una palmada.

—¿Tú siempre vienes tan temprano a las casas ajenas? —preguntó, sentándose a mi lado en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad, sin coquetería forzada, como si supiera que ya estaba a punto de rendirse.

No respondí enseguida. Me tomé mi tiempo. Miro sus ojos, que tenían esas vetas verdes que brillaban cuando la luz los tocaba de lado. Me miró de vuelta, sin bajar la mirada, sin sonrojarse, como si ya hubiéramos dado el primer paso y solo estuviéramos esperando que el cuerpo la reconociera.

—¿Tú siempre usas esa mirada cuando estás sola? —le solté, y me di cuenta de que era la primera vez que hablábamos con esa naturalidad, sin el peso del “cuñada”, sin el “señora”, sin el decoro que nos ataba desde hace años.

Ella sonrió, pero no con la boca: con los ojos primero, luego con el cuello, y por último con la boca, abierta apenas, como si dejara pasar un suspiro que ya llevaba mucho tiempo guardando.

—A veces —dijo—. Pero hoy no estaba sola. Estaba contigo.

La lluvia seguía golpeando los vidrios, y el reloj marcaba las once y media. Nos levantamos a la vez. Ella caminó hacia la cocina, yo la seguí, y cuando se inclinó para sacar dos vasos del gabinete, la curva de su espalda baja se marcó con una perfección que me hizo tragar seco.

—¿Te gustaría algo más? —preguntó, dándome la espalda, con los brazos levantados, los dedos rozando el borde del gabinete.

—No —dije, y la tomé por la cintura antes de que pudiera girarse.

Ella se tensó un segundo, solo un segundo. Luego se dejó llevar. Su espalda se pegó a mi pecho, y sentí cómo su respiración se aceleró, como si su cuerpo ya hubiera leído lo que mi mente estaba a punto de ejecutar.

—¿Estás seguro? —susurró, sin voltear, pero con la voz temblorosa, como si ya supiera la respuesta.

—No tengo dudas —dije, y le pasé la mano por el estómago, baja, hasta tocar el borde de su falda. Ella no se movió. Solo respiró, profundo, como si estuviera tomando aire para saltar.

La volví a besar. Esta vez no hubo tregua. Fue una embestida lenta, con lengua y labios, con suavidad, pero con intención. Ella me devolvió el beso con igual fuerza, mordiéndome el labio inferior, mordiéndome el cuello, rozándome las orejas con los dientes. Me arrastró hacia el pasillo, hacia su habitación, con la mano agarrada a mi muñeca como si temiera que me fuera.

La habitación estaba a oscuras, pero no importaba. Encima de la cama, ella se quitó la blusa sin prisa, dejando al descubierto un sostén negro de encaje que apenas contenía sus pechos, redondos, firmes, con pezones que ya estaban duros al aire. Me deslicé la camisa por encima de la cabeza y la tomé de nuevo, esta vez por la cintura, y la senté sobre la cama.

—¿Quieres que me quite todo? —preguntó, con la voz ronca, los ojos fijos en mis labios.

—Sí —dije, y le pasé la mano por la pierna, subiendo despacio, hasta tocar el borde de la falda—. Pero no corras.

Se quitó la falda, luego las bragas, y se quedó sentada, con las piernas abiertas apenas, los muslos firmes, la piel suave y clara. No llevaba vello en la entrepierna: afeitada con cuidado, como si lo hubiera hecho pensando en esto, como si lo hubiera planeado desde hacía mucho. Me arrodillé frente a ella, le separé los labios con los dedos, y hundí la cara entre sus muslos.

Ella soltó un gemido bajo, pero no gritó. Solo se arqueó, como si el mundo se hubiera quedado en silencio y solo existiera ese punto de calor entre sus piernas. Le lamí el clítoris, suave, con la lengua plana, y luego más fuerte, con presión, mientras le metía dos dedos dentro, curvándolos como si quisiera tocar ese punto que ya sabía que existía.

—¡Ah, joder! —murmuró, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, las uñas clavadas en mi hombro.

No me apresuré. La hice gozar despacio, una y otra vez, hasta que sus gemidos se volvieron quejidos, hasta que su cuerpo temblaba con cada lamida, hasta que sus piernas se cerraron sobre mis orejas, como si me quisiera retener ahí, para siempre.

Me levanté entonces, me desabroché el pantalón, saqué mi pito, ya duro y pegado a mí, y me position sobre ella. La miré a los ojos mientras le rozaba la entrada con la punta, mientras la separaba con la punta de mi pene, hasta que se abrió sola, con un movimiento suave, como si ya me hubiera estado esperando.

—Dime si quieres que pare —le dije.

Ella solo me tomó de la nuca y me atrajo hacia ella.

—Métetela toda —susurró.

Y lo hice. La penetré lento, con calma, hasta que sentí su cuerpo rozar el mío, hasta que sus caderas se elevaron para encontrarse con cada empuje. Ella gimió, esta vez en voz alta, con la boca entreabierta, los dientes apretados, los ojos cerrados, pero sonriendo, como si estuviera recordando algo que había olvidado.

Empezamos a movernos con más fuerza. Ella me agarró de los hombros, me mordió el cuello, me lamía la oreja, me decía “sí, así”, “más fuerte”, “no pares”, mientras su cuerpo se abría y se cerraba a cada embestida. Yo la tomé de las caderas, le apreté el culo con las manos, y sentí cómo sus músculos internos se estrechaban alrededor de mi pito, como si lo quisieran retener, como si temieran que me fuera.

—Voy a llegar —le dije, con la voz rota.

Ella solo me respondió con un gemido ahogado, con una palabra que no entendí bien, pero que sentí en el pecho, como un latido más: “mami”.

Entonces se descontroló. Su cuerpo se tensó, sus piernas se cerraron sobre mí, sus uñas me rasgaron la espalda, y con un grito que casi se ahogó en la almohada, explotó. Yo la seguí al instante, metiéndome hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo me absorbía, cómo sus paredes se estrechaban, cómo su respiración se volvía jadeante y desbocada.

Cayó el silencio. Solo la lluvia seguía golpeando los vidrios. Ella estaba acostada, boca arriba, los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con lentitud. Le pasé la mano por el pelo, le besé la frente.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Ella me miró, con una sonrisa perezosa, y me dijo:

—Como nunca.

Y en ese momento, sentí que algo había cambiado entre nosotros. No era solo el cuerpo. Era la confesión silenciosa, el peligro compartido, la traición suave que no dolía, sino que encendía. Y sabía que aquella noche no había sido el fin, sino el principio de algo que ya no podríamos negar.

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