El muelle de los espejos rotos

El muelle de los espejos rotos

@el_marinero ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (14) · 286 lecturas · 7 min de lectura

El sol de Cancún se clavaba como una navaja entre los ojos de Óscar cuando bajó del colectivo, con su mochila de viajero gastada y una botella de Coca-Cola medio vacía colgando de los dedos. Había llegado a la madrugada al puerto de Mahahual, esa esquina olvidada del Caribe donde el mar se cansa de luchar contra la costa y se rinde con olas suaves y arena dorada. El hotel donde iba a quedarse —el *Muelle de los Espejos*, así lo llamaba el letrero medio oxidado— no era nada del otro mundo: dos pisos de madera pintada con cal, ventanas con toldos azules desvanecidos y un balcón que temblaba con el viento del este. Pero lo que sí tenía era una terraza al frente, con mesas de madera y luces de bombilla colgando de un cable cruzado entre dos palmas.

Fue ahí, a las ocho de la mañana, cuando la vio. Ella estaba sentada al borde del balcón, con las piernas colgando, los pies descalzos y una taza de café humeante entre las manos. Llevaba un vestido de algodón suelto, celeste, con flores pequeñas que no alcanzaban a esconder ni el bronceado que marcaba sus hombros ni el redondeo de sus nalgas cuando se movía. Se llamaba Mariana, y lo miró antes de que él pudiera disimular que la estaba observando.

—¿Vienes de puro flojo o de puro cansado? —le preguntó, con una sonrisa que no era ni muy dulce ni muy mala, solo honesta.

—De puro cansado —mintió Óscar, sentándose frente a ella—. Pero si me das un cafecito, me levanto hasta para darte un masaje en los pies.

Ella se rió, esa risa que no se esconde, que sale de la barriga. Le sirvió café en una taza que tenía el borde chocado.

—¿De dónde eres? —preguntó ella.

—De CDMX. Pero he andado por más de la mitad del país. Tú?

—De Veracruz. Puente de la Abuela, al norte de la ciudad. Venía de puro trabajo, pero me quedé. El mar es más honesto que la gente.

Óscar bebió el café. Le gustaba cómo hablaba, cómo se movía: con lentitud, como si supiera que el tiempo también se cansa y hay que darle espacio. Ella tenía treinta y dos años, dos hijos, un exmarido que vivía en Xalapa y una pasión por los barcos viejos. Trabajaba en el *Muelle de los Espejos* como encargada de limpieza y mantenimiento, aunque en realidad era medio dueña del lugar, porque el dueño, un viejo pescador llamado Chuy, le dejaba hacer lo que quisiera con tal de que le arreglara las goteras.

—¿Te pasa algo? —le preguntó ella, mirándolo fijo.

—No. Solo que… no tengo idea de por qué vine hoy a este muelle.

Ella le guiñó un ojo.

—Porque aquí no hay espejos que no estén rotos. Y los que quedan no reflejan bien.

Esa noche, después de que el sol se comiera todo el horizonte y el cielo se volviera violeta, Óscar subió al segundo piso. El muelle daba al mar y, a su derecha, una escalera de metal llevaba a un pequeño andén flotante donde Chuy guardaba sus lanchas. Mariana lo esperaba allí, con un cigarro encendido y una botella de mezcal.

—¿Te gusta el mezcal? —preguntó.

—Depende. ¿Me lo vas a dar o me lo vas a chingar?

Ella se rió, se acercó y le puso la botella en la mano.

—Ninguna de las dos cosas. Lo vamos a beber como amigos.

—Amigos no se miran así.

—¿Cómo?

—Como si ya supieran lo que se van a hacer después.

Ella lo tomó de la camisa, lo jalo hacia ella y le besó el cuello. Óscar sintió el calor de su boca, el olor a sal y a tabaco, el roce de sus pechos contra su pecho. Ella lo empujó contra la barandilla de madera, que crujió bajo el peso. Le metió la mano dentro de los pantalones, le agarró la verga a través de la ropa interior, apretó con fuerza mientras lo miraba a los ojos.

—¿Estás duro? —le preguntó, bajando la voz.

—Como una roca.

—Bien. Porque hoy no voy a darte tiempo de pensarlo.

Lo desabrochó los pantalones, se agachó un poco y lo sacó todo: su verga gruesa, con el glande hinchado y brillante, la piel tensa. Ella lo tomó por la base, lo frotó contra su vientre, bajó un poco más y lo rozó con la punta de la lengua contra el coño, ya mojado, ya abierto, ya esperándolo.

—¿Me la quieres meter o me la quieres chingar con la boca?

—Las dos. Pero primero quiero verte venir.

Ella se puso de rodillas sobre la plataforma de madera, con sus pies descalzos apoyados en la madera áspera, y abrió las piernas. Se apartó la tela del vestido y dejó al descubierto su coño, pelado, con los labios hinchados, oscuros, brillantes de humedad. Se pasó los dedos por la fisura, separó su clítoris, ya tieso, y se lo frotó con lentitud.

—Mírame —le dijo—. Mientras te lo chupo, mira mis ojos.

Óscar se arrodilló frente a ella, con las manos apoyadas en la barandilla, la verga still, pero latiendo fuerte. Ella lo tomó por la base, lo metió entre sus pechos, lo frotó con calor y humedad mientras lo miraba fijo. Él sintió el roce de su piel contra la suya, el calor de su boca cuando lo tomó hasta la raíz, la lengua que le barrió el glande, los dientes que rozaron su piel sin miedo.

—Tú primero —le dijo ella, soltándolo.

—No. Tú primero.

Ella asintió, se llevó un dedo al coño, se lo metió en la boca, lo chupó con ganas, y luego se lo metió dentro, dos dedos, tres, moviéndolos con lentitud, con fuerza, con seguridad. Él la miraba, la verga dura, la respiración cortada. Ella se levantó, se quitó el vestido, lo dejó caer al suelo, y se puso frente a él. Lo tomó por la verga, lo alineó con su coño, y lo empujó adentro con un movimiento suave, sin pausa.

—Ah —gimió ella, con los ojos cerrados.

—Ah —repitió él, sintiendo su vagina apretándole, caliente, húmeda, viva.

Ella se puso de pie sobre las piernas de Óscar, con las manos en sus hombros, y empezó a subir y bajar, con lentitud, con fuerza, con un ritmo que él no controlaba. Él le agarró las nalgas, las apretó, las movió al ritmo de sus embestidas, y cuando ella se inclinó hacia adelante, él le mordió un pecho, le chupó el pezón, le lamió el cuello, le mordió la oreja.

—Más fuerte —le pidió ella.

Él le agarró la cintura, la empujó hacia abajo, la hizo sentarse hasta la raíz, y luego la levantó de nuevo, con fuerza, con desesperación. Ella gimió, se arqueó, y cuando él la volvió a clavar contra sí, ella soltó un grito que resonó sobre el mar.

—¡Óscar! —gritó—. ¡Dime que me la estás chingando!

—¡Te la chingo, Mariana! ¡Te la chingo hasta que te quejes!

Ella se agarró a sus brazos, se inclinó hacia adelante, y con la punta de los dedos se frotó el clítoris mientras él la jala hacia abajo, hacia arriba, hacia adentro, hacia fuera, con fuerza, con ganas, con hambre.

—¡Vamos! —gritó ella—. ¡Vamos a joder hasta que el muelle tiemble!

Él la tomó por las caderas, la levantó, la puso contra la barandilla, le abrió las piernas más, y la cogió con fuerza, con la verga que le temblaba, con el cuerpo que le temblaba, con la mente que ya no le pertenecía.

Ella se corrió primero, con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en su piel. Él la siguió segundos después, empujando hasta la raíz, sintiendo su vagina contrayéndose, apretando, chupando, mientras el mezcal y el salitre y el olor a sudor y a sexo se mezclaban en el aire.

Se quedaron así un rato, él dentro de ella, ella agarrada a él, las olas rompiendo suaves al fondo, el viento llevándose el eco de sus gemidos.

—¿Volverás mañana? —le preguntó ella.

—Si me dejas volver.

—Si me dejas volver —repitió ella, besándolo—. Porque el muelle de los espejos rotos no recibe visitas por casualidad. Solo recibe a quienes se quedan.

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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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