Cuando le garché la concha a la vecina del quinto mientras su marido hacía la guardia en el hospital
7 minCuando le garché la concha a la vecina del quinto mientras su marido hacía la guardia en el hospital
La primera vez que la vi con esos pantalones ajustados que le marcaban el culo como una fruta madura, agradecí que el quinto piso del edificio tuviera ese descansillo intermedio donde los vecinos se cruzaban sin querer. Yo, Andrés, veintiocho años, muslos flacos pero fuertes de andar escaleras a pie porque el ascensor no andaba hace dos semanas, y ella, Lucía, treinta y dos, con esos ojos de gata durmiente y una risa que sonaba a hojas secas bajo un pie descalzo.
Era jueves, tarde de viernes casi, cuando me puse esa camiseta vieja con la que no me importaba mostrar el pelo del pecho, y bajé a buscar las gaseosas al kiosco de la esquina. Al volver, la puerta del quinto estaba entreabierta y una luz amarillenta salía por el hueco, con un olor a ajo y a sudor pegado al calor del verano. Me paré un metro antes del peldaño, escuchando: una risa corta, un murmullo, luego una silla que se movió con fuerza. Sabía que su marido, Daniel, trabajaba de enfermero en el hospital Rawson y que ese día le tocaba guardia de noche. Pero no sabía que Lucía lo había convencido de que se quedara hasta las once, que le había dicho: «Andá, no te preocupes, yo me encargo de todo». Y no sabía, tampoco, que ella me estaba esperando.
—¿Andrés? —dijo cuando me vio parado ahí, con los bolsos colgando de un hombro, la frente sudada.
Yo asentí, no por cortesía sino por sorpresa. Ella estaba en camiseta blanca, sin sujetador, y el pezón derecho le marcaba la tela como una pequeña piedra dura. No me miró raro. Me miró como si ya hubiéramos hecho algo juntos, como si los dos supiéramos que eso era inevitable.
—Andá para adentro —me dijo, abriendo la puerta de golpe—. Me rompí el zócalo de la luz y no veo nada.
Entré. El living estaba oscuro, pero el sol se había ido hace rato y solo quedaba una luz tenue del techo del pasillo. Ella se sentó en el sofá, se sacó las zapatillas y se estiró, estirándose tanto que la camiseta se le subió hasta el ombligo, dejando ver un pedazo de vientre plano, con un vello fino como hilos de seda rubia. Me senté al otro extremo, a medio metro, y ella me miró sin vergüenza.
—Vos tenés las manos grandes —dijo—. Seguro te sirven para mucho.
Yo no dije nada. Me levanté, fui hasta la cocina, me sirvi un vaso de agua, me lo bebí todo de un trago y volví. Ella ya se había desabrochado los dos primeros botones del jeans y se frotaba el muslo con la punta de los dedos, como si estuviera probando algo.
—Andá acá —me dijo,拍ando el sofá, justo al lado suyo—. Mirá cómo duele la espalda.
Yo me acerqué. Ella se inclinó, y el escote de su camiseta se abrió como una flor de noche. El pezón, más endurecido ahora, me rozó la mejilla sin querer. Me detuve. Ella no se movió. Solo me miró con los ojos entrecerrados, como si me estuviera enseñando un secreto.
—¿Vos querés? —preguntó.
Yo dije que sí con la cabeza, sin hablar. Ella me tomó de la muñeca y me tiró hacia adelante. Mis manos le tocaban la cintura, por debajo de la camiseta, y sentí su piel caliente, húmeda ya, como si hubiera estado esperando esto desde hace días. Ella se puso de rodillas frente a mí, sin soltar mi muñeca, y con la otra mano me desabrochó el cierre de la camisa. No me quitó la camiseta. Solo me la subió hasta la cabeza y me dejó ahí, con los brazos atrapados, la respiración cortada. Ella se rio, suave, y me soltó. Me deslicé la camiseta hasta los codos y la dejé ahí, como una capucha de lana.
—Mirá qué lindo —dijo, agarrando mi pene con la mano derecha—. Todavía no está duro, pero se va a llenar de sangre muy rápido.
Y sí, así fue. Cuando ella se inclinó y me besó el pecho, con la lengua rozándome el pezón, yo me puse rígido enseguida. Ella se lo tomó con las dos manos, lo acarició de abajo hacia arriba, lentamente, y luego lo frotó contra su pubis, ya húmedo, ya abierto. Sentí su concha, cerrada, como un puño pequeño, y después, cuando ella separó los labios con los dedos, sentí la abertura, el calor, la suavidad de su entrada.
—Andá —me susurró—. Que ya me quiero abrir.
Yo me deslicé la camisa hasta los pies y me puse de pie. Ella no se movió. Se quedó sentada, con las piernas abiertas, los muslos temblando un poco. Me acerqué, me puse entre ellas, le toqué la cara con una mano y la besé en la boca. Ella me correspondió con la lengua, suave, pero con fuerza, como si me estuviera marcando. Entonces, con la otra mano, me agarró la polla y me la guió hacia su concha.
—Apañá —dijo—. Que no te quiero escuchar gritar.
Yo empecé a meterla, lento. Su vagina se abrió como una flor que se despliega al sol. Primero la punta, después los primeros centímetros, y luego, cuando ella me dijo «ahora», yo empujé con fuerza y entré todo, hasta la raíz. Ella soltó un gemido bajo, como un gruñido de gato, y me agarró la cintura con las uñas.
—Sí —dijo—. Así. No pare. Me tenés que romper el aliento.
Yo empecé a moverme. No rápido, no lento. Con una cadencia que era suya, que me la había enseñado con los ojos. Ella se reclinó en el sofá, se apoyó en los codos, y me miró fijo mientras yo la cogía, mientras su concha se estiraba, se hinchaba, se calentaba con cada embestida. Sus pechos se movían con el ritmo, los pezones se le ponían más duros, más negros, como frutos secos al fuego. Yo le toqué uno, le di un apretón suave, y ella gritó, sí, gritó, un grito corto, como un latigazo.
—Más —dijo—. Me tenés que hacer temblar.
Y yo la cogí más fuerte. La caderas de ella se levantaban, se encontraban con mis caderas, como si nos estuviéramos buscando. Ella se mordió el labio, me miró con los ojos llorosos, y me dijo:
—Quiero que me garchés como si no hubiera mañana.
Yo la agarré por las caderas, le clavé los dedos hasta hacerle marcas rojas, y empecé a empurrar con fuerza, con rabia, como si quisiera entrar en ella para siempre. Ella se dejó ir, se dejó comer, y cuando yo sentí que me iba, ella me dijo:
—Ahora sí. Que me lo dejes todo.
Yo me quedé quieto un segundo, con la polla dura hasta el fondo, y entonces la empujé una última vez, con todo lo que tenía, y sentí cómo su cuerpo se convulsionaba, cómo su concha se apretaba como un puño, como si me estuviera chupando. Ella gritó, esta vez fuerte, y yo me corrí dentro de ella, todo, hasta la última gota, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con el corazón a mil por hora.
Me desplomé sobre ella, con la polla aún dentro, y ella me abrazó, me acarrió la espalda, y me besó el cuello.
—Vos tenés una polla de maldito —dijo, con la voz rota.
Yo no dije nada. Solo la miré. Ella sonrió, me soltó, se levantó, se limpió la concha con una toalla húmeda y me pasó otra.
—Andá a darte una duchita —me dijo—. Yo voy a lavar la ropa.
Y así fue. Me fui al baño, me lavé con agua fría, me sequé con la toalla que ella me dio, y cuando volví, ella ya tenía puesta una camiseta más grande y una bata de algodón. Me senté junto a ella, le tomé la mano, y ella se recostó en mi hombro.
—¿Daniel no va a notar nada? —le pregunté.
Ella se rio, baja, con los ojos cerrados.
—Me lo dije en el hospital, entre risas. Le dije: «Oye, Daniel, si en diez años vos no me cogés, yo me lo hago con cualquiera que me dé». Y se rió. Y me besó. Y se fue a trabajar.
Yo no dije nada. Solo la apreté un poco más.
—¿Y vos? —me preguntó—. ¿Volvés a venir?
Yo asentí.
—Sí —dije—. Vuelvo mañana. Y el otro día. Y cada vez que vos me llames.
Ella me besó en la frente, me acarrió el pelo, y me dijo:
—Entonces vení mañana a las siete. Que Daniel sale a las cinco y no vuelve hasta las once.
Y así fue. A la mañana siguiente, a las siete en punto, toqué su puerta. Ella ya estaba esperando, con los ojos brillantes y una sonrisa que me hizo entrar sin preguntar. Me tomó de la mano, me llevó al cuarto, me quitó la camiseta, y me dijo:
—Hoy te voy a hacer un culo nuevo.
Y me garchó hasta que me quedé sin aliento, sin fuerzas, sin nombre.
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.