Chispas en el Zoom

Chispas en el Zoom

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las persianas entreabiertas del departamento en Coyoacán, teñía de miel las paredes blancas y el rostro de Valeria mientras ajustaba la cámara del laptop. Se había maquillado con cuidado: labio superior marcado, rubor sutil en las mejillas, y una camiseta negra de tirantes que dejaba ver el contorno de sus pechos sin llegar a mostrarlos. Tenía el pelo recogido en un *chongos* torcido, algunas mechas sueltas le acariciaban el cuello. Hacía cuarenta y dos minutos que esperaba la llamada.

A tres colonias de distancia, en un cuarto iluminado por la pantalla de un celular sobre la mesa del comedor, Daniel se afeitaba la barba con cuidado. No era por la hora ni por la reunión de trabajo —era por ella. Había pedido el día medio libre, se había comprado una camisa nueva —azul marino, mangas arremangadas— y había encendido el ventilador de techo aunque ya se sentía el aire fresco de junio. Su celular vibró: *Valeria entró al grupo*.

—¡Ay, mira quién llegó! —dijo ella alzando la voz como si él la oyera de verdad, aunque sabían que el micrófono estaba apagado—. Apenita se ve el cuello de la camisa… ¿te la pusiste特意 pa’ esta cosa? —se burló, pero con una sonrisa que le calentó la cara.

—Pues sí —respondió él por fin, encendiendo el audio—. Me dije: si Valeria se pone esa camiseta, yo me pongo esta camisa. Es regla de oro.

Rieron. Ella se inclinó un poco hacia la cámara, y la luz del sol le acarició el hombro, dejando entrever la curva del pecho bajo la tela fina.

—¿Y qué vamos a hacer ahora, *güey*? —preguntó, mordiéndose el labio—. ¿Te vas a quedar ahí parado como un pendejo o me vas a chingar la vista?

—Te voy a *ver*, Valeria —respondió él, lento—. Primero con los ojos. Luego con las manos. Y después… ya veremos.

Ella se levantó de la silla con lentitud teatral, como si bailara *cumbia* solo para la cámara. Giró un poco, mostrando la espalda, y se subió la camiseta por encima de la cabeza sin romper el contacto visual. Quedó en sujetador de encaje negro, con los pechos redondos, los pezones ya firmes bajo la tela. No se apresuraba. Se mordió el pulgar un segundo, luego lo dejó caer con un suspiro.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Me gusta *todo* —dijo él, con la voz ronca—. El modo en que te mueves, el brillo de tus ojos… y esas nalgas que se balancean como si fueran a soltar un *chingazo* al mejor ritmo.

Ella soltó una risita ahogada, se llevó la mano al cuello, y desabrochó el sujetador con un solo movimiento. Se lo quitó con la punta de los dedos, dejándolo colgando del dedo índice, y lo lanzó hacia afuera de la cámara. Cayó fuera de foco, en el suelo.

—Ahora… —dijo, bajándose el short de algodón, que le quedaba apretado en la cadera—. Ahora te muestro lo que me pusiste ayer en el *TikTok*.

—¿El short verde? —preguntó él, ya con la camisa abierta, los dedos en el botón del pantalón.

—No, *cariño*. El short que no le dije a nadie que me compraste. El que me puse hoy *solo* pa’ ti.

Se inclinó un poco, y la cámara captó la curva de su espalda baja, el leve hoyuelo sobre la cadera izquierda, y la línea oscura del vello que marcaba el inicio del muslo. Daniel tragó saliva. Apagó el ventilador con el pie.

—¿Ves eso? —dijo Valeria, con la voz baja, juguetona—. Eso es *tuyo*. Todo. Las marcas que no se ven, los ruidos que no suenan… pero que *sabes* que van a sonar.

—Sí —murmuró él, ya con la verga dura dentro del pantalón—. Lo sé. Lo siento aquí. En el pecho. En las venas.

Ella sonrió, y esta vez sí se mordió el labio con fuerza.

—Entonces… ¿me chingas por Zoom o qué? —preguntó—. Que ya me estoy mojando.

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