Bajo la Sombra del Agave — Parte 1
La noche bajaba espesa sobre el valle de Tequila, envolviendo las colinas con un velo de humedad y perfume a tierra mojada. Las luces del rancho La Ceiba parpadeaban como luciérnagas cansadas, mientras el último trago de mezcal se deslizaba por la garganta de Alma con un ardor que le bajó directo al vientre. Veintiocho años, ojos oscuros que guardaban tormentas, y un cuerpo que el tiempo y el trabajo habían moldeado con generosidad: senos firmes bajo una blusa de manta, caderas anchas que se mecían al caminar como si bailaran una cumbia lenta, y unas nalgas prietas que el vaquero ajustado no hacía más que resaltar.
Alma no era de las que se quedaba esperando. Desde que su marido la dejó por una de esas regias de Guadalajara con uñas largas y voz chillona, ella se había jurado no depender de nadie. Trabajaba el campo con las mujeres del rancho, cosechaba el agave, ordeñaba las cabras y hasta ayudaba a destilar el mezcal que luego vendían en el pueblo. Pero por las noches, cuando el silencio se volvía denso, se sentaba en el porche con su vaso y su soledad, fumando un cigarro de picadura mientras el calor del día se le pegaba a la piel.
Fue ahí, entre el humo y el susurro de los grillos, que lo vio por primera vez. Un hombre que no era de por aquí. Alto, moreno, con el pelo largo recogido en una coleta desgreñada y una chamarra de cuero gastado que olía a polvo de camino y sudor limpio. Llegó en una motocicleta negra que rugía como jaguar herido, y se presentó con un nombre raro: Sombra. Nadie supo de dónde venía, ni por qué se quedaba. Solo dijo que andaba buscando un lugar donde “descansar el alma” y que el rancho le había gustado desde lejos, con sus techos de teja y su aire antiguo.
Alma lo miró con desconfianza. No le gustaban los forasteros, menos los que llegaban con misterio y cara de haber visto demasiado. Pero Sombra no era como los otros. No alzaba la voz, no se metía en problemas, y cuando hablaba, lo hacía con una lentitud que parecía salirle del pecho, no de la boca. Tenía los ojos claros, casi amarillos bajo el sol, y una cicatriz que le cruzaba el pómulo derecho, como si un recuerdo se le hubiera quedado tatuado en la piel.
Pasaron días. Sombra ayudaba en lo que se le ofrecía: arregló el corral, cambió una puerta que chirriaba, y una tarde, bajo la lluvia torrencial, rescató a una de las cabras que se había despeñado. Alma no dijo nada, pero lo observó todo desde la ventana, con el corazón apretado por algo que no quería nombrar.
Una noche, después de la cena, Sombra se sentó en el porche, sin invitarlo, sin pedir permiso. Solo se sentó. Ella no lo echó. Encendió otro cigarro y le ofreció uno. Él lo tomó, lo encendió con un encendedor de latón que llevaba en el bolsillo, y el humo se mezcló con el aire húmedo.
—¿Y usted, Alma? ¿Qué busca en la noche? —preguntó, sin mirarla.
—No busco nada —respondió ella—. Solo trato de no oír lo que dice el silencio.
Sombra asintió, como si entendiera. Y entonces, por primera vez, sonrió. Una sonrisa leve, apenas un movimiento en los labios, pero suficiente para que a ella se le encogiera el estómago.
—El silencio siempre dice más que las palabras —dijo—. A veces grita.
Hubo un momento de quietud. El grillo calló. El viento se detuvo. Hasta el perro dejó de ladrar.
Alma sintió que algo en su interior se desdoblaba, como una tela vieja que cede al fin. Se puso de pie, despacio, sin apuro. Sombra la miró, sin sorpresa, como si ya supiera lo que venía. Ella se paró frente a él, con los brazos cruzados, el pecho subiendo y bajando con una respiración que ya no controlaba.
—No soy fácil —dijo.
—No lo dije —respondió él, bajando la voz.
—Y no soy de esas que se dejan llevar por un tipo con pinta de malo.
—Tampoco lo pensé.
Entonces, sin que ninguno de los dos supiera quién dio el primer paso, Alma se inclinó y lo besó. Fue un beso torpe al principio, de dientes que chocan, de labios que no saben si morder o acariciar. Pero luego se abrió, como una flor que por fin encuentra el sol. Sombra le puso una mano en la nuca, con fuerza, pero sin rudeza, y la atrajo hacia sí. Ella sintió el calor de su cuerpo, el bulto duro bajo el pantalón que se marcaba contra su muslo, y no se apartó.
Se besaron así, largamente, con hambre contenida, con años de soledad derramándose en la boca del otro. Hasta que ella bajó una mano y le tocó la verga por encima del pantalón. Sombra soltó un gemido bajo, como un animal herido, y la tomó de la cintura, apretándola contra su entrepierna.
—Aquí no —susurró ella, pero sin fuerza.
—No —dijo él—. Pero sí.
La cargó como si no pesara, con una facilidad que la sorprendió, y la llevó adentro, a su cuarto. Cerró la puerta con el pie. La recostó en la cama de sabanas ásperas, y se arrodilló ante ella para quitarle las botas, luego los vaqueros. Las bragas de encaje negro se le quedaron pegadas al muslo, y él las bajó con los dientes, lento, mirándola a los ojos. Alma jadeó cuando sintió su aliento en la entrepierna, caliente, húmedo.
—No he sido tocada así en años —dijo, casi en un sollozo.
—Entonces déjame empezar —respondió Sombra, y hundió la boca entre sus piernas.
Ella gritó. Un grito corto, ahogado, que se perdió en la noche. Nadie en el rancho se movió. Nadie vino. Y mientras él la chupaba con una devoción que parecía sagrada, Alma pensó que tal vez, después de todo, el silencio ya no le asustaba.
Pero afuera, en la oscuridad, una figura observaba desde el cerco. Ojos brillantes, fijos en la ventana iluminada. Y en la mano, un cuchillo de hoja ancha, descansando sobre la madera podrida.
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