Bajo el Sol de Medellín — Parte 1

@diego_salas ·31 de enero de 2026 · ★ 4.5 (37) · 1491 lecturas

En las alturas de El Poblado, donde el aire huele a jazmín y los edificios se asoman como curiosos entre las montañas, vivía Valeria Duque. Treinta y dos años, piel canela que el sol no tocaba demasiado, ojos almendrados que brillaban con ironía y una sonrisa que prometía más de lo que decía. Abogada de profesión, pero alma libre por vocación. En los círculos sociales de la ciudad, se murmuraba que Valeria era *demasiado* intensa para un solo hombre, que su mirada encendía lo que no debía, y que su risa, baja y ronca, era peligrosa después de la media noche.

Esa tarde, el calor era espeso, de esos que pegan la ropa al cuerpo y hacen que uno se sienta desnudo incluso con todo puesto. Valeria, en su balcón con vista al valle, llevaba un vestido corto de lino blanco, sin nada debajo. El viento jugueteaba con la tela, y ella no hacía nada por detenerlo. Tomaba un trago de ron con lima, lento, como si saboreara el momento antes de que pasara.

Al otro lado de la calle, en el edificio frente al suyo, un hombre la miraba. No con descaro, pero tampoco con disimulo. Se llamaba Diego Salas. Cuarenta y uno, arquitecto paisa de voz grave y manos fuertes, con un pasado de relaciones que terminaron porque, según sus amigas, "no aguantaban su forma de mirar". Diego tenía esa mirada: profunda, como si estuviera midiendo no solo el cuerpo, sino el alma. Su pito, grueso y largo, era leyenda entre sus ex, pero él nunca presumía. Sabía que lo que encendía a una mujer no era solo el tamaño, sino cómo lo usaba.

Hacía tres semanas que Diego se había mudado al edificio de enfrente. Había comprado el apartamento como inversión, pero desde que vio a Valeria por primera vez —ella saliendo del ascensor con una bandeja de empanadas que llevaba a una vecina—, no había podido dejar de pensar en ella. No era solo su cuerpo, aunque ese culo redondeado y alto, bien plantado, era *chimba*. Era la forma en que caminaba, como si supiera que la estaban viendo, pero le daba igual. Como si el mundo girara a su ritmo.

Esa tarde, mientras Valeria se recostaba en la silla del balcón, dejando que el sol acariciara sus piernas, Diego salió a su propio balcón. Iba en pantalón de algodón, sin camisa, el torso moreno brillando con una capa de sudor. Se sirvió un vaso de agua fría y la miró directo a los ojos. Ella no bajó la vista. Solo levantó su trago, en un brindis silencioso.

—¿Te gusta el espectáculo? —dijo ella, sin moverse.

—Más de lo que debería —respondió él, con voz pausada, sin sonreír del todo.

—Pues no soy de las que se avergüenzan —dijo ella, estirándose como un gato—. Y menos si el que mira tiene una pinta como la tuya.

Diego se acercó un poco más a la baranda, el vaso en la mano. El sol bajaba, pintando el cielo de naranja.

—¿Y si te digo que no es solo mirar lo que quiero hacer?

Valeria se sentó, cruzó las piernas lentamente, dejando que la falda del vestido subiera un poco más.

—Pues entonces deberías dejar de hablar y empezar a actuar. Pero con cuidado. Yo no soy de esas que se entregan por un par de palabras bonitas.

—Yo tampoco soy de los que juegan —dijo él, bajando la voz—. Pero si tú estás dispuesta, yo tengo ganas de probar.

Hubo un silencio. El ruido de la ciudad, lejano. El corazón de ella, acelerado. El pito de él, ya duro bajo el pantalón, pidiendo más.

Ella se levantó, despacio, sin quitarle los ojos de encima.

—Mañana tengo una cena con unos clientes —dijo—. Pero esta noche… esta noche no tengo planes.

—Yo tampoco —respondió él.

—Entonces —dijo ella, sonriendo—, quizás deberías subir. Pero no te vayas a creer que es fácil. Tengo reglas.

—Dime una —pidió él, ya con el pecho agitado.

—Primero: nada de nombres de pila hasta después de la primera vez. Segundo: si me tocas, será lento. Tercero: si me besas, no pares hasta que yo diga que sí.

Diego asintió, sin despegar la mirada.

—Y tú, ¿qué reglas tienes? —preguntó ella.

—Una sola —dijo él—: que cuando empiece, no pare hasta que tú grites.

Valeria sintió un cosquilleo en el bajo vientre. Se mordió el labio inferior.

—Sube —dijo—. Pero no te tardes.

Él colgó el vaso, desapareció dentro del apartamento. Ella se quedó quieta, el corazón en la garganta. Sabía que algo se rompía en ese momento. Que no era solo un polvo. Era el inicio de algo más denso, más profundo. Algo que olía a deseo, a riesgo, a piel sudada y promesas no dichas.

Cuando el timbre sonó, Valeria no dudó. Abrió la puerta. Y allí estaba él, alto, moreno, con esa mirada que ya no disimulaba nada.

—¿Segura de esto? —preguntó Diego.

—No —respondió ella—. Pero quiero hacerlo igual.

Él entró. Cerró la puerta con el pie. Y sin decir más, la tomó de la cintura, la pegó a su cuerpo, y la besó como si hubiera estado esperando toda la vida para hacerlo. Sus lenguas se encontraron con hambre, con urgencia. Ella sintió el pito duro contra su vientre, y no se hizo rogar. Le desabotonó la camisa con manos temblorosas, mientras él le bajaba el vestido por los hombros.

El aire olía a deseo. Y afuera, Medellín seguía girando, ajeno a que, en un piso 12, dos cuerpos estaban a punto de escribir una historia que ni ellos mismos podían prever.

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