Una tarde en la casa de Mateo
4 minUna tarde en la casa de Mateo
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la casa de Mateo, en un barrio tranquilo de Medellín. El cielo gris había obligado a cancelar el picnic planes de siete amigos —seis adultos, entre ellos dos parejas estables y una mujer soltera— que se reunían cada mes en distintos hogares. Pero el deseo, como la humedad en el aire, no se cancela tan fácil.
Mateo, de 32 años, cuerpo atlético y risa fácil, había preparado vino tinto, queso y pan crujiente. Los demás llegaron con un par de horas de retraso, abrigados pero con miradas ya cargadas de complicidad. Lucía, la más extrovertida del grupo, entró sacudiendo el paraguas y soltó una risa nerviosa: “Oye Mateo, si no te importa, me cambio de ropa. Estoy mojada hasta la médula”.
—Claro, en el baño del pasillo —dijo él, ofreciéndole una toalla—. Y si alguien quiere una ducha rápida antes de que se enfríe el vino…
Fue como lanzar una chispa en un campo seco.
Dentro del baño, las luces tenues iluminaban espejos empañados. Lucía se quitó la camisa empapada y se miró en el espejo: senos firmes, pezones oscuros y visibles bajo la fina tela del sostén mojado. Se pasó la lengua por los labios. Cuando salió, llevaba puesta una bata de Mateo —demasiado grande, sí— pero con la cintura ajustada con una cuerda de seda que él mismo había colgado allí, casi como un juego.
—¿Necesitas ayuda con la cuerda? —preguntó Diego, uno de los hombres, acercándose sin apuro.
Ella no respondió. Solo le tendió la mano.
Esa fue la señal.
Mientras el resto —Ana, Carlos, Sofía y Pedro— observaban desde el sofá, con vinos en mano y miradas que ya no eran de amigos, sino de personas que reavivaban algo latente—, Mateo se puso de pie y caminó hacia Lucía. No la besó. Solo le rozó el cuello con los dedos, bajó hasta la cuerda, y tiró suavemente hacia abajo. La bata se abrió, dejando al descubierto su espalda y la curva de sus caderas.
Diego se unió, ahora con las manos en la cintura de Lucía, inclinándola ligeramente sobre la mesa de centro, ya libre de vasos. Mateo la besó en el cuello mientras Diego desabrochaba su pantalón. Ana, que hasta entonces había permanecido en silencio, se levantó y se acercó. Sin decir nada, se quitó su suéter y se sentó frente a ellos, abriendo las piernas con una lentitud que era un invitation.
—¿Quieres probar? —le preguntó Lucía a Ana, mientras Mateo le mordisqueaba la oreja—. Diego, tú… ven aquí.
Diego se arrodilló frente a Ana, que ya tenía los pechos al aire. Con una mano le tapó la boca, con la otra le acarició la entrepierna por encima del pantalón. Ella jadeó, arqueó la espalda, y Lucía se volvió para besarla. Fue un beso lento, húmedo, con sabor a vino y sal.
Mateo, mientras tanto, había deslizado los pantalones de Lucía y bajado su ropa interior. Se inclinó y rozó su clítoris con la punta de la lengua. Ella soltó un grito ahogado, metió los dedos en su cabello y lo jaló suavemente hacia sí.
—Quiero que me toques dentro —susurró—. Ahora.
Carlos y Sofía, que hasta entonces habían estado quietos, se miraron. Ella le tomó la mano, la llevó a su muslo, y con una sonrisa le indicó que subiera. Carlos asintió y comenzó a desabrochar su blusa.
Pedro, el único que aún estaba parado, se acercó a Diego, que ahora lamía el pezón de Ana con una intensidad que hacía temblar sus hombros. Le pasó la mano por el cuello, lo atrajo hacia sí y le mordió el labio inferior. Diego soltó una risa grave, lo soltó, y con un movimiento firme, sequitó su propio pantalón.
Lucía ya no aguantaba. Se giró, tomó el pene de Mateo —ya endurecido, húmedo en la punta— y lo guió hacia su entrada. Se sentó poco a poco, hasta que ambos quedaron unidos, respiraciones entrecortadas, frente al resto.
Ana se incorporó y se acercó, tomando el pene de Diego en su boca mientras Lucía se balanceaba, con las uñas clavadas en los muslos de Mateo.
Fue entonces cuando Sofía, ya en ropa interior, se sentó en el regazo de Carlos y lo cabalgó con lentitud, mientras Pedro se frotaba contra el muslo de Pedro, ya ambos sudorosos y sin aliento.
La lluvia no cesó. Ni el calor.
Nadie miró el reloj. Nadie habló de lo que vendría después. Solo existía el momento: piel contra piel, respiraciones sincronizadas, unidos por algo más que sexo: confianza, juego, deseo compartido.
Cuando todo terminó —con besos en el cuello, abrazos que duraban más de lo necesario y risas nerviosas—, todos se sentaron en el suelo, rodeados de mantas y ropa dispersa.
—¿Otra ronda? —preguntó Lucía, con una sonrisa pícara, tomando el vaso de vino que Mateo le ofrecía.
Y nadie dudó ni un segundo antes de asentir.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.