Una tarde en el estudio de yoga
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La puerta del fondo del edificio antiguo, esa que nadie más usaba salvo los viernes a las cuatro, se abrió con un suspiro de bisagra envejecida. Lucía ya estaba adentro, sentada en el suelo de madera pulida, las piernas cruzadas, los ojos cerrados. Vestía un top de algodón gris y leggings negros, pero nada que escondiera la tensión que recorría su espalda desde la nuca hasta la curva de sus caderas. El aire olía a incienso de sándalo y a polvo de sol entrando por las persianas bajas.
—Viste que llegué puntual —dijo Mateo, quitándose los zapatos en la entrada sin romper el ritmo—. Pero vos ya estabás acá.
Ella abrió los ojos, lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Mateo estaba parado a un metro, con los puños en los bolsillos de su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, los pantalones de lino algo arrugados. No sonreía. Nunca lo hacía al principio. —Es que yo siempre llego antes —respondió Lucía, con la voz baja, sin temblor, pero con ese hilo de ansiedad que se siente en la garganta cuando se está a punto de cruzar una línea conocida.
Mateo avanzó hasta el centro del círculo de esterillas. Se detuvo frente a ella, mirándola de pies a cabeza. No con deseo urgente, sino con calma de quien sabe que hay tiempo. —¿Te acordás de lo que hablamos la semana pasada? —preguntó, sentándose ahora frente a ella, también con las piernas cruzadas, palmas sobre las rodillas.
—Claro que me acordé —dijo ella, y por primera vez bajó la mirada a sus propias manos, luego las volvió a levantar directo a sus ojos—. Me dijiste que esta vez iba a ser diferente. Que no iba a ser solo respirar y estirar.
—No —asintió él—. Esta vez vas a dejar que yo te guíe. No con las manos, todavía. Con la voz. Con la mirada. Con el silencio.
Lucía respiró hondo. Sintió el calor subirle por el cuello, pero no era vergüenza: era anticipación. El tipo de calor que se siente cuando te quitás una prenda de más y descubrís que no estabas tan fría como pensabas.
—¿Y si me equivoqué? —preguntó, con una sonrisa apenas visible.
—No te vas a equivocar —respondió Mateo, inclinándose un poco hacia adelante—. Acá no hay errores. Solo hay qué soltar. ¿Me vas a dar eso?
Ella no respondió con palabras. Solo asintió, otra vez, y apoyó las manos sobre sus muslos.
—Bien. Entonces empezá con los ojos cerrados. Respirá dos veces, lento. La primera, que entre el aire hasta el fondo, y la segunda, que salga todo lo que no te sirve más.
Lucía cumplió. Y cuando exhalaron juntos por segunda vez, Mateo ya tenía una mano en su muslo, la palma plana, firme, sin apretar. Sólo allí, presente. —¿Te siento bien? —le preguntó.
—Sí —murmuró ella—. Pero me ponés nerviosa.
—Bueno. Que te ponga nerviosa. Que el pulso te corra más rápido. Que el corazón te haga eco en las orejas. Pero que no te asuste.
La mano de Mateo subió despacio, por la curva de su muslo, sin presión, como si estuviera leyendo una línea invisible. Lucía sintió el roce del algodón, pero también el calor de su piel bajo la tela. Cuando la mano llegó a la base de su cadera, la detuvo. Y la mantuvo allí, pesada y segura.
—Ahora —dijo—, tenés que confiar. No con la cabeza, no con la razón. Con el cuerpo. Con lo que siento yo ahora, sobre tu piel.
Y entonces la mano bajó otra vez, lentamente, hasta rozar el borde del leggings. Lucía se estremeció, pero no se movió. Mateo se inclinó y besó su cuello, una vez, con los labios secos, sin presión, como si estuviera probando el sabor del aire a su alrededor.
—Decime si querés que pare —susurró.
Ella negó con la cabeza. —No —susurró ella—. Acá no hay parar. Solo hay dejar ir.
Mateo sonrió, al fin. Una sonrisa pequeña, apenas visible en la comisura, como si fuera un premio que se ganó.
—Bien, entonces vamos a jugar. Pero no es un juego cualquiera. Es un juego de reglas claras. Y vos, Lucía, me vas a decir siempre lo que sentís.
La mano de Mateo se deslizó dentro del leggings, sobre la piel desnuda de su muslo. Lucía contuvo el aliento. Él no se apresuró. Solo la palma la apretó suavemente contra su cuerpo, como si estuviera midiendo su pulso.
—Mirame —le pidió.
Ella abrió los ojos. Los de Mateo estaban fijos en los suyos, oscuros, quietos, seguros.
—¿Querés que te toque la concha? —preguntó él, sin rubor, con naturalidad, como si estuviera preguntando si quería un café.
—Sí —dijo ella, y esa palabra salió más fuerte que esperaba, pero sin vergüenza.
—Entonces tenés que decírmelo dos veces —insistió él—. La primera por si no lo oí bien. La segunda, por si me equivoqué.
Lucía tragó saliva. Sintió la humedad ya entre sus piernas, la tensión en el estómago, la punta de los pechos dura bajo el top. —Sí —dijo—. Quiero que me toques la concha.
—Y ahora —pidió Mateo—, decilo de nuevo.
—Quiero que me toques la concha —repitió ella, esta vez con la voz más firme, más clara, como si cada palabra fuera un clavo que clavaba en su propia voluntad.
Mateo le sonrió, esta vez de verdad. Y entonces, con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, se inclinó hacia adelante y desabrochó el cierre de su propio pantalón. No con prisa, sino con intención. Como si cada movimiento fuera un verso en un poema que ambos ya conocían.
—Vas a estar bien —le dijo, mientras sus dedos rozaban el borde del leggings—. Porque vos decidiste estar acá. Y porque yo te prometo que te voy a cuidar. Con cada respiración. Con cada toque. Con cada palabra.
Y entonces, con la mano ya dentro, con la punta de los dedos buscando su calor, Mateo le pidió: —Vení más para adelante, Lucía. Quiero ver tus ojos cuando te toco.
Ella lo hizo. Se movió hacia adelante, rodillas separadas, espalda recta, manos en sus muslos. Y cuando Mateo encontró su entrada, ya húmeda, ya temblorosa, no la empujó. Solo la rozó. Una vez. Otra. Hasta que ella misma, sin pensar, bajó las caderas y se lo pidió.
—Sí —dijo ella, con los ojos cerrados esta vez—. Me lo estás dando.
—No —corrigió Mateo—. Lo estás pidiendo. Y yo te lo voy a dar. Pero solo si lo decís.
—Quiero que me garches —susurró Lucía, con los labios entreabiertos—. Quiero que me garches hasta que no me acuerde de mi nombre.
Mateo la miró, sin soltarla. Y entonces, con la voz grave, con la mirada fija, dijo: —Bien. Entonces cogé aire, porque esto recién arranca.
Y así fue. Con calma, con detalle, con ternura y con fuerza, Mateo la llevó adentro, lento, hasta el fondo. Lucía cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en nada. Solo sintió. Solo se dejó llevar. Y cuando el placer llegó, no fue una explosión. Fue una ola larga, alta, que la llevó hasta el fondo de sí misma y la devolvió, temblando, sudada, con la boca entreabierta y los ojos llenos de agua.
Mateo la abrazó entonces, sin soltarla, sin presionar. Solo manteniéndola a salvo, mientras su respiración volvía a casa.
—Gracias —le susurró al oído, con la voz agria de tanto contenerse—. Gracias por dejarme tenerte.
Y Lucía, aún temblando, le respondió con una sonrisa y un beso en el cuello: —Ahora decime cuándo volvemos a hacerlo.
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