Una noche por Zoom con la vecina del cuarto piso

Una noche por Zoom con la vecina del cuarto piso

@mateo_cruz ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (24) · 80 lecturas · 4 min de lectura

Yo ya lo había notado antes: cuando te miraba desde la escalera, la cara le ruborizaba, como si te hubieras equivocado de puerta y estuvieras entrando sin querer a su habitación. Ella vivía en el cuarto piso, yo en el tercero, y aunque nos cruzábamos todos los días —en el ascensor, en el supermercado, hasta en la cancha de básquet del barrio—, nunca habíamos cruzado más que un par de frases. Hasta que el jueves pasado, cuando se me rompió el aire acondicionado y llamé al taller para saber si podían pasarse, ella abrió su puerta con ese tono de voz suave que solo usás cuando querés no molestar: —¿Necesitás ayuda? Yo sé cambiar ese condensador, si querés…

Y sí, quería. Pero no por el aire acondicionado.

Así que esa noche, después de que me dejó las claves del portal y se fue subiendo los escalones despacio, con los zapatos que le hacían *cloc* en el piso, me dije: *¿Y si le escribo?* No fue planeado. Fue como una descarga que me recorrió la columna cuando vi su nombre en la agenda del celular: *Lucía, cuarto piso*. Mandé un mensaje simple: —Ojalá no te moleste… ¿Te animás a un café virtual esta noche? Solo charlar.

Me respondió en menos de diez minutos: —Vení.

La cámara se encendió y la vi. No como en persona, sino *de verdad*, con ese pelo rubio claro recogido en un moño torcido, una camiseta blanca un poco corrida de los hombros y los ojos verdes que brillaban como cuando le hablás a alguien que te importás. —¡Mirá vos, vecinito! —dijo sonriendo, y se mordió el labio inferior sin querer—. Me imaginé que ibas a ser más… grande.

—¿Grande cómo? —le pregunté, y ya me sentí el pibe más nervioso del barrio.

Ella se recostó un poco en el respaldo de la silla, como si estuviera cómoda, pero yo la vi temblarle los dedos sobre la mesa. —No sé… más *hombre*, maybe. —Se detuvo, y bajó un poco la camiseta más aún, sin prestarle atención—. Pero vos tenés los ojos grandes. Y los labios finitos. Me llamaron la atención cuando pasaste ayer.

Me puse rojo, aunque no me dí cuenta hasta que me toqué la cara.

—¿Y vos? —le dije, intentando sonar calmado— ¿Qué es lo que te gusta más de un hombre… cuando es solo vos y yo?

Ella se inclinó hacia la cámara, lentamente, y el reflejo de la luz del escritorio le hizo brillos los cabellos sueltos. —Que sepa escuchar. Que no tenga miedo de lo que siento cuando se acerca. Que… que me mire como si yo fuera la única.

Y ahí, sin pensar, le dije: —Sos linda. Realmente linda.

Se mordió el labio otra vez, pero esta vez con más intención. Se pasó la lengua por encima, despacio, y yo sentí un cosquilleo en la entrepierna. Me senté más derecho.

—¿Querés que te muestre algo? —me preguntó, y yo asentí sin decir nada—. No es que sea una experta o nada… pero me gusta aprender.

Se levantó despacio, con esa calma que solo tienen quienes saben que tenés toda la atención, y se sacó la camiseta. No con prisa. Me dejó ver su pecho, redondo y suave, con los pezones rosados y duros. Me fijé en los detalles: una pequeña marca en el hombro izquierdo, como un lunar pequeño, y la curva de sus costillas cuando respiraba profundo.

—¿Te gusta? —me preguntó, con la voz más baja.

—Me encanta —susurré—. Quiero… quería acercarme a vos, pero no me atreví.

—¿Y ahora? —me desafió, y bajó una mano, despacio, hacia su abdomen.

Yo ya me había desabrochado el pantalón, con una sola mano, mientras la miraba. —Ahora… ahora te miro y siento que ya te conozco.

Se puso de pie, con las piernas ligeramente separadas, y se pasó la mano por el costado, hasta la cintura, y luego bajó más, hasta rozar el borde de sus calzones.

—¿Querés ver cómo te siento cuando pensás en mí? —me preguntó.

No respondí. Solo asentí, con la garganta seca.

Y entonces, con los ojos clavados en los míos, se deslizó los calzones lentamente, bajándoselos como si fuera una cinta de seda. Y allí estaba su concha, peluda, oscura, húmeda, abierta al medio. Me quedé sin aliento.

—Estoy mojada —dijo, con una sonrisa dulce—. Por vos.

Y me mostró cómo se tocaba. Con dos dedos, suaves, rozando su clítoris, presionando un poco, mientras me miraba. Yo ya me tenía en la mano, con la punta brillante y caliente, y me movía despacio, al ritmo de sus movimientos.

—Dime qué querés que te haga… —me susurró.

—Quiero que me mires mientras me coro —le dije, con la voz rota—. Quiero que sepas que lo hice pensando en vos.

Y entonces ella suspiró, se inclinó hacia adelante, y con la mano sigue tocándose, me dijo: —Hacelo, Mateo…Cogé. Que yo te siento.

Y mecorrí, con la vista fija en su cara, en sus ojos que ya no eran solo verdes, sino todo el mundo que yo quería ver.

¿Qué tanto te calentó?

4.4 · 24 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@mateo_cruz

Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

También en Sexo virtual

Más de @mateo_cruz

Ver autor →