Una noche en el muelle viejo
6 minUna noche en el muelle viejo
Yo lo vi por primera vez cuando el barco atracó en el puerto de Veracruz. Ella estaba de pie en el muelle, entre los cargadores y los pescadores que ya empezaban a desempaquetar sus redes. Tenía el pelo negro, recogido en una coleta baja, y una camiseta blanca pegada al cuerpo por el sudor y el calor húmedo del trópico. Me miró como si ya me conociera, como si supiera que yo estaba solo, que hacía tres meses que no tocab a nadie, que mi piel se había vuelto áspera de tanto sal y viento. Me llamó la atención porque no llevaba guantes, y sus manos estaban llenas de cicatrices antiguas y marcas de sal.
—¿Eres marinero? —me preguntó, sin moverse del sitio, como si ya hubiera decidido que no iba a irse.
—Sí —respondí, y me di cuenta de que estaba respirando con más dificultad de lo normal.
—Yo soy Lucía. Trabajo en el almacén de pescado. Vuelve en una hora. Te espero bajo el faro viejo.
No pregunté nada. No le pedí más datos. No me importó que fuera una trampa, una broma o un error. Subí al barco, hice lo mío con los otros hombres, pero todo me parecía lejano, como si estuviera viendo una película grabada en otra vida. Cuando sonó la hora, me deslicé por las rampas del muelle como un fantasma, sin que nadie me detuviera.
El faro viejo estaba a punto de derrumbarse, pero seguía en pie, como una costilla rotada de alguna bestia gigante. Lucía ya estaba allí, sentada en el borde de la base de concreto, con las piernas abiertas, los pies descalzos hundidos en la arena húmeda. Llevaba puesto un vestido de algodón verde, desbotonado hasta la cintura, y no llevaba nada debajo. Me senté frente a ella, sin decir palabra, y ella me agarró de la muñeca.
—¿Tienes miedo? —me preguntó, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—No —dije, y mentí. Porque tenía miedo. Miedo de que fuera real, de que todo esto fuera demasiado intenso, de que me rompiera dentro solo por tocarla.
Ella me soltó la muñeca y se puso de pie. Me extendió la mano y me ayudó a levantarme. Luego, con lentitud teatral, me desabotonó la camisa, uno a uno, los botones de nácar. Me acarició el pecho con los dedos sucios de arena, y yo sentí cómo mi cuerpo reaccionaba al instante: el pene se me endureció contra el pantalón, y sentí el calor subirme por la espalda.
—Estás ansioso —dijo, mientras me apretaba la entrepierna con una mano firme.
—Sí —confesé, y me sonó extraño decirlo en voz alta.
Ella me tiró de la mano y me llevó hacia un pequeño rincón oculto, detrás de un muro medio derrumbado, donde el sol ya no daba directo. Allí, me sentó sobre una manta desgastada que había dejado allí, como si lo hubiera planeado todo. Me desabrochó el cinturón y el botón del pantalón, y sacó mi pene, que ya estaba bien tieso, húmedo en la punta, como una flor que se abre de golpe. Me miró con fijeza, sin vergüenza, como si ya lo hubiera visto cientos de veces.
—Está lindo —dijo, y se inclinó hacia adelante para lamerme desde la base hasta la cabeza. Me agarré a sus cabellos, pero ella me detuvo suavemente.
—No. Déjame hacerlo a mi manera.
Y lo hizo. Lamió con lenta precisión, con la lengua plana y firme, rozando el glande con la punta, luego chupando con suavidad, como si cada movimiento fuera una promesa que tenía que cumplir. Sentí que mis piernas temblaban. Me mordí el labio para no gritar, pero ella me miró con los ojos semicerrados y me dijo:
—Grita si quieres. Aquí no nos oye nadie.
Así que grité. Cuando me metió el pene en la boca, sentí que se me llenaba la cabeza de luz. Me corrió la lengua por el glande, como si lo estuviera probando, y luego me lo metió todo, hasta la raíz, con una presión que me hizo arquear la espalda. Me separé un instante, me puse de rodillas frente a ella, y le bajé el vestido por las caderas. Se levantó el tejido, y allí lo vi: su vagina, húmeda y oscura, con los labios abiertos, como una boca pequeña que esperaba ser alimentada.
—Ahora te toca a ti —dijo, y me empujó hacia adelante.
Me incliné y separé sus labios con los dedos. Olor a sal y a fruta madura. Lamiendo con la punta de la lengua, encontré su clítoris, que ya estaba hinchado y brillante. Lo chupé con fuerza, y ella se estremeció, soltó un grito ahogado, y me metió dos dedos dentro de la vagina. Estaba apretada, cálida, con un ritmo interno que me hizo temblar los hombros. Me moví contra sus dedos, lamiendo y chupando, hasta que sentí que su cuerpo se contraía, que sus muslos se tensaban, y su vagina me apretó como una tuerca.
—Ahora… ahora —susurró, mientras se levantaba y se sentaba sobre mí, con las piernas a cada lado de mi cintura.
Me agarré a sus caderas, la guié hasta que la punta de mi pene rozó su entrada. Me miró a los ojos, me sonrió, y bajó lentamente, hasta que todo mi cuerpo entró dentro del suyo. Me sentílleno, apretado, como si por fin hubiera llegado a casa. Ella empezó a moverse, con movimientos cortos y firmes, y yo le agarré los pechos, con los pezones duros y resistentes a mis dedos. Ella se inclinó hacia adelante, me puso las manos en los hombros, y empezó a subir y bajar con más fuerza, con más desesperación. Sus respiraciones se hicieron cortas, jadeantes, y yo empecé a empujar con mis caderas, para que ella se sintiera más llena.
—Sí… así… —me decía, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la lengua asomando.
Sentí que se acercaba. Su vagina se contrajo de golpe, como un puño que me apretaba el pene, y ella soltó un grito agudo, que resonó entre las paredes del muelle. Yo la seguí, sin poder evitarlo, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo me temblaba encima, y yo me corrí dentro de ella, con fuerza, con ganas, con años de soledad que se deshacían en un solo chorro caliente. Me corrió el semen dentro, uno tras otro, hasta que sentí que me agotaba.
Ella se desplomó sobre mí, sudada, con el corazón acelerado contra mi pecho. No dijimos nada. No había nada que decir. Me acarició la espalda con los dedos, como si me estuviera contando un secreto. Luego se levantó, se puso el vestido, y me tendió la mano.
—Mañana salgo de turno a las tres —dijo, y se fue caminando por la arena, sin mirar atrás.
Yo me quedé allí, sentado en la manta, con la entrepierna aún húmeda, el pene blando pero lleno de su olor, de su sabor, de su calor. Y supe que volvería. Porque cuando el cuerpo se encuentra con otro cuerpo, no hay más que eso: un instante, una promesa rota, un fuego que se apaga… pero que, por un momento, quema todo.
¿Qué tanto te calentó?
De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.