Una noche en el hotel de la esquina

Una noche en el hotel de la esquina

@la_viajera ·18 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (24) · 49 lecturas · 9 min de lectura

En el vestíbulo del Hotel El Árbol, en Recoleta, donde el mármol resplandecía bajo las lámparas de bronce y el aire olía a cera de roble y perfume caro, Lucía —con su blusa blanca abierta hasta el ombligo y una falda corta que dejaba ver las piernas bronceadas— se giró hacia Facundo y le sonrió con la boca entreabierta, los labios húmedos de ese rubor que solo da el anticipar algo prohibido.

—Vos tenés que ver lo que me pasó hoy, Facu —le dijo, acercándose, y él sintió el roce de su muslo contra la manga de su camisa—. Me llamó Martín, el que conoció en Mar del Plata… El que me escribió después de la fiesta de fin de año.

Facundo, con la corbata deshecha y el cuello de la camisa abierto, tragó saliva. Ya sabía quién era. Martín era el tipo alto, rubio, de ojos azules y una sonrisa que daba mala espina. Había estado con ellos dos en la cena, en la terraza del hotel, bebiendo gin tonic y compartiendo una botella de Malbec que costaba más que su sueldo semanal. Y sí, Lucía le había contado que hablaron mucho, que él le había dicho que la quería conocer de verdad, que le gustaba cómo hablaba, cómo reía, cómo se movía.

—¿Y qué pasó? —preguntó Facundo, pero con la voz un poco ronca, como si ya supiera la respuesta y solo quería escucharla salir de su boca.

—Me invitó a cenar aquí, hoy, a las 20. Me dijo que era una cena íntima. Sólo nosotros tres. Y… —Lucía se mordió el labio inferior—… acepté.

Facundo se quedó quieto. Miró su reloj: 20:15.

—¿Y vos venís acá directo desde su casa? —preguntó, señalando su falda y los tacones finos.

—Sí. Me puse esto pensando en vos. Pero cuando lo vi hoy, en la entrada del edificio… —Lucía bajó la voz—… tenía otra mujer con él.

—¿Otra? —Facundo se pasó una mano por el pelo, nervioso.

—Una rubia. Alta, con piernas infinitas. Se llamaba Sofía. Y… —Lucía respiró hondo—… él me presentó: “Ella también está en el juego”. Y yo… no dije nada. Sólo sonreí. Porque ya sabía qué era.

—¿Y vos querés? —Facundo la miró a los ojos.

—Sí, Facu. Quiero. Pero no sola. Quiero que vos vengas. Que estés ahí, conmigo.

Facundo no dudó. Sólo asintió.

—Vamos.

***

La suite del hotel era enorme: piso de madera, cama king size con sábanas de algodón egipcio, balcón con vista a los árboles del parque. El aire estaba cargado de incienso y algo más: olor a sudor, a perfume mezclado con saliva, a deseo.

Martín —alto, de hombros anchos, barba recortada, pecho cubierto por una camiseta negra ajustada— los recibió con una copa de vino en cada mano.

—Bienvenidos —dijo, entregándoles las copas—. Sofía va a llegar en diez minutos. Está retrasada, pero me aseguró que no iba a tardar.

Lucía tomó la copa, los dedos rozando los de él. No se apartó.

—¿Estás lista? —le preguntó Facundo al oído, con la voz low, casi un susurro, pero con un tono que hizo que a Lucía se le erizara la piel.

—Sí —murmuró—. Pero vos tenés que controlarte. No quiero que me garchés como una loca si no sabés qué hacer.

Martín rió, bajó la vista hacia el pecho de Lucía, que se hundía en el escote de su blusa—. No te preocupés, Facundo. Yo sé cómo se la come a una mujer. Y ella me lo agradece.

Facundo no respondió. Sólo apretó la copa con más fuerza.

***

Sofía llegó a los cinco minutos.

Alta, morena rubia con los ojos verdes y una cintura estrecha que se perdía en una falda de piel de serpiente (falsa, pero muy realista), se quitó el overol de mezclilla y lo dejó sobre una silla. Debajo, un sujetador push-up negro, una tanga de encaje, y piernas que parecían hechas de porcelana.

—Hola, chicos —dijo, sin prisa, acercándose y besando a Lucía en las mejillas—. Perdón la demora. Tuve que cambiar de ropa dos veces.

—No te disculpés —dijo Lucía, mirándola—. Mirá qué pinta tenés.

—Sí, ¿no? —Sofía sonrió—. Martín me dijo que vos también tenés un cuerpo de revista.

Lucía se puso roja, bajó los ojos, y entonces Facundo la tomó de la cintura.

—Vamos a sentarnos —dijo Martín—. A disfrutar.

***

Sentados en el sofá, con las copas vacías y el silencio cargado de expectativa, Sofía se acostó boca arriba, cruzó las piernas y se acomodó el pelo detrás de las orejas.

—Entonces, Lucía —dijo—. ¿Me contás qué es lo que te excita más?

—No sé… —Lucía se mordió el labio—. Que me miren. Que me toquen sin pedir permiso. Que me digan qué soy.

—¿Y qué querés ser?

—Una gorda que le gusta coger con fuerza.

Facundo soltó una risita. Martín se inclinó hacia adelante.

—Esa es tu palabra favorita, ¿no? “Gorda”?

—Sí. Porque me gusta sentirme pesada, llena, usada.

Sofía se giró hacia Facundo.

—¿Y vos? ¿Qué hacés con una mujer cuando la tenés en la cama?

—Le chupo la concha hasta que se le sale la lengua. Le meto los dedos, le pongo la lengua en el culo, le chupo los pechos hasta que se le ponen duros como rocas. Y después… —Facundo se acercó a Lucía, le acarició el muslo—… la garcheo hasta que se olvida de su nombre.

Sofía se lamió los labios.

—Me encanta.

Martín se puso de pie.

—Vamos al baño. Quiero ver cómo se le tuerce la cara a Lucía cuando le chupás la punta del clítoris.

***

El baño era de mármol negro, con espejos infinitos. Lucía se quitó la blusa, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro con copas altas. Facundo la tomó por la cintura y la apretó contra su cuerpo.

—Voy a sacarte esto —dijo—. Y después te voy a mamar hasta que llore.

Le desabrochó el sujetador con un movimiento rápido. Los pechos le salieron, redondos, con pezones oscuros y hinchados. Sofía se acercó, le tocó uno con la mano, lo apretó, lo giró.

—Qué bien tenés los pechos —dijo—. Duros, firmes… Perfectos para chupar.

Martín le pidió a Facundo que se arrodillara frente a Lucía.

—Quiero ver cómo le chupás la concha.

Facundo se puso de rodillas, le separó los muslos a Lucía, y bajó la cabeza. Su lengua entró en su vagina con un movimiento rápido, golpeando el clítoris como si quisiera arrancárselo. Lucía gritó, se agarró del respaldo del inodoro, se arqueó.

—¡Sí! ¡Sí! —dijo—. ¡Mame me, pija! ¡Me la querés sacar, no?

Facundo no respondió. Sólo siguió metiendo la lengua, girándola, chupándole el clítoris como si fuera un chupete, con los dedos hundidos en sus muslos.

Sofía observaba, con las manos en las caderas, los ojos fijos en el pene de Facundo que se hinchaba en sus pantalones.

—Me encanta verla así —dijo—. Qué linda se le ve la cara.

Martín le acarició el pelo a Sofía, le besó el cuello.

—¿Querés que te chupe también?

—Sí. Pero primero, querés que te mire.

Sofía se quitó el overol y la camiseta, dejando al descubierto un cuerpo estilizado, con pechos medianos, pezones pequeños y una cintura que parecía hecha para rodearla con las manos.

Martín se puso de pie frente a ella y le bajó la tanga. Su vagina estaba depilada, limpia, con los labios rosados y ligeramente hinchados.

—Voy a chuparte la concha —dijo—. Y mientras lo hago, Facundo le sigue mamiando a Lucía.

Y así fue.

Martín se arrodilló, le separó los muslos a Sofía, y le metió la lengua dentro con fuerza. Ella se estremeció, se agarrió del borde del lavabo, se arqueó.

—¡Sí! ¡Ah! —gritó—. ¡Me la estás sacando!

Lucía, aún arrodillada, con los ojos cerrados, escuchaba los gritos, sentía el calor de Facundo en su piel, el olor de su sudor.

—Facu… —dijo—. Quiero que me cagas.

Él la miró.

—¿Ahora?

—Sí. Conmigo boca abajo. Quiero sentir tu pene en el culo primero.

Facundo se puso de pie, se desabrochó los pantalones, sacó su pene: grueso, tieso, con la punta húmeda de preseminal.

—¿Querés que te ponga el dedo primero?

—Sí. Me gusta sentir cómo me estiras.

Lucía se puso boca abajo sobre la cama, las piernas separadas. Facundo le puso una almohada debajo de la cadera para que el culo quedara más alto.

—Voy a meter el dedo —dijo—. Si me decís “para”, paro.

Le puso dos dedos en el ano, le rozó el borde, lo presionó un poco. Lucía soltó un suspiro.

—Sí.

Facundo lo empujó adentro.

—Mierda… —dijo Lucía—. Sí.

Metió un tercer dedo, lo movió, lo giró, hasta que sintió que el ano de Lucía estaba relajado, abierto, listo.

—Ahora… —dijo, sacando los dedos—. Ahora te voy a meter el pene.

Se puso frente a ella, se lubrifugó con saliva, se puso de rodillas detrás de su culo, y empujó su pene adentro.

Lucía gritó.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Está relleno!

Facundo empezó a moverse, lento al principio, después más fuerte, cada golpe haciendo que su culo rebotara contra su pubis.

—¡Dale! ¡Dale! —gritaba Lucía—. ¡Me la querés sacar, no?

Sofía y Martín los observaban desde la cama, con las manos entrelazadas.

—Está linda así —dijo Sofía.

—Sí —dijo Martín—. Se le ve la cara de puro placer.

Facundo se inclinó, le agarró un pecho, lo apretó, le mordió la oreja.

—¿Querés que te meta más fuerte?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Me la querés sacar, pija!

Facundo le dio un golpe seco en el culo, y luego otro, y otro, hasta que su pene se hundía hasta la raíz en el cuerpo de Lucía, hasta que ella se le salía el grito, hasta que su cuerpo se estremecía con una serie de contracciones violentas.

—¡Me vine! —gritó—. ¡Me vine, Facu!

Él le dio un último empujón, se quedó quieto, y soltó un gruñido profundo.

—Mierda… —dijo—. Me vengo, gorda.

Y así fue.

***

Sofía se puso de pie, se acercó a Facundo, y le quitó el pene del cuerpo de Lucía. Lo miró, lo sostuvo con la mano, lo frotó contra su propio vientre.

—Me quiero cagar.

—Entonces vamos a eso —dijo Martín.

Sofía se puso de rodillas frente a Facundo, lo tomó por la base, y lo metió en su boca. Lo lamía, lo chupaba, lo hacía girar con la lengua.

Facundo le pasó las manos por el pelo, lo empujó un poco, y ella aceptó, dejando que él la controlara.

—¿Querés que te meta en la concha? —le preguntó.

—Sí —dijo Sofía, apartando el pelo—. Pero primero, querés que le chupe el clítoris a Lucía.

Facundo se giró, se puso frente a Lucía, que aún estaba boca abajo, jadeando.

—Voy a chuparte la punta —dijo—. Y después le voy a meter la lengua a Sofía.

Lucía asintió.

Facundo se inclinó, le lamió el clítoris, que ya estaba hinchado y brillante. Lo chupó, lo apretó con los labios, lo movió con la lengua.

Lucía se puso de lado, se giró, y se puso a mirar cómo Sofía lo chupaba.

—Me encanta —dijo—. Me gusta verte hacerlo.

Martín se acercó, le puso la mano en la cintura, le rozó el culo.

—¿Querés que te meta el dedo en el culo también?

—Sí.

Martín le puso dos ded

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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