Una noche en el departamento de al lado
10 minUna noche en el departamento de al lado
Yo vivía en ese edificio antiguo de once de Barrio Norte desde hace más de veinte años. Las paredes, los pisos de parqué desgastado por las suelas de tantos inquilinos anteriores, el sonido de las cañerías que canturreaban como viejas canciones de tango cuando el agua corría: todo eso era parte de mi rutina, tan familiar como el olor a café humeante que siempre me acompañaba al despertar.
Y luego estaba él.
Carlos. El vecino del departamento 5B.
Nos conocíamos de vista, claro. Lo había visto subir con sus maletas de viaje cuando se mudó hacía unos seis meses, hombre alto, hombros anchos, pelo cano como plata envejecida, peinado con un rastro de orden que no lograba ocultar del todo el desorden natural de alguien que lleva mucho tiempo sin preocuparse demasiado por las reglas del mundo exterior. Siempre usaba camisas de lino desabrochadas hasta la tercera o cuarta botona, como si el calor del cuerpo lo hubiera vencido antes de que él mismo decidiera abrochárselas del todo.
Yo —yo, que a mis cincuenta y siete años ya había aprendido que la atracción no se anuncia con fanfarria, sino con un silencio más denso, con una pausa que se alarga un segundo de más— lo notaba sin mirar. Lo notaba cuando pasaba frente a su puerta en el pasillo, con el libro bajo el brazo o con un vaso de agua en la mano, y sentía que el aire se volvía más espeso, como si el mismo edificio respirara más lento al pasar.
Una tarde, mientras bajaba con la basura, la puerta de su departamento se abrió. Yo ya estaba a medio pasillo, pero él me llamó con una voz que no parecía salir de un cuerpo humano, sino de un instrumento bien afinado y apenas tocado:
—¿Disculpá, vos? ¿Podés darme una mano con esto?
Estaba agachado frente a una caja abierta sobre el suelo, con los brazos dentro, tratando de sacar un par de cajas más pesadas. Las mangas de su camisa estaban subidas hasta los codos, y vi que tenía los antebrazos cubiertos de una fina red de venas azules, musculosos pero no agresivos, como si el trabajo de los últimos años hubiera dejado su marca sin haberle robado la elegancia.
—Claro —dije, y me agaché al lado de él sin pensar.
El contacto fue breve, una fracción de segundo cuando pasamos una caja de mano a mano, pero me dejó una sensación extraña, como si me hubiera quemado con hielo.
—Gracias —me dijo, y me miró. No con curiosidad, sino con algo más lento, más intenso. Como si me estuviera aprendiendo.
—No hay nada —respondí, y me levanté.
—¿Vivís acá desde hace mucho? —me preguntó mientras cerraba la puerta, apoyando la espalda contra ella.
—Veinte años. Al menos.
—Y siempre solo, ¿no?
Me dio un vuelco el corazón. No por la pregunta, sino por el modo en que la dijo. Como si ya lo supiera. Como si le hubiera dado vueltas a esa idea en la cabeza un par de veces antes de decirla.
—Sí —respondí, y me di cuenta de que estaba sonriendo.
—Yo hace veinte que no vivo en ningún lado fijo —dijo—. Pero acá me sentí como en casa desde el primer día.
—¿Y eso?
—El edificio. La luz. El sonido de las escaleras cuando alguien sube con prisas… —Hizo una pausa, y me miró otra vez—. Y vos.
Yo no supe qué responder. No porque no tuviera nada que decir, sino porque todo lo que tenía para decirle me parecía demasiado fuerte, demasiado vivo, para soltarlo en un pasillo de once de Barrio Norte a las cinco y media de la tarde.
—¿Querés una cerveza? —me preguntó entonces, como si nada de lo anterior hubiera pasado.
—No deberías.
—¿Por qué?
—Porque soy viejo.
—Yo también.
—Y soy tímido.
—Yo también.
—Y no sé si…
—No tenés que saber nada —me interrumpió—. Solo vení. Si querés.
Yo no supe cómo terminé sentado en su living, con una cerveza fría en la mano y él a mi lado en el sofá, con los pies descalzos sobre el cojín, las piernas separadas apenas, como si no tuviera prisa por cerrar la distancia, pero sí por dejarla abierta.
El departamento era minimalista, pero no frío. Había libros, sí, pero no todos de filosofía o historia, como yo había supuesto. También había novelas negras, poesía de Benedetti, un disco de Gardel bien guardado en una estantería de madera clara.
—¿Leés a Cortázar? —le pregunté, señalando una copia desgastada de *Rayuela* sobre la mesa baja.
—Lo leí cuando tenía tu edad. Lo volví a leer hace dos años. Y cada vez que lo leo, descubro algo nuevo.
—¿Qué descubriste esta vez?
—Que no se trata de saltar las interlineales. Se trata de sentir el vacío entre ellas.
Me reí, y él también. Y en esa risa, algo cambió. No fue un cambio de estado, sino una leve oscilación, como cuando el sol se esconde tras una nube y el mundo se torna más verde por un segundo.
—¿Viste la luna ayer? —me preguntó.
—No.
—Estaba casi llena. Y el cielo estaba tan limpio que parecía que se podía tocar.
—¿Te acordás cómo era cuando eras joven? —pregunté, sin pensar.
—Sí. Pero me acordó más de cómo me gustaría que sea cuando llegue el final.
—¿Y eso?
—Quiero que sea como una manta suave, con un calor que te envuelva sin apretar. Que no haya miedo. Solo… entrega.
Yo lo miré. Y en sus ojos vi algo que no había visto nunca en nadie de mi edad: una vulnerabilidad sin sombra de vergüenza. Una confesión que no pedía perdón.
—¿Y si te dijera que yo también siento eso? —le dije.
—Entonces te diría que tenés razón.
Nos quedamos callados un buen rato después. No fue un silencio incómodo, sino uno de esos que nacen cuando dos personas ya no necesitan llenar el aire con palabras.
—¿Podría…? —empecé, y me detuve.
—Decí lo que quieras —dijo él, sin moverse.
—¿Podría darte un beso?
—Si querés.
—Si… yo… —Y me levanté.
Y me acerqué.
No fue un movimiento rápido. Fue un desliz, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso por mi voluntad, como si el mundo entero me estuviera dando permiso para avanzar.
Cuando mis labios tocaron los suyos, fue como si encontrara algo que ya conocía. No por experiencia, sino por instinto. Por memorias de piel que no habían sido activadas hasta ese instante.
Su boca era suave, pero con un borde firme, como si supiera exactamente lo que quería y no tuviera miedo de tomarlo. Mis manos subieron por su cuello, y él me abrazó por la espalda, con fuerza, pero sin apretar. Como si me sostuviera sin querer contenerme.
Nos separamos apenas un centímetro, lo justo para respirar. Para mirarnos.
—Está bien —dije.
—Sí —respondió él—. Está bien.
Y entonces no hubo más dudas.
Lo seguí al dormitorio. No como quien va a un lugar nuevo, sino como quien regresa a un hogar olvidado.
El cuarto era simple, con una cama ancha, el edredón gris claro y una lámpara de pie que proyectaba sombras suaves en la pared.
—Quiero verte —le dije.
—Y yo quererte —dijo—. Pero primero, querés que te muestre algo?
Me tomó de la mano y me condujo hasta la cama. Se sentó, me hizo sentar al lado suyo, y luego, despacio, se quitó la camisa.
Vi su pecho. No era el de un hombre joven, claro. Tenía marcas, arrugas, una ligera flacidez en los músculos, pero había algo en la forma en que su piel se movía, en la forma en que su pecho subía y bajaba con la respiración, que me hizo sentir que estaba frente a algo sagrado.
—Ves esto? —dijo, señalando una cicatriz fina, casi imperceptible, que cruzaba su clavícula izquierda—. Fue un accidente en un tren, hace veinticinco años. Estaba en Perú, viajando sin rumbo. Me caí de la plataforma.
—Y ahora estás acá —dije.
—Sí. Y ahora quiero estar con vos.
Me incliné y besé la cicatriz.
Y luego, despacio, lo desvestí todo.
No con prisa. No con ansiedad. Como si cada prenda fuera un capítulo que había que leer con atención.
Cuando quedó solo con el bóxer, lo miré.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
—Sí.
—Porque no hay vuelta atrás.
—Yo no quiero vuelta atrás.
Y entonces me senté frente a él, con las piernas abiertas, y lo tomé por la cintura.
—Quiero que vos no te muevas —le dije—. Solo dejame hacerlo.
Y lo hice.
Primero con las manos, deslizándolas por su cuello, por sus hombros, por su pecho, bajando despacio, hasta que mis dedos encontraron la curva de su abdomen, el vello suave, el inicio del vello más oscuro que bajaba hacia su ombligo…
Y luego más abajo.
Tocar su entrepierna fue como tocar una llama viva.
Él soltó un suspiro, leve, casi inaudible, pero yo lo sentí como un grito.
—Sí —dije—. Sí, así.
Y lo hice con más confianza. Con más seguridad.
Lo toqué con la palma, con los dedos, con la ternura de quien sabe que lo que está tocando no es solo carne, sino memoria, deseo, vida.
Y cuando lo sentí endureciéndose en mi mano, cuando lo sentí latiendo contra mi piel, supe que no era solo deseo. Era entrega. Era confianza. Era todo lo que había estado esperando sin saberlo.
—Ahora vos —me dijo él.
Y me desvestí yo también.
Cuando quedamos los dos desnudos, uno frente al otro, no hubo vergüenza. Solo reconocimiento.
—Mirá —me dijo—. Mirá cómo te veo.
Y sí, lo hice. Lo miré.
Y él me miró a mí.
Y entonces nos acostamos.
No con prisa. No con fuerza.
Nos acostamos como quienes se acuestan en una cama vieja, sabiendo que cada ruido del colchón es parte del ritual.
Me acerqué a él, lo abracé por la espalda, y apoyé mi cara en su cuello.
—Huelo a vos —le dije.
—Y yo a vos —respondió—. A jabón de lavanda, a café y a miedo.
—¿Miedo?
—Un poquito. Pero no de vos. De este momento. De lo que significa.
—¿Y qué significa?
—Significa que no estamos solos.
Y entonces nos fundimos en un beso largo, lento, que no buscaba nada más que estar.
Y luego, con lentitud, con cuidado, con una ternura que me sacudió hasta los huesos, él se volvió sobre mí.
Y me cogió.
No con voracidad. No con necesidad desmedida.
Coió como quien canta una canción que lleva guardada toda la vida.
Con cada movimiento, con cada impulso, con cada suspiro, me decía algo que no necesitaba palabras para entender.
—Sí —le decía yo—. Sí, así.
Y cuando lo sentí acercándose, cuando lo sentí temblando contra mí, cuando sentí su aliento en mi cuello y su voz, baja y rota, decirme *“ahora sí, ahora sí”*, yo lo abracé con más fuerza, lo sostuve, lo dejé ir.
Y cuando todo terminó, cuando nos quedamos quietos, envueltos en el silencio que sigue al clímax, cuando la respiración se calmó y el sudor secó en nuestra piel, él se volvió hacia mí, me miró a los ojos y me dijo:
—Nunca me había sentido así.
—Yo tampoco —respondí.
—¿Volvemos a hacerlo? —preguntó.
—Claro que sí —dije—. Claro que sí.
Y así fue.
Durante semanas, cada noche era un descubrimiento.
A veces hablábamos hasta que el sol se ponía. A veces nos callábamos hasta que el sol volvía a salir.
A veces cogíamos con furia, como si el tiempo nos estuviera ganando. A veces con lentitud, como si tuviéramos toda la eternidad por delante.
Y en ese entremezcla, descubrí que el erotismo no es solo cuerpo. Es confianza. Es elección. Es consentimiento que se renueva cada vez, como si fuera un pacto nuevo cada mañana.
Carlos no era mi vecino.
Carlos era el hombre que me enseñó que, a la vuelta de los cincuenta, la vida no se termina. Se transforma. Se vuelve más densa, más rica, más profunda.
Y cuando me pregunto ahora si todo esto fue casualidad, si fue destino, si fue simplemente una noche cualquiera que se volvió inolvidable, siempre llego a la misma conclusión:
No hubo casualidad.
No hubo destino.
Solo dos hombres maduros, cansados de esperar, que se miraron a los ojos y dijeron:
—¿Vos?
—Sí.
—¿Acá?
—Sí.
—¿Ahora?
—Sí.
Y así fue.
Y aún sigue siendo.
¿Te ha gustado? Valóralo