Cuando mi hermano me garchó en la terraza mientras llovía

Cuando mi hermano me garchó en la terraza mientras llovía

@nocturna ·5 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (7) · 112 lecturas · 9 min de lectura

Vivíamos los dos en la casa de infancia después de que nos fuéramos de casa los padres. Él, con su guitarra y sus porros; yo, con mis libros viejos y mis sueños de escritor. Éramos hermanos, sí, pero no de esos que se abrazan en Navidad y se saludan por teléfono una vez al mes. Éramos hermanos que compartíamos cerveza barata, olor a humedad en las paredes, y, sobre todo, una soledad que empezaba a pesar como plomo.

Todo empezó una noche de julio, cuando la lluvia cayó como si el cielo se hubiera roto. No era esa lluvia suave de verano, sino una tormenta de mierda, con truenos que hacían vibrar los vidrios, viento que sacudía las persianas como si quisiera arrancarlas, y ese olor a tierra mojada y asfalto quemado que tiene Buenos Aires cuando se desborda el Riachuelo en su espíritu. Estábamos en la terraza, sentados en el diván viejo, los dos envueltos en una manta que ya huele a humedad y a sudor seco, con una botella de Quilmes en el suelo, medio derramada, y dos vasos medio llenos de cerveza tibia.

—Mirá, hermano —le dije, señalando el cielo—, se ve el relámpago desde acá como si fuera una bomba de luz.

Él me miró, con esa sonrisa de mierda que siempre me sacaba de quicio y me hacía sonreír igual. Tenía los ojos oscuros, húmedos, como cuando bebe demasiado y se pone sensibles. No era un tipo delicado, pero en esas noches frías se le ablandaba la mirada, como si la lluvia lo derretiera por dentro.

—Sí, pero más lindo vos —me soltó, y me palmeó la pierna, sin más, como si fuera una costumbre.

Pero esa vez no fue una costumbre. Fue como una chispa.

Me di cuenta cuando me acarició la rodilla con la palma de la mano, con los dedos anchos y callosos de tocar la guitarra, y me quedé quieto, como si el trueno me hubiera paralizado. No retiré la pierna. No dije nada. Solo lo miré a los ojos, y él me devolvió la mirada, sin miedo, sin vergüenza, como si ya hubiera pensado mil veces qué pasaría si la primera vez la hacía real.

—¿Vos sentís esto? —me preguntó, y su mano se movió, subió por mi muslo, lento, como si me estuviera midiendo, como si no quisiera asustarme, pero tampoco detenerse.

Sentí el calor de su mano en mi muslo, el roce de la tela de los pantalones, pero también el deseo que me bajaba como una ola negra, caliente, espesa, que me puso la piel de gallina a pesar del frío.

—No me mires así, pibe —le dije, pero mi voz salió rota, sin fuerza, como si ya me hubiera rendido antes de que me tocara.

—¿Por qué no? —me preguntó, y esta vez su mano subió más, rozó la entrepierna, y yo me estremecí, sin querer, como si mi cuerpo ya hubiera decidido lo que iba a pasar.

—Porque somos hermanos —le dije, pero era una excusa, una tontería. Porque desde hacía meses, desde que me mudé de vuelta, sentía algo raro cuando él se sentaba a mi lado, cuando me pasaba el mate, cuando me miraba a los ojos como si me estuviera midiendo.

—Y qué —me dijo, y por primera vez, su voz sonó dura, con una nota de desafío—. ¿Y qué si lo somos? ¿Vos no sentís esto?

Y entonces, sin esperar respuesta, me volvió la cabeza y me besó.

Fue un beso seco al principio, rápido, como una prueba, como si no creyera que iba a pasar. Pero cuando no lo rechacé, lo profundizó, me metió la lengua en la boca, con fuerza, con hambre, y yo le respondí, le abrí los labios, le dejé entrar, le dejé saborearme, y mientras lo hacía, su mano me agarró la entrepierna, apretó fuerte, con la palma entera, con los dedos cerrados como un puño, pero sin apretar el pene, sino acariciándolo a través de la tela, como si ya lo conociera, como si ya lo hubiera tenido entre sus manos en sueños.

Me corrió la lengua por el paladar, me mordió el labio inferior, me chupó el cuello, y mientras, yo le apretaba la mano en el muslo, le sentí el pulso acelerado, el sudor frío en la nuca, y sentí cómo su pene se hinchaba contra el pantalón, cómo se enderezaba como un asta, cómo me lo decía sin decir nada.

—Vení —me dijo, y me tiró de la muñeca, no con fuerza, pero con firmeza, como si ya no le importara la terraza, la lluvia, la casa, la vida.

Lo seguí. No me solté.

Entramos al baño, el baño chico, el que tiene el espejo rajado y el lavatorio que gotea. Él cerró la puerta, me empujó contra el espejo, y yo sentí el frío del vidrio contra la espalda, el tacto áspero de la ropa contra la piel. Me agarró de las caderas, me tiró de la camiseta, me la sacó por arriba de la cabeza, y yo le desabrochó el pantalón, le bajó la cremallera, le sacó la verga, dura, hinchada, con la punta húmeda, con una gota de líquido preseminal que le brillaba en el glande como rocío.

—Sí —susurró, y me agarró la cabeza, me metió los dedos en el pelo, me obligó a mirarla—. Mirá, mirá cómo te espero.

La tenía en la mano, la apretaba, la acariciaba, la movía con un ritmo lento, firme, seguro, como si nunca hubiera dudado que llegaría a esto.

Yo le apreté el pene con la mano, con la palma, con los dedos, le sentí la textura, el calor, la dureza, y me bajé de rodillas, no por sumisión, sino por hambre, por necesidad, por el deseo que me había subido por la garganta y me había dejado sin voz.

Le chupé la punta, le lamí el prepucio, le metí la lengua adentro, le saboreé el sabor salado, agrio, humano, y él jadeó, se estremeció, me apretó la cabeza, me empujó hacia adelante, y yo me lo metí en la boca, todo, hasta la base, hasta que sentí el olor de su piel, su sudor, su deseo, su ser.

Lo chupé con fuerza, con ganas, con hambre, con miedo, con placer, y él se me corrió en la boca, con un grito ahogado, con las rodillas flácidas, con las manos agarrotadas en mis cabellos, y yo tragué todo, lo chupé hasta la última gota, como si fuera la última vez que lo iba a hacer.

Cuando se levantó, me levantó con él, me besó de nuevo, me lamió los labios, me mordió el cuello, y me dijo:

—Ahora vos.

Me sentó en el borde de la pileta, me abrió el pantalón, me sacó el pene, que ya estaba duro otra vez, que no había bajado ni un milímetro, y me lo tomó en la mano, me lo acarició, me lo frotó, me lo masajeó, y mientras, yo le besaba el cuello, le mordía la oreja, le chupaba el lóbulo, le decía “sí”, “más”, “dame”, “no pare”, como un imbécil, como un loco, como un hombre que ya no tenía control.

Me metió dos dedos en el culo, sin previo aviso, sin humedad, solo con la saliva que le quedaba en la mano, y me estiró los músculos, me abrió, me preparó, con una lentitud cruel, con una ternura violenta, y yo jadeaba, me agarraba de los bordes de la pileta, me mordía el puño para no gritar, porque dolía, pero no tanto como el deseo que me quemaba por dentro.

Me metió un dedo más, tres, y yo sentí el estiramiento, el calor, la presión, el placer que se mezclaba con el dolor como si fueran lo mismo.

—Estás apretado como una concha —me dijo, y me miró a los ojos, con esa mirada que me hacía sentir que me conocía de siempre—. Quiero meterme adentro de vos, hermano. Quiero sentirte dentro mío.

Y sin esperar respuesta, me empujó contra el espejo, me abrió las piernas, se posicionó detrás, me rozó la verga en la entrada, me empujó un poco, me metió la punta, y yo sentí el rozamiento áspero, el calor, la presión, y me solté, le dejé entrar, le solté la puerta del culo, y él me lo metió todo, una vez, dos, tres, con fuerza, con ganas, con hambre, con desesperación.

Me cogía con la mano en la cintura, me apretaba los testículos, me golpeaba los cojones contra mi culo, y yo le sentía el pene entrar y salir, sentir su rabo golpeando mis paredes, sentir su cuerpo contra el mío, sentir su aliento en el cuello, su voz en el oído:

—Sí, así, pibe, así me cogés, así me maldices, así me amás.

Me corrió dentro, sin avisar, sin pedir permiso, con un grito gutural, con las manos agarrotadas en mis caderas, con los dientes clavados en mi hombro, y yo sentí su semilla entrar en mi interior, sentir cómo se expandía, cómo me llenaba, cómo me quemaba por dentro, y yo me corrí con él, con un gemido ahogado, con las piernas flácidas, con los ojos cerrados, con la cabeza girada, con el cuerpo entero temblando, como si me hubieran arrancado el alma por la boca del culo.

Cuando se retiró, se limpió con la camiseta, se sentó a mi lado, me pasó el brazo por los hombros, me besó la frente, y me dijo:

—No es un pecado, pibe. Es solo sexo. Es solo vuestro.

Y yo no supe qué responder. Solo le apreté la mano, solo lo miré, solo sentí que algo dentro de mí se había roto, y que ya no volvería a ser igual.

La lluvia seguía cayendo, la casa seguía temblando, el mundo seguía girando, pero nosotros estábamos ahí, los dos, desnudos, sudados, agotados, conectados por una línea invisible que nadie más podía ver.

No volvimos a hablar de eso. No necesitamos hacerlo.

Pero cada vez que llovía, cada vez que la tierra se humedecía, cada vez que el cielo se rompía, yo pensaba en su pene dentro mío, en su semilla caliente en mis entrañas, en el beso en el cuello, en el grito ahogado, en la manta mojada, en el olor a humedad y a deseo, en la terraza, en el diván, en la casa de infancia, en la soledad que nos había unido.

Y sabía que, aunque no lo dijéramos, aunque lo enterráramos bajo silencios y excusas, algo entre nosotros había cambiado para siempre.

Algo entre nosotros era real.

Algo entre nosotros no era pecado.

Era sexo.

Era vuestro.

Era mío.

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@nocturna

Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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