La primera vez que me chingó mi cuñada en el sofá de su casa

La primera vez que me chingó mi cuñada en el sofá de su casa

@nocturna ·2 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (4) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Eran las once y media de la noche, y el silencio en la casa de su hermano sonaba pesado, como el aire antes de una tormenta de verano. Mateo había ido a recoger unos discos antiguos que su cuñada, Lucía, le había prometido prestar: un vinilo de Los Bukis, de esos que solo se escuchan en fiestas de familia cuando alguien enciende el tocadiscos y empieza a mandar. Pero el hermano de Lucía, su esposo Daniel, había tenido que salir de emergencia por un caso en el bufete —una disputa legal que no admitía postergación—, y ella lo había invitado a quedarse, aunque fuera un rato, mientras esperaba que regresara.

—¿Te pongo algo? —preguntó Lucía, ya descalza, con los pies apoyados en el borde del sofá de terciopelo gris. Llevaba una blusa blanca abierta sobre una camiseta negra ajustada, y el cuello del sostén se le marcaba entre los pliegues de la tela, como una promesa apenas escondida.

—Sí, una cerveza, si tienes —respondió Mateo, sentado al otro extremo, con las rodillas juntas, las manos apretadas entre ellas, como si temiera que sus dedos le traicionaran.

Ella se levantó con lentitud, con esa seguridad que solo tienen las mujeres que saben que tienen cuerpo y lo usan sin esfuerzo. Caminó hacia la cocina, los muslos se le abrían apenas con cada paso, y Mateo no pudo evitar mirar —no con ansia, no aún, pero sí con la atención consciente de un hombre que lleva días notando lo que su mente intenta ignorar.

Lucía volvió con dos botellas de Pacifico, las abrió con el anillo de su dedo índice y se las pasó, sin tocarlo, como si hubiera una línea invisible entre ambos. Se sentó de lado, cruzando una pierna sobre la otra, y apoyó la espalda en el respaldo. Se levantó un mechón de cabello con la mano, como si estuviera sudando, aunque la casa estaba fresca y el aire acondicionado zumbaba en la ventana.

—Daniel se va a enojar si regresa y nos encuentra así —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—¿Así cómo? —preguntó Mateo, ya con la lengua más pesada.

—Sentados así, tú y yo, solos, como si no hubiera nadie más en el mundo.

No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido del hielo chocando contra el vidrio cuando Lucía dio un trago largo, dejando una marca roja en el borde de la botella. Mateo la miró beber, y notó la forma en que se le hinchó la lengua entre los labios, la curva de su cuello al inclinarse, la forma en que se le contrajeron los pezones contra la camiseta.

—¿Tú crees que me quiere? —preguntó ella de pronto, sin mirarlo.

—¿A ti? Sí, claro —respondió Mateo, confundido.

—No, a mí como mujer. ¿Crees que aún me ve?

—Te ve, Lucía —dijo él, y esta vez sí la miró fijo—. Te ve, y te desea.

Ella soltó una risita baja, casi un susurro. Se levantó, puso las botellas en la mesa, y se sentó justo frente a él, ahora con las rodillas separadas, casi rozando las suyas. El silencio se volvió espeso, cargado, como si el sofá mismo les hubiera concedido permiso.

—¿Y si no regresa esta noche? —susurró.

—Entonces… —Mateo tragó saliva—. Entonces me quedaría a dormir en la habitación de invitados.

—No digas eso con tanta seguridad.

Lucía extendió una mano, lenta, casi tímida, y le acarició la muñeca. El roce fue breve, pero Mateo sintió un calor que le subió por el brazo y le apretó los testículos.

—¿Tienes miedo? —le preguntó ella.

—No —mintió.

Ella sonrió, y esta vez sí fue una sonrisa completa, con los ojos cerrados un instante, como si gozara ya delanticipación. Se inclinó hacia adelante, y Mateo sintió su aliento en el cuello, cálido y húmedo, con el sabor a cerveza y a labios de fresa.

—Entonces ven —dijo, levantándose de nuevo—. Vamos a la habitación.

Pero no fue a la habitación. Fue al sofá. Se sentó de lado, con las piernas estiradas, y le palmeó el muslo.

—Aquí —dijo—. Aquí es donde vamos a hacerlo.

Mateo no dudó. Se sentó frente a ella, entre sus piernas, con las manos apoyadas en el sofá a cada lado de su cuerpo, como si temiera caer. Ella le desabrochó la camisa con lentitud, uno por uno, dejando al descubierto su pecho, su vientre, los bordes de su cinturón. Luego, con los dedos, le trazó el contorno del pene a través del jeans, presionando apenas, como si lo estuviera midiendo.

—Ya está duro —dijo ella, sin sorpresa—. Ya lo sentí cuando te sentaste.

—Tú me haces eso —respondió Mateo, voz ronca.

Lucía se levantó un poco, se desabrochó la blusa, y se la quitó. Debajo, llevaba un sujetador negro de encaje, con los alzas que apenas contenían sus pechos, redondos y firmes. Se los sacó con una sola mano, dejándolos colgando, pesados, con los pezones erectos y oscuros.

—Tócalos —dijo.

Mateo lo hizo. Le acarició uno con la palma, luego con los dedos, rozando el pezón hasta que se endureció más, hasta que gimió. Ella se inclinó, lo besó en la frente, luego en la nariz, y finalmente en los labios, con una ternura que lo hizo sentir vulnerable.

—Despacio —murmuró—. No quiero que se acabe pronto.

Se levantó, se quitó los jeans y la ropa interior, y se sentó a horcajadas sobre él, con las manos en sus hombros. Lo miró a los ojos mientras se desabrochaba el cinturón, bajaba la cremallera, y sacaba su verga ya tiesa, gruesa, con la punta húmeda.

—Qué linda verga —dijo, y le dio un beso en la punta, lento, con la lengua—. Me gusta que sea grande.

Se lubricó con la saliva, con la humedad que ya llevaba, y bajó lentamente, hasta que lo sintió dentro, hasta el fondo, hasta que sus muslos tocaron los de él. Se quedó así un momento, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la respiración entrecortada.

—Estás lleno —susurró—. Me llenas.

Empezó a subir y bajar, con movimientos lentos, casi solemnes, como si cada descenso fuera una promesa, cada subida una esperanza. Mateo le sujetó las caderas, sintiendo el calor de su piel, el sudor que ya les empapaba el pecho, el cuello, las axilas.

—Chinga me, Mateo —dijo ella, con voz ronca—. Chinga me como si no hubiera mañana.

Él la tomó por la cintura y la empujó hacia abajo, hundiendo su verga hasta el fondo con fuerza. Lucía gritó, un grito ahogado, como si doliera, como si gozara, como si no supiera ya la diferencia.

Subió y bajó con más velocidad, con más desesperación, hasta que se sintió que la casa entera temblaba. Se mordió el labio, se pasó las manos por los pechos, se arqueó hacia atrás, y cuando lo sintió más duro, más lleno, más suyo, se lanzó hacia adelante y lo besó con furia, con hambre, con ganas de no soltarlo jamás.

—Voy a correrme —murmuró.

—Yo también —respondió Mateo.

Ella le mordió el cuello, le mordió el hombro, y con un último empujón, se corrió, agitándose sobre él, con los ojos abiertos, sin dejar de mirarlo. Él la sostuvo, la sujetó por las caderas, y se corrió dentro de ella, llenándola, embistiéndola hasta el último mililitro.

Se quedaron así, abrazados, sudados, con las respiraciones entrecortadas, las piernas entrelazadas, los dedos aferrados.

—¿Y si regresa Daniel? —preguntó Lucía, casi al final.

—Ya no importa —dijo Mateo—. Ya se corrió en mí.

Ella rió, baja y oscura, y le acarició la cara.

—Sí, ya se corrió. Y ahora va a dormir en la habitación de invitados, como si nada hubiera pasado.

—Como si nada hubiera pasado —repitió Mateo, sabiendo que mentía. Porque algo había pasado. Y sería el único secreto que guardaría toda su vida.

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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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