Una noche en el ascensor
La primera vez que la vi en el ascensor, pensó que era una coincidencia. Pero después de tres semanas seguidas, en el mismo horario —las 18:45, justo cuando el sol se desliza por los edificios y el barrio se vuelve más suave, más íntimo—, Emilia empezó a prestar atención. Ella vivía en el cuarto piso. Él, en el segundo. Y cada tarde, cuando salía del trabajo con ese cansancio dulce que viene de escribir en una computadora desde casa, él siempre estaba ahí, de pie al fondo, con una bolsa de tela que parecía contener libros o papeles, o quizás solo un cambio de ropa. Se llamaba Luciano, y tenía los ojos claros, casi transparentes, y un silencio que no parecía frío, sino cómodo, como si supiera cuándo hablar y cuándo dejar que el aire se llenara de algo más que palabras.
Esa tarde, en cambio, algo cambió. El ascensor se detuvo entre el tercer y el segundo piso, con un chasquido seco y una vibración que hizo temblar el piso de metal. Las luces parpadearon una vez, dos, y luego se apagaron. Todo quedó en penumbra, salvo la luz tenue del número del piso que aún brillaba débilmente en el panel.
—Mierda —dijo Luciano, sin alzar la voz, como si ya se hubiera acostumbrado a que le pasaran cosas así.
Emilia, que venía con los pies cansados y los pantalones ajustados, sintió un cosquilleo en la nuca. No era miedo. Era otra cosa. Una tensión que le subía por la espalda y se le anudaba en la base del cuello.
—¿Te pasó antes? —preguntó ella, con una sonrisa pequeña, apenas entreabierta.
—Nunca antes con vos.
Ella se rió, baja, contenida, como si le gustara que él dijera eso. Se acercó un paso, y el olor de su colonia —cilicio y vainilla— le llegó antes que sus palabras.
—¿Y qué hacemos ahora?
Él se giró hacia ella, con las manos en los bolsillos, y la miró de arriba abajo, lento, como si estuviera desprendiendo una prenda con la vista. Tenía la piel oscura, morena, con manchas de sol en los hombros, y los cabellos negros, cortos, desordenados por el calor.
—Depende —dijo—. ¿Vos querés que lo resolvamos juntos?
Ella no respondió con palabras. Se inclinó un poco hacia adelante, y con un dedo, le toció la manga de la camisa.
—Hacé lo que te dé la gana —dijo, con voz ronca, como si ya supiera lo que iba a pasar.
Él no tardó. Cogió su mano, la jaló hacia sí con suavidad, y la apretó contra su pecho. Emilia sintió el corazón de Luciano, fuerte, constante, como un tambor que le marcaba el ritmo. El ascensor seguía quieto. La oscuridad los envolvía, pero ella ya no necesitaba ver para sentir. Sintió sus dedos deslizarse por su muñeca, bajar hasta su mano, entrelazársela. Luego, su otra mano le acarició la cintura, por debajo de la blusa, y le rozó la piel del costado, donde el tacto era más sensible.
—Mirá —susurró él—. No tenés que hacer nada. Solo vení.
Y así fue. Se dejó llevar. Él la llevó contra la pared, con su cuerpo entre ella y el metal frío. Le inclinó la cabeza hacia atrás, con una mano en la nuca, y le besó el cuello. No fue un beso rápido. Fue un beso lento, húmedo, con los dientes rozando la piel, y luego la lengua, que le lamía con cuidado, como si le estuviera leyendo algo.
—¿Estás bien? —le preguntó, apenas apartándose un centímetro.
Ella no respondió. Solo le agarró la cara con las dos manos y lo besó, fuerte, con los labios quebrados, la lengua entrando y saliendo como si no tuviera tiempo, como si la oscuridad les hubiera quitado el permiso para demorarse. Él le abrió la boca, y ella sintió su respiración mezclarse con la suya, caliente, urgente.
—Quiero verte —dijo él, separándose apenas para mirarla a los ojos—. Quiero ver cómo te pones cuando te toco.
Entonces Emilia, por primera vez, hizo lo que quería: le desabrochó la camisa, paso a paso, con los dedos temblorosos. Él no se movió. Se quedó quieto, con las manos a los lados, dejándola hacer. Cuando la camisa cayó a sus pies, él se sacó la remera por encima de la cabeza, y ella lo vio entero: pecho ancho, abdomen plano, marcado por el ejercicio, sin ser exagerado, y una cicatriz pequeña, casi invisible, en el hombro izquierdo.
—La de una pelea de fútbol —dijo él, como disculpándose—. Cuando jugaba en la escuela.
Ella no dijo nada. Solo le pasó la palma por el pecho, y sintió cómo su piel se ponía más dura, cómo los pezones se erizaban al aire, al calor de su mano.
—Garchame —le pidió ella, sin vergüenza, como si ya lo hubieran hecho mil veces.
Él no lo dudó. Le bajó la falda, con un solo movimiento, y le desabrochó el sujetador por delante. Ella se lo sacó con un gesto rápido, y cuando él vio sus pechos, libres, redondos, con los pezones hinchados por el calor y el deseo, le tomó la cara otra vez.
—Sos linda —le dijo, con voz ronca—. Te querés mostrar, ¿sí? Me mirás y me decís: “vení, garchame”.
—Sí —susurró ella—. Vení.
Él se arrodilló, sin soltarla, y con una mano le abrió el cierre del pantalón. Le bajó la tela, lento, hasta las rodillas, y luego los zapatos. Ella se apoyó en el respaldo del ascensor, con las rodillas un poco dobladas, y lo miró mientras él le separaba las piernas con las suyas. Estaba humedecida. Ya. Sin que él la hubiera tocado aún. Él sonrió, casi sin mostrar los dientes, y le rozó el monte de Venus con el pulgar.
—Vos ya estás lista —dijo, con un hilo de voz.
—Sí —gimió ella, cerrando los ojos—. Cogeme, por favor.
Él no se apresuró. Se levantó, se desabrochó el cierre del pantalón, se sacó la ropa interior, y con una mano tomó su pene, endurecido, lento, como si lo estuviera acariciando para que ella lo sintiera. Luego, con la otra mano, le abrió la concha, la separó, y se colocó entre sus muslos. Se frotó contra ella, la punta rozando su clítoris, su entrada, un círculo lento, húmedo.
—Decime si duele —le dijo.
—No duele —susurró ella—. Solo tenés que meterlo.
Él se empujó dentro, un centímetro, dos, hasta el fondo. Ella soltó un grito contenido, entrecortado, como si le costara respirar. Él se detuvo, con la frente apoyada en su hombro, y esperó. Sintió cómo su cuerpo se abría, cómo los músculos se relajaban, cómo su respiración se calmaba.
—Ahora —dijo ella.
Y él empezó a moverse. Lento, al principio, con un ritmo constante, como si no tuviera prisa, como si el tiempo no les hubiera sido arrebatado por el ascensor, sino regalado. Subía hasta el fondo, se pausaba un instante, y luego se retiraba, poco a poco, hasta que solo quedaba la punta dentro, rozando su clítoris con cada movimiento.
—Sí —gimió ella—. Justo ahí.
Él aceleró. Le agarró las caderas, le clavó los dedos, y empezó a empujar con más fuerza, con un ritmo más rápido, más desesperado. Ella se aferró a sus hombros, le mordió el cuello, y cuando sintió que se venía, cuando el cuerpo le tembló y la concha se cerró alrededor de su pene, él la miró a los ojos y gritó su nombre, como si le estuviera entregando algo.
—Emilia…
La energía le recorrió el cuerpo, la subió por la espalda, le hizo arquear la espalda, y cuando se corrió dentro de ella, con el pene palpitando, con el semen caliente que le inundaba el interior, ella cerró los ojos y se dejó llevar, como si el mundo se hubiera detenido, como si la oscuridad fuera el único lugar donde podían existir así: juntos, sin nombres, sin historias, solo con el cuerpo y el deseo.
El ascensor se encendió de golpe, con un zumbido agudo y una luz cegadora. Pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron ahí, él dentro de ella, ella apoyada en el metal frío, con la frente contra su pecho, respirando fuerte, con los dedos clavados en su espalda.
—¿Vas a seguir subiendo? —preguntó él,
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