Una noche con mi prima en la casa de campo
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Vos sabés que siempre fui el más callado, el que se quedaba en la esquina con una birra fría y mirando. Ellas, las primas, siempre fueron el centro: risas agudas, pantalones ajustados que marcaban la curva de la cadera, ojos que se posaban en vos como si ya supieran lo que iban a hacer con vos. Pero aquella noche, en la casa de campo de los abuelos, todo cambió. El calor no era solo el del sol que se iba: era el que empezaba a arder entre mis piernas, en la nuca, en la punta de los dedos.
Habíamos llegado todos juntos: tía Graciela con su nueva novio (un tipo de once años menor, pelado y con anillos en las orejas), mi primo Martín que ya fumaba cigarrillos en la terraza con aire de sabio, y Lucía. Lucía, la menor, 26 años, dos años menos que yo, piel morena de quien pasa el verano entero al sol del lago, pelo largo, suelto, con mechas rubias por el agua del cloro y el salitre. Esa tarde, después del asado, cuando los otros se fueron a dormir la siesta, ella me buscó.
—Andrés —me dijo, parada en el umbral de la pileta, sin saber que yo la estaba mirando desde el fondo, recostado en la hamaca—. Vení.
No pregunté qué quería. Ya sabía. Me levanté con la lengua pegada al paladar, el corazón en la garganta, y caminé hasta ella. Tenía puesta una minifalda blanca, humedecida por la humedad del aire, y debajo, apenas, se dibujaba la sombra oscura de su concha. Me detuve a un metro. Ella no se movió. Solo me miró, con una sonrisa que no era de hermana, ni de prima, sino de mujer que ya decidió lo que iba a hacer.
—¿Te acordás de cuando nos sentábamos acá, cuando éramos chicos? —dijo, señalando el banco de madera, bajo el alero de la terraza.
Claro que me acordaba. Ella sentada en mis piernas, yo con las manos en sus muslos, una pelota de goma rebotando entre nosotros. Pero eso era antes de que sus pechos se hincharan, antes de que su voz se volviera más grave, más ronca, antes de que aprendiera a usar ese silencio suyo como arma.
—No eran solo partidos de fútbol, ¿no? —pregunté, acercándome hasta que el calor de su cuerpo me quemó los dedos.
Ella se volvió, lentamente, y me miró de abajo hacia arriba. Se llevó una mano al cuello, se sacudió el pelo para atrás.
—No. Antes de que vos te desvivieras por cualquiera, vos me mirabas a mí.
Y entonces, sin más, se sentó en el banco, abrió las piernas un poco, y me dijo:
—Sentate ahí.
Me senté. A un centímetro. Tan cerca que sentí el olor de su sudor, dulce y salado, como el de las olas cuando el viento baja. Ella no esperó. Con la mano derecha, despacio, se subió la falda hasta la cintura. Y ahí estaba: la concha, pelada, limpia, con los labios entreabiertos, húmedos. Me miró, esperando.
—Mirá —dijo, y me tomó la mano. No la puse sobre su muslo. No. La puse directo sobre su concha.
La piel estaba caliente. Viva. Y al tocarla, ella exhaló, como si la hubieran pinchado con un alfiler.
—Sí —susurró—. Ahí.
Me puse de rodillas. Ella no se movió, pero sus manos se cerraron sobre mis hombros, fuerte, como si tuviera miedo de que me fuera. Deslicé los dedos por sus interiores, desde el ombligo hasta el vello, y cuando mis yemas rozaron su clítoris, ella gimió: un sonido ahogado, como si estuviera llorando.
—No te tires —le dije, y me incliné.
La besé. No con la boca, sino con la lengua. La acaricié con la punta, como si fuera una golosina que no quería romper. Ella jadeó, empinó la cadera, y entonces yo la abrí con los dedos. La concha se abrió como una flor mojada, y su humedad me cubrió la mano entera.
—Joder —murmuré—. Qué rica estás.
Ella no respondió. Solo me tiró del pelo, suavemente, y me obligó a meter la lengua adentro. Y ahí, en la tarde que se iba, con el sol poniéndose rojo detrás de los álamos, yo la lamí hasta que sus piernas temblaron, hasta que su concha se puso dura como una piedra, y ella gritó, baja y larga, como un lamento de gata.
Cuando se calmó, se levantó, me quitó la camiseta, me desabrochó el cinturón, y me sacó la polla. Estaba dura, grande, con los testículos apretados, pesados. Me miró, y entonces se bajó el bracito de la camiseta, dejó al descubierto sus pechos redondos, los pezones morenos y hinchados.
—Cogeme —dijo—. Ahora.
Me puse detrás. Le separé las nalgas con las manos, sentí el calor del culo, la humedad que aún le corría por la entrepierna. Le lubrifiqué la polla con su propio jugo, y cuando la apoyé en su entrada, ella me empujó con la cadera.
—No te demorés —dijo, con la voz rota—. Que ya no aguanto.
La empujé. Entró hasta la raíz. Fue como meter un puñal en la nuca: dolor, placer, calor. Ella se agarró al banco, los nudillos blancos, y yo empecé a moverme. Lento, al principio, para sentir cada centímetro de su interior. Su concha se abría y cerraba alrededor de mi polla, apretada, húmeda, viva.
—Sí —gimió—. Así. Más fuerte.
Y yo la cogí. A cada embestida, su culo rebotaba contra mis pubis, sus pechos se movían como dos balones de goma. Le agarré un pecho, le apreté el pezón entre el pulgar y el índice, y seguí cogerla, más fuerte, más profundo, hasta que ella empezó a gritar, sin vergüenza, sin freno:
—¡Voy! ¡Voy! ¡Me vas a romper!
Y en el momento que su concha se contrajo, que su cuerpo se arqueó como un arco, yo le di un último empujón, hasta la raíz, y exploté dentro de ella. La polla me latía como una soga llena de agua, y sentí cómo el semen me salía, caliente, en ráfagas, llenando su vientre, su útero, su alma.
Ella se derritió, cayó sobre el banco, con la falda subida, la concha aún abierta, el semen corriéndole por la pierna. Yo me quedé atrás, con la polla still dentro, el pecho sudado, las manos temblorosas.
—¿Ahora qué? —pregunté, sin atreverme a mirarla.
Ella se volvió. Me sonrió. Me limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, y me dijo, con una voz que no era la de su prima:
—Ahora, vos me volvés a coger. Porque esto —y me tocó la polla, que aún rebotó en su palma—, esto no es pecado. Es un regalo.
Y así, bajo el cielo que empezaba a llenarse de estrellas, yo la cogí otra vez. Y otra. Hasta que el sol se fue del todo, y el lago susurró su nombre.
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