Una noche con los vecinos nuevos
4 minUna noche con los vecinos nuevos
Los vecinos nuevos se mudaron hace dos semanas. Él, alto, moreno, con brazos de levanta pesas y una sonrisa que te comía la cara. Ella, baja, rizada, con tetas firmes que se le movían hasta cuando caminaba despacio. Se llamaban Daniel y Lucía. Y desde el primer día, cuando me abrieron la puerta con una botella de tequila y una sonrisa de “¿nos prestas un huevo de café?”, supe que algo iba a pasar.
Yo soy Ana. Casada, 34 años, con un marido que desde hace un tiempo ya ni me mira como antes. Pedro, mi viejo, solo vive en su mundo: fútbol, cerveza fría y sus redes sociales. Hasta que un viernes, Lucía pasó por mi casa con dos copas de margarita hechas en casa —“para conocernos de verdad”, dijo con la lengua un poco perezosa—. Me gustó. Me gustó mucho. Y cuando se sentó en mi sofá, con las piernas cruzadas y el escote a la vista, sentí cómo me calentaba la ingle.
—¿Y tu marido? —me preguntó, jugando con la servilleta—. ¿También le gusta el tequila?
—A veces —le dije, riendo—. Pero últimamente prefiere ver películas solito.
Lucía se levantó, se acercó y me tocó el brazo. Su uña pintada de negro rozó mi piel como una descarga eléctrica.
—Oye, ¿te parece si le pregunto algo muy rudo?
—Hazlo.
—¿Te chingaría a ti conmigo? ¿En serio?
Me quedé quieta. El corazón me latía en la garganta. No era la primera vez que alguien me decía algo así. Pero sí la primera vez que lo hacía una mujer que sabía exactamente qué quería y cómo decirla.
—Sí —le respondí, sin pensarlo—. Me chingaría.
Daniel nos miró desde la puerta, con una lata de beer en la mano, y sonrió como si ya supiera lo que íbamos a hacer.
—¿Me invitan a la fiesta o qué? —dijo, entrando.
No fue una fiesta. Fue una noche de fuego. Pedí que Pedro se fuera a dormir en la habitación de huéspedes. Le dije que me dolía la cabeza. Mentira. Me dolía más el deseo que me temblaba en los muslos.
Lucía se quitó la blusa primero. Un crop top negro que dejaba ver su ombligo y la curva de sus pechos redondos. Daniel se quedó quieto, la boca entreabierta. Ella se acercó a mí y me besó. No fue un beso de amigas. Fue un beso de lengua, saliva, sabor a limón y sal. Me tomó la nuca y me la empujó contra su pecho. Sentí sus pezones duros contra mi frente.
—¿Quieres que te chingue ya? —susurró en mi oreja.
—Sí —le dije, jadeando—. Chingame.
Daniel se quitó la camisa y se sentó en el sofá, con las piernas abiertas, la verga ya pegada a la tela de sus pantalones. Lucía me empujó hacia él. Me senté entre sus muslos, con las manos en sus rodillas, y lo miré a los ojos mientras le desabrochaba el cinturón. El chupón que me dejó Lucía en el cuello me ardía como una marca de propiedad.
—Voy a comer tu coño primero —dijo Lucía, quitándome los pantalones—. Quiero saber cómo te huele cuando estás cachonda.
Me puso de lado, con la cara pegada a mi culo, y me metió la lengua entre las nalgas. Me abrió la vulva con los dedos y empezó a lamerme como si no hubiera mañana. Sentí su lengua en el clítoris, presionando, girando, chupando. Me corrí en menos de cinco minutos, con las uñas clavadas en el sofá y un grito ahogado entre los dientes.
Daniel me tenía ya el pene afuera. Grande. grueso. Con la punta húmeda y brillante. Me lo metió en la boca y me obligó a tragarlo hasta la raíz. Me corrió en la boca. Me limpié con la mano, y se lo pasé a Lucía.
—Ahora te toca a ti, Ana —dijo Daniel, poniéndose detrás de mí—. Tú lo chingas.
Me bajó el sujetador, me dio la teta derecha en la boca, y me metió la verga en la coño. No fue suave. Me abrió de un jalón. Sentí su piel sudada, su aliento caliente, sus manos en mis caderas. Me corrió adentro otra vez, con un gemido que sonó como un gruñido de animal.
Lucía se lo chupaba, con los ojos cerrados, la lengua en el pene, la cara pegada a sus pelvis. Y cuando Daniel me corrió dentro, yo me corrí con Lucía, que me metió dos dedos en el coño mientras me chupaba el clítoris.
Pedro no supo nada. Yo sí. Yo sé que esa noche no fue un error. Fue una elección. Y la mejor que he hecho en años.
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