Una noche con los vecinos del cuarto piso

Una noche con los vecinos del cuarto piso

@el_anonimo ·9 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (35) · 283 lecturas · 7 min de lectura

Ayer pasó. Sí, la muy cabrón de mi vecina del cuarto piso, la que se llama Mariana y siempre me saluda con esa sonrisa de boca cerrada en el elevador, me llamó ayer a las ocho y pico de la noche. Me llamó. No fue casualidad. Yo ya la había visto con su marido, Carlos, en algunas fiestas del condominio, pero nunca habíamos cruzado más que un “buenas noches” o “¿qué tal la semana?”. Hasta ayer.

Llegó a mi puerta con su marido, ambos con esa mirada que ya te dice lo que quieren antes de que abran la boca. Mariana llevaba un vestido ajustado, morado, que le marcaba las curvas hasta el fondo, y los tacones que le hacían arquear la espalda y empujar el pecho hacia afuera. Carlos, en cambio, con una playera negra y jeans holgados, pero con esa postura de hombre que sabe que su mujer lo tiene controlado… y que le gusta así.

—Oye, ¿te parece si entramos un ratito? —dijo Mariana, sin siquiera esperar respuesta, empujando la puerta con una pierna—. Carlos está en jodida tensión y queremos… desafogarnos.

Me encogí de hombros, como si no me importara, pero el corazón me latía como si acabara de correr los diez pisos. Acepté, claro. ¿Quién rechazaría eso?

El cuarto piso no era grande, pero tenía una sala amplia y una cama king en el cuarto, cubierta con sábanas de satén negro. Carlos cerró la puerta, se quitó la playera y me dijo, sin rodeos:

—¿Tienes cerveza?

—Sí, en el refrigerador —le dije, apuntando con la cabeza hacia la cocina.

—Pásame una, porfa —dijo, y antes de que yo llegara, Mariana ya estaba en la cocina, agachada frente al refrigerador, con el vestido subido hasta la mitad de los muslos, mostrando el borde de su braguita de encaje rojo. No me miró, pero sentí su mirada en mi verga, que ya empezaba a levantar dentro del jean.

Carlos me pasó la cerveza, y Mariana se enderezó con una lata en la mano, tomando un trago largo, con los ojos clavados en mí. Se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo:

—Hijo, ya hace mucho que no me joden como antes.

Y me dio la espalda, se quitó el vestido de un jalón, dejándolo caer al piso como si fuera papel de deshacer. Sin braguita, sin sostén. Su cuerpo era una máquina de desquiciar: pechos firmes, tetillas grandes y oscuras, cintura estrecha y nalgas redondas, apretadas como dos duraznos maduros. Me quedé quieto, con la cerveza en la mano, viéndola. Carlos se acercó, le puso una mano en la cintura y la besó en el cuello.

—Mira cómo te mira —le dijo Carlos a Mariana, apretándole una nalgada—. Se le cae la baba.

Ella se giró, con una sonrisa perversa, y caminó hacia mí, lentamente. Se detuvo a un palmo de mí, respirándome el cuello, y susurró:

—¿Te gusta lo que ves, carnal?

No dije nada. Solo le puse una mano en la cadera y la tiré contra mí. La besé. Su boca estaba seca, con sabor a vino y a sal. La lengua me entró con fuerza, como queriendo meterse hasta lo más adentro. Le pasé la mano por la espalda, hasta la cintura, y le desabrochó el sostén con un solo movimiento. Se lo quitó, y sus pechos me salieron al frente, pesados, blandos al tacto, con pezones duros como canicas. Carlos ya estaba quitándose los jeans, y cuando los bajó, su verga salió tiesa, negra, con la punta húmeda y un chorrito de pre-culo.

—Vamos, que no vamos a perder el tiempo —dijo Carlos, tomando una mano de Mariana y otra mía—. A ver, tú, siéntate en la mesa.

La mesa de la sala era de cristal, grande, con patas de metal. Mariana se subió sin dudar, con las piernas abiertas, y yo me puse entre ellas. Le separé los labios de la vulva con los dedos: estaba húmeda, brillante, con el clítoris hinchado y oscuro. Le metí un dedo. Se encogió, gritó un “¡carajo!” y me agarró del cabello.

—Más fuerte —dijo.

Le metí dos. La sentí tensarse, luego soltarse. Se le subió el ritmo de la respiración, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Carlos se puso detrás de mí, me quitó los jeans y el calzón, y me tomó la verga con la mano. Me deslizó la punta por la cabeza, me lubricó con el pre-culo de Mariana que se le había corrido por la mano, y me dijo:

—Cógela ya, que se está muriendo de ganas.

Le dije que sí. Le dije que sí y le metí la verga entera. Mariana gritó, pero no de dolor, sino de puro jodido placer. Se le encogió la vagina, me apretó como si me quisiera tragarme. Me puse a bombear, lento al principio, para no perderme, y luego más fuerte, con golpes secos que le hacían temblar todo el cuerpo. Carlos me tomó las nalgas, me empujaba hacia atrás, y Mariana se agarró de los bordes de la mesa, con los ojos cerrados, jadeando:

—¡Sí, sí, así! ¡Más fuerte, hijo de la chingada! ¡Me la estás metiendo hasta el fondo!

Carlos me pasó una mano al pecho, me acarició los pezones, y yo, sin soltar el ritmo, le dije:

—¿Te gusta sentir cómo te cogen, verdad?

—Sí —dijo, entre jadeos—. Sí, me encanta. ¡Jódeme, carajo!

Carlos se puso de rodillas frente a ella, le apartó los labios de la vulva con la lengua, y empezó a chuparle el clítoris. Mariana gritó, arqueó la espalda, y yo sentí cómo su vagina se cerraba alrededor de mi verga, como un puño apretado. Carlos le metió dos dedos por atrás, mientras yo le daba los últimos empujones. Me sentí a punto de correrme, así que le dije a Mariana:

—Voy a correrte, chingada.

—¡Sí, hijo! ¡Dame tu verga! ¡Correte en mí!

Le metí la verga hasta la raíz, la sujeté con fuerza y me corrí. Me salió todo, caliente, espeso, con una sensación de quemadura que me subió por la columna. Mariana se le corrió al mismo tiempo, con un grito agudo, apretándome la verga como si no quisiera soltarla. Carlos no se había corrido, así que se puso de pie, me sacó la verga de Mariana, y me dijo:

—Ahora tú, en la cama.

Me sentí mareado, sudado, con la boca seca. Me acosté en la cama, las piernas abiertas, y Carlos me agarró de los tobillos, me subió una pierna sobre su hombro, y se puso entre ellas. Me lamió la cabeza, me pasó la lengua por el glande, y cuando me puso la verga entre los labios de su mujer, Mariana me sonrió y me dijo:

—¿Te gusta que te la meta mi marido?

—Sí —le dije, con la voz rota—. Sí, me encanta.

Carlos me entró lento, con cuidado, como si no quisiera romperme. Pero cuando me empezó a bombear, fue como si me hubiera metido una barra de acero. Me agarré de las sábanas, jadeé, sentí su pelvis golpeándome las nalgas, y su aliento en el cuello. Mariana se acercó, me tomó un pezón entre los dedos, y me susurró:

—¿Te gusta ser usado, verdad? ¿Te gusta que te la metan como a un marrano?

—Sí —le dije—. Sí, chingada, sí.

Carlos se corrió dentro de mí con un grito gutural, y Mariana me puso la mano sobre la verga y me ayudó a correrme. Me salió todo, caliente, espeso, con una sensación de vacío que me dejó temblando.

Cuando todo terminó, nos quedamos ahí, tirados en la cama, con las piernas entrelazadas, los cuerpos pegados por el sudor y el semen. Carlos me pasó una cerveza, Mariana se recostó sobre mi pecho, y me dijo:

—Hijo, esto se va a quedar entre nosotros, ¿no?

—Sí —le dije—. Sí, chingada, entre nosotros.

Y así fue. No volví a hablar de eso. Pero desde entonces, cada vez que veo a Mariana en el elevador, ella me mira con esa sonrisa de boca cerrada… y yo siento el calor en la verga.

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@el_anonimo

Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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