Una noche con la vecina y su novio

Una noche con la vecina y su novio

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La luz del sol ya no entraba por las ventanas del departamento del quinto piso, pero las cortinas semiabiertas dejaban pasar un rastro dorado que se arrastraba por el piso de madera como una lengua tibia. En el living, sobre el sofá de cuero gris, Mariana estaba sentada con las piernas abiertas, el vaso de vino tinto en la mano izquierda, la derecha jugueteando con el botón de sus jeans. A su lado, apoyado en el respaldo, Leonardo —su novio de siete meses— la miraba con los codos sobre las rodillas, los ojos oscuros pegados a la curva de su cuello, a la humedad que ya empezaba a brillarle en los pezones bajo la camiseta fina. Afuera, el barrio callaba bajo el calor de junio, pero adentro el aire vibraba, cargado, espeso, como si cada partícula hubiera aprendido a respirar con la misma frecuencia que su pulso.

—Vos no me decís qué onda —dijo Leonardo, voz ronca, baja, como si estuviera acostumbrado a hablarle a oídos que ya conocían su tono—. Venís callada desde que entraste, y no es que no me guste, pero me tenés nervioso.

Mariana lo miró, lento, y sonrió con la esquina de la boca. Se sacó el vaso de los labios, dejó que unas gotas le resbalaran por el mentón, y se las limpió con la yema del pulgar. Luego, lo acercó a sus labios otra vez, pero esta vez no bebió. Se limitó a besar la copa, como si estuviera besando a alguien más.

—No es que me cueste decirlo —respondió, con ese acento ríoplatense que le daba a cada palabra un eco de confesión—. Es que no sé por dónde empezar. No es un tema cualquiera, Leo.

Él se inclinó hacia adelante, los muslos separados, las manos apoyadas en el cojinete del sofá. La mirada de Mariana bajó, por un instante, hasta su entrepierna, donde ya se dibujaba una protuberancia notable bajo el tejido de sus pantalones. Se mordió el labio inferior, lentamente, y luego lo soltó con un *chup* seco.

—Sos vos la que me tenés así —dijo Leonardo, apretando los dientes un poco—. Si no fuera por vos, no me hardaría tanto en este calor.

Ella se puso de pie, despacio, sin romper el contacto visual. Se desabrochó los primeros botones de los jeans, uno, otro, el tercero. La cremallera bajó con un zzzzzip lento, casi melódico. No se quitó la camiseta. Se limitó a empujar los jeans por las caderas, hacia abajo, dejándolos colgando en las puntas de sus botas de taco bajo. El slipping que usaba debajo era negro, de encaje, con una costura central que marcaba el contorno de su concha hinchada. Leonardo se levantó también, sin prisa, pero con una urgencia latente en los movimientos, como si temiera que si se detenía demasiado, la magia se esfumara.

—¿Y si venís acá? —le dijo él, sentándose en el centro del sofá, abriendo las piernas, palmando su paja ya bien dura, el glande húmedo y oscuro.

Mariana avanzó, poniéndose de rodillas frente a él. No lo besó. No se lo metió en la boca. Se limitó a pasar la palma de la mano por su vientre, bajando, bajando, hasta agarrar su polla con la mano derecha, la izquierda acariciándole los testículos, apretándolos suavemente, dejando que el peso de sus bolsas le temblara en la palma.

—Estás bien pibe —dijo, voz más baja, más gutural—. Como siempre.

—Sos vos la que me hacés estar así —replicó él, con un gruñido—. Pero no es por eso que venís, ¿no?

Ella negó con la cabeza, lentamente. Se inclinó, acercó su boca al oído de Leonardo, y susurró:

—Vino a preguntarte si querés ir conmigo esta noche. A la casa de la vecina.

Él lo soltó. La polla se le puso tiesa de nuevo, como si le hubieran dado una descarga. Se mordió el labio, tragó saliva, y por fin lo dijo:

—¿La vecina del tercer piso? ¿Esa rubia alta, la que siempre está con el tipo de los tatuajes?

—Sí. Se llama Lucía. Y el tipo se llama Matías. Son del barrio, pero no los conocíamos. Hasta ahora.

—¿Hasta ahora cómo?

—Hasta que me detuve en el portal ayer, cuando te fuiste a la oficina. Me ayudó a cargar las bolsas. Me dijo que vivía sola, que su novio viajaba mucho. Y que, si alguna vez quería salir a tomar algo con ellos… —Mariana se puso de pie, se sacó los jeans por completo, los arrojó al suelo, y se dio la vuelta, mostrándole su espalda, la curva de sus riñones, la línea oscura que bajaba hacia su culo, redondo, bien cerrado, con esa marca central que Leonardo siempre soñaba con abrir con la lengua.

—Y vos le dijiste que sí —dijo él, ya sin pregunta, como afirmación.

—Le dije que sí… si vos también querés.

—¿Y vos qué querés?

Mariana se volvió, y por primera vez, lo miró con los ojos humedecidos. Se acercó, se sentó sobre sus muslos, con las manos apoyadas en sus hombros, y le rozó con la punta de la lengua el cuello.

—Quiero verte con ella —dijo, voz quebrada—. Quiero ver cómo te mete la lengua en la boca, cómo te chupa la polla, cómo te chupa los cojones. Quiero ver cómo le chupa la concha, cómo le garcha el culo. Quiero que me mires mientras lo hacés. Quiero que me toques mientras ella se deja tocar. Quiero que me la vea comer, que la escuche gimiendo tu nombre. Quiero ser el centro de todo eso, pero no solo yo. Quiero que vos también estés ahí, con ella, y que yo esté ahí, con vos.

Leonardo se levantó con ella, sin soltarla, y la llevó hacia la cama. La depositó sobre la sábana blanca, se arrodilló entre sus piernas, y sin más, se metió los dedos en la concha, rozando su clítoris, que ya estaba hinchado, como una cereza madura, y luego deslizó dos dedos dentro, lentamente, hasta la segunda falange, moviéndolos como si estuviera simulando lo que iba a hacer con la polla.

—¿Y vos qué le dijiste? —preguntó, sin pausa en el movimiento de los dedos.

—Le dije que estaríamos a las 9. Que nos traeríamos vino. Que no traeríamos nada más. Que iríamos a ver cómo se siente el calor de otra persona.

—¿Y qué respondió?

—Sonrió. Y dijo: “Bueno, así se arregla la vida”.

Leonardo soltó un gemido, bajo, profundo. Se puso de pie, se quitó la camiseta, los zapatos, los pantalones. Quedó desnudo frente a ella, con su polla dura, negra en la punta, el glande brillante, los cojones bien colgados. Se acercó, se sentó a su lado, y le acarició el vientre, bajando, hasta tocar su concha, ya mojada, ya húmeda, ya lista. Le separó los labios con el pulgar y el índice, y se metió la lengua dentro, lenta, buscando su clítoris, chupándolo, pasándolo entre los labios como si fuera un caramelo.

—Me la comí ayer, mientras vos estabas en la ducha —dijo Mariana, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, los ojos cerrados—. Me la comí y me acordé de vos. Me acordé de cómo te gusta cuando te la chupo con fuerza, cuando me la metés en la boca hasta la garganta. Me acordé de cómo te gime cuando le decís “más fuerte”.

—Dame la lengua —le dijo Leonardo, y ella se la dio. Se la mordió un poco, sin dolor, pero con fuerza. Se separaron, jadeantes.

—Vamos a ir juntos —dijo él—. Te voy a meter la polla en la boca, y después te la voy a meter en la concha, y después vamos a la casa de ella, y vos vas a estar con Matías, y yo con Lucía. Y si vos querés, nos vamos a mirar, y si yo quiero, te voy a tocar mientras le chupa el culo.

—Sí —susurró Mariana—. Sí, sí, sí.

Se pusieron de pie. Se besaron, con la lengua metida hasta lo más profundo, con los dientes, con la saliva que se mezclaba en sus bocas. Leonardo le agarró la cintura, la levantó, y la puso de pie sobre el suelo. Le puso las manos en los muslos, los separó, y se puso frente a su concha. La miró, la acarició, y luego se inclinó y le metió la lengua otra vez, con más fuerza, con más hambre. La chupó, la lamió, la mordisqueó, hasta que ella se puso a gemir, baja, gutural, como un animal herido.

—Ahora querés que te la meta o querés que te la chupe hasta que no te acuerdes de tu nombre?

—Me la querés meter —dijo ella—. Me la querés meter con fuerza. Me la querés meter hasta que me rompas el cuerpo.

Él la agarró por las caderas, la levantó, la puso sobre la cama, y se colocó entre sus piernas. Se frotó la polla en su concha, una, dos, tres veces, hasta que el glande encontró su agujero, y entonces se empujó hacia adentro, con un movimiento brusco, con toda la fuerza que tenía, y la metió hasta la raíz.

—Joder —gimió Mariana, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados—. Joder, Leo, joder, sí, así, más fuerte.

Él empezó a meterla y sacarla, con movimientos largos, profundos, con las caderas pegadas a las suyas, con los nudillos blancos por la fuerza con la que se aferraba a las sábanas. La concha de Mariana se hinchó, se puso caliente, se puso mojada, se puso lista para lo que venía. Él se inclinó, le chupó un pezón, luego el otro, y mientras la chupaba, la cogía con más fuerza, más rápido, hasta que ella gritó, un grito agudo, desgarrado, y su cuerpo se puso rígido, y sus músculos se contrajeron, y su concha se apretó alrededor de su polla, como si quisiera retenerla.

—Joder, Mariana —dijo él, con la voz rota—. Joder, me la estás rompiendo.

—Me la seguí cogiendo —dijo ella, con los ojos cerrados—. Me la seguí cogiendo hasta que me explotó la cabeza.

Él se sacó, se paró, se dio vuelta, y se puso de rodillas, frente a su culo. Le separó los muslos con las manos, le bajó un poco los glúteos, y se inclinó y le metió la lengua en el culo, una, dos, tres veces, lenta, profundamente, hasta que ella gimió, otra vez, y su cuerpo se sacudió.

—Vamos a ir —dijo él—. Vamos a ir juntos.

Se ducharon, se vistieron, se maquillaron, se perfumaron. Mariana se puso un vestido negro, ajustado, que le marcaba la cintura y el culo. Leonardo se puso una camisa blanca, abierta, sin corbata, con los puños enrollados. Se miraron en el espejo del baño, se sonrieron, y se dieron un beso, profundo, con la lengua.

Bajaron en el ascensor. El silencio era espeso, pero no incómodo. En la puerta del edificio, se detuvieron. Mariana le tomó la mano.

—¿Estás seguro? —le preguntó.

—Estoy más que seguro —respondió él—. Estoy loco por esto.

Subieron al tercer piso. La puerta estaba entreabierta.敲门声轻得像心跳。Lucía los recibió con una sonrisa, un vestido rojo ceñido, los labios pintados de negro. Detrás de ella, Matías, alto, moreno, con los brazos llenos de tatuajes, una sonrisa burlona, los ojos oscuros.

—Bienvenidos —dijo ella.

—Gracias —dijo Leonardo.

—¿Vino? —preguntó Mariana.

—Ya lo abrí —respondió Matías—. Vengan, que el calor está peor adentro.

Se sentaron en el living. Se sirvieron vino. Se miraron. Se tocaron. Se besaron. Y cuando la primera copa se terminó, y la segunda empezó a circular, Lucía se paró, se sentó en el regazo de Leonardo, le quitó la camisa, y le metió la lengua en la boca. Él la abrazó, la apretó, le pasó las manos por la espalda, por la cintura, por el culo. Matías se acercó a Mariana, le quitó el vestido, y se lo dejó en las caderas. Se puso de rodillas frente a ella, y le metió la lengua en la concha, con la misma fuerza que Leonardo había hecho antes. Ella gimió, se puso rígida, y se agarró de los brazos del sofá.

—Estás bien buena —dijo Matías—. Estás bien rica.

—Sí —dijo ella—. Pero vos no sabés lo buena que se pone cuando le meten la polla.

—¿Querés que te la meta? —preguntó él.

—Sí —dijo Mariana—. Sí, metéla.

Él se levantó,

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