Una noche con la nueva vecina y su amiga
La luz del atardecer se colaba por las rendijas de los postigos entreabiertos, pintando rayas doradas sobre el piso de madera del apartamento 3B. Lucía, con el pelo suelto y una camiseta fina que dejaba entrever la curva de sus senos, se inclinó sobre el balcón para ajustar el macetero de albahaca cuando escuchó el sonido de pasos en la escalera. Dos. Rítmicos. Seguros.
—Hola —dijo una voz suave desde abajo—. Soy Alexa. Vivo en el 4A. Acabo de mudarme.
Lucía se enderezó despacio. Alexa llevaba un vestido ceñido, color vino tinto, que le acariciaba las piernas largas y subía con cada paso que daba. A su lado, una mujer más alta, de cabello oscuro recogido en un moño desordenado, sostenía una caja de cartón con una esquina rota.
—Hola, yo soy Lucía —respondió, sonriendo con naturalidad—. Bienvenida al edificio. Si necesitas ayuda con algo… ya sabes, como cargar cajas o abrir una botella de tequila, soy la persona que buscas.
Alexa se rió, una risa que parecía salir de la garganta y no de la boca, profunda y cálida. La otra mujer la miró por primera vez, con curiosidad, y alzó una ceja.
—Ella es Mariana —dijo Alexa—. Mi… buena amiga.
—O más —murmuró Mariana, con una sonrisa que le brilló en los ojos.
Lucía sintió un ligero cosquilleo en la nuca, como si el aire mismo hubiera cambiado de temperatura.
Pasaron los días. Alexa dejó de pasar por casualidad y empezó a tocar su puerta con un frasco de mole hecho en casa o un libro que “le recordó a Lucía”. Mariana también apareció, siempre con una excusa: “¿Puedo usar tu internet?”, “¿Tienes un abrelatas que me preste?”, “¿Me ayudas a elegir música para una fiesta?”. Y Lucía, que nunca había sido de juegos, se dejó envolver en la corriente suave de esa cercanía.
Una noche, después de una tormenta de verano, Alexa llamó a su puerta con una botella de reposado y dos copas pequeñas.
—¿Te parece si lo abrimos aquí? —preguntó—. Las nubes se rompieron y se ve la luna como si fuera un huevo frito en sartén.
Lucía asintió. Encendió una vela de vainilla y dejó que el sonido de la lluvia en el patio se mezclara con la música suave que Alexa puso en su celular: jazz lento, de esos que se sienten antes que se oyen.
—¿Y Mariana? —preguntó Lucía mientras vertía el tequila en las copas.
—Vendrá —dijo Alexa, con los ojos fijos en los dedos de Lucía—. Me dijo que traería algo especial.
La puerta se abrió poco después. Mariana entró con una bolsa de tela y una botella de mezcal, y se quitó el suéter con lentitud, dejando ver una blusa ajustada, translúcida, que dejaba entrever la parte superior de un sostén negro de encaje.
—Hola, Lucía —dijo, acercándose—. Me gusta tu apartamento. Huele a casa y a algo más.
—¿Y qué es eso? —preguntó Lucía, ofreciéndole una copa.
—No sé. Algo dulce. Algo que me hace pensar que va a pasar algo interesante.
Se sentaron en el sofá, las piernas casi tocándose. Alexa apoyó su cabeza en el hombro de Lucía sin pedir permiso, y Lucía, sin pensarlo, rodeó con su brazo sus hombros. Mariana se inclinó hacia adelante para apoyar los codos en las rodillas, y la blusa se subió un poco más, mostrando un trozo de piel suave, tersa, que Lucía no pudo evitar imaginar con los dedos.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó Mariana—. Me hicieron sufrir hasta aquí.
—Claro que no. —Lucía se movió ligeramente para que Mariana pudiera tender las piernas sobre el sofá, apoyando los pies en su regazo.
Mariana soltó un suspiro largo, de those que dicen más que las palabras. Alexa se rió entre dientes y le acarició la rodilla con el pulgar.
—¿Te acuerdas de aquella vez que nos quedamos hasta las tres de la mañana en la terraza de su casa? —le dijo a Lucía—. Cuando nos contamos cosas que ni sabíamos que teníamos dentro.
—Sí —dijo Lucía—. Te dije que soñaba con un chico que me besaba en la nuca.
—Y yo te dije que no necesitas un chico para eso —dijo Mariana, mirándola fijamente.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue espeso, como una sábana mojada que se pega a la piel.
—¿Quieren que apague las luces? —preguntó Lucía.
—Sí —dijeron ambas al unísono.
La habitación quedó sumida en penumbra, iluminada solo por la luna y la luz de la vela. Alexa se acostó de lado, con la cabeza en el brazo del sofá, y Mariana se giró hacia Lucía, las rodillas rozándose ahora.
—¿Tú también soñaste con algo así? —preguntó Mariana, señalando con la mirada entre las tres.
—No sabía que lo soñaba —dijo Lucía—, pero sí.
Alexa se levantó lentamente y se sentó entre ellas, su espalda contra el respaldo, las piernas abiertas. Lucía se inclinó hacia ella, con las manos en las rodillas, y Mariana puso una mano sobre su muslo.
—¿Te parece si lo probamos? —preguntó Alexa, con la voz más grave de lo normal.
—¿Qué cosa? —preguntó Lucía, pero ya sabía la respuesta.
—Esto —dijo Mariana, y rozó con los nudillos el interior de su muslo, subiendo despacio—. No es necesario hacerlo todo. Solo… sentirlo.
Lucía asintió. Alexa le quitó la camiseta con suavidad, dejándola en ropa interior de encaje blanco. Mariana besó su cuello, y Lucía sintió el aliento tibio en la piel, el peso de su cuerpo, la suavidad de sus labios. Alexa le acarició el pecho con la palma, sin apuro, como si estuviera tocando algo valioso.
—¿Te gusta así? —preguntó Alexa, bajando el tirante de su sostén con la punta de los dedos.
Lucía no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza hacia atrás y dejó que sus pechos se liberaran, pequeños, firmes, con los pezones ya duros.
Mariana se inclinó y chupó uno, con suavidad, mientras Alexa le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Lucía gimió, bajo, ahogado, como quien no quiere romper el hechizo.
—Te gustan mis manos aquí —dijo Mariana, deslizando la mano por debajo de su falda, rozando la entrepierna de su calzoncillo—. Pero me gustaría más ver cómo te pones cuando Alexa te chupa el cuello y yo te acaricio la nalgas.
Lucía se estremeció. Alexa soltó un gruñido que no esperaba, y se movió para apoyar su cabeza en el regazo de Lucía, con la entrepierna contra su muslo.
—¿Y si ahora cambio de lugar? —preguntó Alexa—. ¿Te parece si te toco yo también?
Lucía asintió, con la respiración entrecortada. Mariana ayudó a Alexa a tumbarse, y Lucía se acercó, con las rodillas a los lados de su cabeza. Alexa le separó los labios con los dedos y besó su ombligo, subiendo despacio, hasta que su boca rozó la tela de su calzoncillo.
—Dime si paro —dijo.
—No pares —susurró Lucía.
Y Alexa no paró. Con la lengua trazó círculos, con los dedos abrió su falda, y cuando su boca se cerró sobre su clítoris, Lucía arqueó la espalda, con los ojos cerrados, los dientes apretados.
Mariana la tomó de la mano y la llevó hasta su cuerpo. Lucía se despojó de su ropa interior, y se sentó sobre Alexa, con su verga dura, mojada, contra su entrada ya húmeda.
—¿Te parece bien si la uso? —preguntó Lucía, con la voz rota.
—Claro que sí —dijo Mariana—. Pero no te olvides de mí.
Lucía bajó despacio, sintiendo el calor, la tensión, el estiramiento suave. Alexa gimió, con los ojos cerrados, y Lucía se movió con lentitud, mientras Mariana le masajeaba las nalgas, le besaba el cuello, le susurraba palabras que no oyó con claridad pero que sintió en la piel.
La luna entraba por la ventana, bañándolas en plata. Alexa se giró y tomó una de sus manos, llevándosela a su entrepierna, ya húmeda, ya abierta.
—Tócame —dijo—. Quiero sentir cómo te pones
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