Una noche con la nueva vecina del piso de arriba
6 minUna noche con la nueva vecina del piso de arriba
Me costó reconocerla al principio, porque la conocía solo de oídas: “Ah, la nueva, la que se mudó hace dos semanas con ese perro enorme que ladra como si le estuvieran matando”. Me llamó la atención desde el primer día que la vi en el hall del edificio, con una bolsa de supermercado pesada y el pelo suelto, mojado por la llovizna, pegado a la nuca. Alta, cadera ancha, pechos que se le marcaban bajo la camiseta ajustada. Me quedé parado como imbécil frente al ascensor, fingiendo revisar el celular, mientras ella se volvía a girar y me miraba —no con fastidio, sino con una chispa de curiosidad que me encendió la sangre enseguida.
Se llamaba Lucía. Treinta y tantos, divorciada, dijo un día que trabajaba como diseñadora freelance. Y que su perro se llamaba “Trueno”. Y que odiaba el café, pero amaba el vino tinto bien frío.
La primera vez que cruzamos una conversación larga fue hace diez días. Estaba subiendo las escaleras con la bolsa de la compra cuando Trueno, idiota de mierda, se puso a ladrarle a una perra del vecino del cuarto. Yo bajaba, con las manos libres, y Lucía me pidió ayuda. “¿Podés agarrarme una bolsa? Me cago en la puta, pesan una fortuna estas latas de atún”. Le sonreí, le toqué el brazo con la mano seca, y dije: “Si querés, te ayudo hasta tu puerta”. Se encogió de hombros, medio divertida, medio cansada: “Ah, no te pido dos veces, pibe”.
Subimos juntos. Ella iba delante, con ese trasero ancho y redondo que se movía como una promesa. Yo la seguía, la respiración corta, la entrepierna ya dura. En el descansillo, antes de que abriera su puerta, se dio vuelta, me miró fijo, y me dijo: “Oye, ¿qué onda con vos? Siempre me mirás como si quisieras comerme el culo con una cuchara”. Me cagué en la puta. No sabía si reír o mentir. Así que le respondí con la verdad: “Sí. Pero con cuchara grande, bien afilada”.
Se rió, pero no se rió de menos. Se rió como si le gustara. Y entonces, antes de entrar, se acercó un paso, me apretó el hombro y me dijo: “Mañana, a las 8. Traé vino. Y si tenés galletitas de vainilla, mejor”.
No era una invitación. Era una orden.
Al día siguiente, a las 7:58, tocaba su timbre. Me abrió con una camiseta de algodón gris, medio desabotonada, y debajo… nada. Los pechos se le marcaban al respirar, los pezones duros, morenos. Me besó antes de que entrara. Un beso largo, con lengua, húmedo, como si nos conociéramos desde hace años. Me solté la mochila en el suelo, la agarré por la cintura y la empujé contra la pared del pasillo. Ella se rindió un segundo, luego me mordió el labio inferior y me susurró: “Ahora no. Quiero ver cómo te muevo la polla al ritmo de mi perro”.
Trueno estaba en medio de la sala, mirándonos con sus ojos de santo, sin mover una pata. Lucía se agachó, le acarició el lomo, y le dijo: “Andá a tu almohadón, gordo”. El perro, obediendo como un ángel, se fue. Y Lucía se paró, me agarró de la mano y me llevó al cuarto.
El cuarto era minimalista, pero con un colchón enorme en el piso, sin marco, directo sobre la madera. Y una luz tenue, con velas encendidas en los candelabros de hierro negro. Me sacó la remera, me desabotonó el jean, me bajó la ropa interior. Me quedé parado ahí, con mi polla tiesa, gruesa, la cabeza roja, pegada al vello pubiano oscuro. Ella se arrodilló, me agarró los testículos con una mano, me acarició el pene con la otra, y me dijo: “Qué paja tan linda tenés. Grande, dura, con esas venas que parecen cables de electricidad”. Se inclinó y me lamió el glande, lento, con la lengua plana, y yo me puse a temblar.
Me senté en el colchón, la llamé: “Vení, pija. Quiero verte”. Se sacó la camiseta por completo, se desabrochó el short de algodón y lo bajó con las piernas juntas. Y ahí estaba: su concha pelada, redonda, los labiosrosados, húmedos, ya abiertos por el deseo. Se sentó frente a mí, me tomó la polla con las dos manos, me la metió entre los pechos y empezó a moverse, frotándome con su busto, con sus pezones duros rozándome el vientre, y mientras se movía, me miraba fijo, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Me tenés que agarrar las caderas —me dijo—. Para no perder el ritmo.
Lo hice. Le agarre las caderas con fuerza, sentí sus músculos tensos, sudorosos, mientras ella se movía más rápido, más fuerte, y su respiración se hizo entrecortada, ah, sí, así, más fuerte, más fuerte… y entonces, sin previo aviso, se inclinó hacia atrás, me tomó la polla, me la metió en la concha con un movimiento seco, y se sentó sobre mí, hondo, tan hondo que me dio un espasmo en la vejiga.
Me abrazó por la espalda, me mordió el cuello, y empezó a subir y bajar, con una cadencia salvaje, su concha apretando mi polla, mis testículos chocando contra su pubis, el sonido de su cuerpo contra el mío, mojado, pegajoso, animal. Le agarré los pechos, les apreté los pezones, y ella se puso a gemir, alto, sin vergüenza, como una puta que está por llegar. Me dijo: “Más fuerte, mierda, más fuerte. Quiero que me jodas como si fuera la última vez que nos vamos a ver”. Y yo le dije: “Sí, pija. Sí. Te voy a garchar hasta que no puedas caminar”.
Le agarré las caderas con más fuerza, la empujé hacia abajo, y ella se arqueó, los ojos vuelven locos, la boca abierta, gritando mi nombre. “Valentín… Valentiin…!” Y yo le dije: “Mirá, Lucía. Mirá. Te voy a correr adentro, gorda. Te voy a llenar la concha”.
Me paré de golpe con ella encima, la sostuve de las caderas, la hice subir y bajar sobre mí, y cuando sentí que llegaba, cuando mis testículos se contrajeron, la volví a empujar hacia abajo, lo más fuerte que pude, y sentí cómo mi polla explotaba dentro de su concha, la llené de leche, y ella gritó, otra vez, con ganas, con miedo, con placer puro, y se derritió sobre mí, sudada, temblando, los ojos cerrados.
Nos quedamos así un buen rato, abrazados, con Trueno acostado en la puerta, vigilando. Ella se levantó, fue al baño, volvió con una toalla húmeda y me limpió el pene, y luego se limpió ella misma, con cuidado, como si le doliera un poco.
Me miró, se rió: “¿Volvemos a hacerlo mañana?”.
Le tomé la cara, le besé la frente. Le dije: “Si vos querés. Pero la próxima, soy yo el que se sube arriba, y vos la que me dice ‘más fuerte’”.
Y así fue. Dos semanas después, cada noche que ella no tiene turno en su estudio, yo subo con el vino y las galletitas. Y Trueno, el perro idiota, sigue vigilando. Pero hoy, cuando yo la voy a besar, ella me detiene y me dice: “No. Primero, la polla. Quiero sentir cómo me la metés, ya. Sin besos. Ya me cansé de esperar”.
Y le digo: “Claro, pija. Que se corra el vecino del cuarto que nos oiga”.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.