Una noche con la nueva de al lado

Una noche con la nueva de al lado

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (6) · 31 lecturas · 7 min de lectura

Sí, la primera vez que la vi, ni me fijé: era apenas una silueta detrás de la ventana del departamento que quedaba vacío desde que se fue la vieja del tercer piso. Pero cuando la otra semana la encontré en la escalera, cargando una caja gigante con una guitarra eléctrica y una bolsa de ropa que le colgaba del hombro como si no le importara, ya sí me fijé. Tenía una postura rara, pero linda: derecha, segura, pero sin arrogance. Se llamaba Lourdes. Me dijo “hola” con una media sonrisa y un gesto de la mano que parecía decir “ya vine, qué se va a hacer”.

Yo vivo solo desde que se fue mi vieja hace tres años. No es que estuviera solitario, pero sí abierto, como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo tocar a alguien sin miedo. Y Lourdes… no, no era fácil de olvidar. Tenía la piel dorada, como si el sol le hubiera dado un beso de pasillo, y los ojos verdes, no de esos artificiales, sino de los que parecen hojas nuevas en primavera. Pero lo que más me llamó la atención fue la voz: grave, rasposa, como una guitarra afinada a medias, y cuando hablaba, se le escuchaba un acento suave, un canto que no era del barrio, pero que se hacía suyo con cada sílaba.

La segunda vez que la vi, me ayudó a subir el basurero al contenedor. Me dijo: “¿Vos siempre subís vos solo? Acá hay que ayudarse, no se puede vivir como monjes en un convento”. Le dije que sí, que era costumbre. Y ella, con una carcajada corta, me respondió: “Ah, costumbre, ¿eh? Mirá vos, qué santo”. Y se fue, dejando un rastro de perfume barato y algo más, algo que no sabía qué era, pero me hizo sentir la lengua seca.

Empezamos a charlar en las escaleras. Ella bajaba temprano, a veces con café en termo y una barra de pan. Yo salía después del trabajo, a veces con un sobre de facturas y un suspiro. Le hablé de mi viejo, de cómo se fue con una maleta pequeña y un “ya verás cómo te va mejor sin mí”. Ella escuchaba, sin juzgar, y cuando le conté que no me acostaba hacía casi un año, me miró fijo, como si me estuviera midiendo, y dijo: “¿Y por qué no lo hacés, si querés?”. Le respondí que no sabía cómo empezar, que tenía miedo de que alguien me vea y piense que no soy suficiente. Ella se rió otra vez, pero esta vez sin burla: “Sos un boludo, ¿sabés? No es que te tengan que dar permiso para tocarte. Es tu cuerpo, no el de nadie”.

La tercera vez que la vi, me invitó a subir. Tenía una botella de vino tinto barato y dos vasos. “Para calentar el cuerpo”, dijo, y me pasó uno sin esperar respuesta. El departamento era chico, pero limpio. Una guitarra apoyada en la pared, un par de cuadros de flores hechas con papel reciclado, una silla rara con cojines de colores. Me senté en el borde del sofá y ella se sentó al lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo. Me ofreció un picadillo de cebolla y pimiento, y yo acepté. Comimos sentados, sin prisa, hablando de todo y de nada: de la lluvia que no venía, de los vecinos ruidosos, de cómo se siente cuando el aire se vuelve pesado antes de una tormenta.

Cuando terminamos el vino, ella se paró, me tomó de la mano y me dijo: “Vení”. No preguntó, no pidió permiso, solo me tendió la mano como si ya nos conociéramos desde siempre. Y yo la tomé, como si estuviera esperando eso desde que nací.

Nos sentamos en el suelo, con las espaldas apoyadas en el sofá. Ella se quitó la remera lenta, como si cada movimiento fuera un susurro. Tenía el pecho plano, pero no como una ausencia, sino como una curva nueva, como si el cuerpo hubiera decidido construir otra historia. Y debajo de la remera, un corset de tela negra, ajustado, con un botón pequeño en el centro que parecía esperar que yo lo desabotonara. Me miró y me dijo: “Sí, soy trans. No es una confesión, es una descripción. Como decir que el cielo es azul o que el asfalto está caliente en verano”. Le dije que no me importaba, que lo que me importaba era ella, y su cuerpo, y el calor que empezaba a subirme por las venas.

Le quité el corset con cuidado, como si fuera un regalo. Bajo él, la piel estaba suave, tersa, y el pecho plano me pareció lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. Le pasé la mano por el vientre, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, y luego bajé más, desabrochándole el cinturón. Se sacó los pantalones y quedó sentada frente a mí, con una braguita de encaje negro, ceñida y humedecida ya por su propio deseo. Le dije: “Mirá vos, qué linda estás”. Y ella, con los ojos cerrados, me respondió: “Dale, garchame, que ya me tenés ganas”.

Le quité la braguita, la separé un poco con las manos, y vi su concha: húmeda, cerrada, con los labios oscuros y hinchados. Le acaricié el monte de Venus con la punta de los dedos, y ella soltó un gemido bajo, como un gruñido de gato contento. Me incliné y le besé el clítoris, y cuando sentí cómo se estremecía, le puse la lengua encima, rozándolo con suavidad, luego con más fuerza, hasta que empezó a mover las caderas, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. “Sí, sí, así, que me lo comas todo”, me susurró, y yo lo hice, saboreándola como si fuera el último postre del mundo.

Cuando se sacudió con fuerza, con la cara entre mis manos y un gemido que parecía salir de lo más profundo de su cuerpo, me paré, me desabroché los pantalones y le dije: “Quiero estar adentro”. Me miró, me tomó la polla con la mano, la frotó contra su humedad, y me dijo: “Vamos a ver si la sabés usar, porque me la querés meter bien adentro, ¿no?”. Le dije que sí, y ella se sentó en el suelo, con las piernas abiertas, y me indicó que entrara.

La penetré lento, sentiendo cómo su cuerpo se abría, cómo su concha se ajustaba a mi polla, caliente, húmeda, viva. Me fijé en su cara mientras me dejaba entrar: los ojos cerrados, la boca entreabierta, la frente sudada. “Dale, ahora más fuerte”, me pidió, y yo empecé a moverme, lento al principio, después con más ritmo, sintiendo cómo su cuerpo me absorbía, cómo sus caderas se elevaban al encuentro de cada embestida. “Sí, así, que me garchás como si no hubiera un mañana”, me dijo, y yo le agarré los muslos, la levanté un poco, y la clavé más profundo, hasta que sentí cómo su cuerpo se tensaba otra vez, cómo su concha se contrajera, cómo soltó un grito ahogado, y yo, sin poder más, me dejé llevar, sintiendo cómo mi polla palpitaba dentro de ella, derramándome en su vientre, en su interior, en todo su cuerpo.

Se desplomó hacia atrás, con la cabeza apoyada en mi hombro, sudada, agitada, pero sonriendo. Me pasó la mano por la cara y me dijo: “Sos un boludo, pero un boludo bueno”. Le sonreí, le besé el cuello, y le dije: “Y vos, ¿sos trans o qué?”. Me respondió con una risita, me apretó el brazo, y me dijo: “Sí, boludo. Pero ahora, si querés, te hago un masaje”.

Y así, con el vino frío en el suelo, con el perfume de su piel en mis manos y su respiración en mi oído, supe que aquella noche no era solo una casualidad. Era el principio de algo que no sabía bien qué era, pero que tenía olor a futuro.

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