Una escala en Cartagena

Una escala en Cartagena

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

El sol ya se había metido detrás de los cerros de San Lázaro, pero el calor no bajaba: seguía pegado al cuerpo, húmedo, como una manta mojada. Mateo bajó del avión con la piel brillante y el cabello rizado por la humedad. Había llegado a Cartagena por trabajo, sí —una conferencia de logística en la Zona Franca—, pero desde que puso el pie en el aeropuerto, sabía que la noche no iba a ser igual a las otras. El aire olía a yuca frita, a mar abierto y a sudor dulce.

Se hospedó en un hotel pequeño, cerca de la Plaza de la Aduana. Habitación 304: paredes amarillentas, aire acondicionado que tosía, y una cama baja con sábanas rígidas de algodón viejo. Se quitó la camisa, se echó un poco de agua en la cara, se peinó con los dedos y salió. No tenía apuro. Sabía que en Cartagena, cuando te mueves con los ojos abiertos y el cuerpo despierto, las cosas se dan solas.

Lo encontró en La Popa, a las nueve y pico, cuando ya la gente empezaba a bajar del cerro. No fue amor a primera vista, ni siquiera fue una mirada fija. Fue un gesto: Mateo se detuvo frente a un puesto de arepas rellenas, y él —un tipo alto, moreno, con una camiseta negra ajustada y el pelo recogido en un moño deshecho— le tocó el hombro.

—¿Te sirvo una arepa, pa’ que no te desmayes del hambre? —dijo, y su voz sonó como un trueno lejano, profunda, con ese acento cálido de Barranquilla que se le había quedado pegado aunque viviera aquí desde chico.

—Sí, pa’ que no me desmaye —replicó Mateo, y le sonrió, y ya sabía que era el tipo.

Se llamaba Javi. Diez años más joven que Mateo, pero con los ojos de quien ya ha visto y hecho de todo. Trabajaba en un barcito de Getsemaní, no decía cuál. Tenía las manos tatuadas con símbolos que no tenían nombre y los ojos negros, húmedos, que no perdían nada. Cuando se acercó, Mateo notó el olor a tabaco, a ron añejo y a jabón de palma.

—Vamos pa’ atrás —dijo Javi, y lo tomó del brazo sin esperar respuesta.

Lo llevó por callejones oscuros, donde el eco de los pasos se perdía entre risas y gritos de la calle principal. Llegaron a una casa baja, con puerta de madera pesada, pintada de verde. No había cerradura visible, pero Javi sacó una llave del talón de su boteta y abrió.

—Mi refugio —dijo, y cerró tras ellos.

El lugar era un caos orgánico: camas apiladas en una esquina, colgaduras de telas coloridas, un espejo roto en la pared, y una cama baja en el centro, con sábanas de encaje viejo. No era lujoso, pero era suyo.

—Siéntate —dijo Javi, y se quitó la camiseta, mostrando un pecho plano, tatuado con una serpiente enrollada alrededor de una espada. Mateo ya tenía el pito tieso, apretado contra la tela de sus pantalones.

No se desvistió. Javi se arrodilló frente a él, con los ojos fijos en los suyos, y desabrochó el cierre con lentitud, como si fuera un acto sagrado. Cuando sacó el pito de Mateo, este soltó un gemido suave, casi inaudible, pero Javi lo escuchó.

—Ay, rico —murmuró—. Ya te tenía ganas.

Y lo tomó con la mano, con firmeza, moviéndola de arriba abajo, con el pulgar frotando el glande, que ya perlaba. Mateo arqueó la espalda, cerró los ojos, y dejó que el calor lo invadiera.

—Quítate los pantalones —dijo Javi—. Que te vea todo.

Mateo obedeció. Se bajó el pantalón y la calsoneta hasta las rodillas, dejando al descubierto su cuerpo: moreno, musculoso, con pelitos oscuros en el abdomen y un ombligo hundido. Su pito, ya medio flácido por el placer de la mano de Javi, volvió a ponerse tieso al instante cuando Javi lo miró con los ojos medio cerrados.

—Mira qué Chimba —dijo Javi, y se acercó, lamiéndole el glande con una lengua gruesa y húmeda.

Mateo soltó un gruñido. El sabor a sal, a sudor, a ron y a él —a Mateo— lo hizo temblar.

—No me jodas tanto —dijo, pero no era una queja. Era una súplica.

Javi no le hizo caso. Lo agarró por las caderas y lo empujó hacia la cama. Mateo cayó sentado, y Javi se subió encima de él, con las rodillas a los lados del pecho de Mateo, y le puso las manos en los muslos. Luego, con la punta de los dedos, abrió el ano de Mateo, que ya estaba relajado, húmedo, esperando.

—No traes nada pa’ dentro —dijo Javi, y sacó una pequeña botella de aceite de oliva de su bolsillo. Se echó un poco en la palma, y se lubrifiqué el dedo índice.

—Relájate —dijo, y metió el dedo, despacio, hasta la segunda falange.

Mateo soltó un gemido agudo, y su pito se volvió a poner duro, como si el cuerpo no pudiera creer que estaba pasando.

—Otro —dijo, y Javi lo hizo.

El segundo dedo entró con facilidad, y luego el tercero, moviéndose con lentitud, abriendo, estirando, acostumbrando. Mateo, entre jadeos, le metió la mano al pelo de Javi, y lo besó en la frente.

—Estoy listo —dijo—. Que no me hagas esperar más.

Javi se paró, se sacó el short de algodón, y mostró su pito: grueso, moreno, con la punta húmeda y los testículos colgando pesados. Se lubrifiqué el pito con la misma mano que había estado dentro de Mateo, y se sentó sobre él, con el glande rozando el ano.

—Mira cómo te lo meto —dijo.

Y bajó.

Mateo sintió el calor, el estiramiento, la presión. Javi entró con calma, poco a poco, hasta que su pelvis tocó la de Mateo. Los dos soltaron un gemido a la vez.

—Ay, carajo… —susurró Mateo.

—Sí, cielo… —dijo Javi, y empezó a moverse.

No fue una locura, ni una furia. Fue lento, profundo, con movimientos de caderas que hacían que el pito de Mateo se rozara contra su prostata, y que cada empuje lo llevara más lejos del mundo real. Los dos sudaban, sus respiraciones se entrelazaban, y el olor a sexo, a sal y a jabón, llenaba la habitación.

—Dame la mano —dijo Javi, y Mateo se la dio. Se agarraron de las manos, y Javi siguió empujando, cada vez más fuerte, más hondo.

Mateo se sintió pequeño, abierto, lleno. Javi no decía nada más, solo gemía, con la boca entreabierta, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, sudando como un caballo. Mateo, por su parte, sentía que se deshacía, que se fundía en la cama, que se perdía en el cuerpo de Javi.

—Estoy por cargar —dijo Javi, con la voz rota.

—Yo también —dijo Mateo.

Javi se inclinó y le chupó un pezón, y al mismo tiempo le metió la mano al pito, con movimientos rápidos.

Y se corrieron.

Mateo salió con un grito ahogado, sus espasmos lo hicieron temblar todo el cuerpo. Javi se corrió dentro de él, con tres embestidas fuertes, llenándolo, y Mateo sintió el calor del semen corriendo por su interior, como una lluvia tibia.

Se quedaron así, pegados, sudando, sin soltarse de las manos.

—Hoy no vuelvo al hotel —dijo Javi, y se rió, y le besó el cuello.

—Yo tampoco —dijo Mateo, y lo abrazó, y sintió que el mundo, por una noche, era solo ese cuarto, ese cuerpo, ese olor.

Y así se quedaron, hasta que la luna entró por la ventana y los cubrió con su luz plateada.

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