Una cena con los nuevos vecinos
4 minUna cena con los nuevos vecinos
La primera vez que los Sánchez conocieron a los Ríos fue en el pasillo del quinto piso, mientras Gregorio intentaba meter una caja de libros en su nuevo departamento y Lucía, su esposa, le ofrecía una botella de tequila como “paz y buen acuerdo”. Los Ríos, Carlos y Sofía, eran una pareja de cuarenta y tantos, de esos que parecen sacados de una película de Almodóvar: elegantes, seguros, con una mirada que decía *sé lo que quieres y me encanta que lo quieras*.
No pasó mucho tiempo hasta que Lucía y Sofía empezaron a compartir recetas por la rendija de la puerta: *“¿Te paso mi receta de mole?”, “¿Te gustaría probar mi pastel de tres leches?”*, y entre chismes de supermercado y quejas del agua de la zona, se fue tejiendo una complicidad. Carlos, por su parte, flotaba alrededor de las conversaciones como un gato curioso: sonreía con los ojos, hacía comentarios ingeniosos que sacaban una carcajada de Gregorio, y siempre dejaba una mano en la cintura de Sofía —no posesiva, sino como un ancla silenciosa.
La cena llegó una noche de viernes, después de que Gregorio logró arreglarle el desagüe al vecino del cuarto 504 (un trámite que le valió una botella de mezcal y una promesa de “la próxima vez te ayudo con la computadora”). En la cocina de los Sánchez, las mujeres cocinaban: Sofía desmenuzaba pollo con las uñas bien pintadas, mientras Lucía ajustaba el fuego bajo la olla de arroz. El olor a comino y canela se mezclaba con el perfume ligero de lavanda de Sofía. Fuera, Gregorio y Carlos bebían el mezcal que trajeron, sentados en el sofá, hablando del fútbol, de la mala suerte con el metro, de cómo *“en esta ciudad, hasta el tráfico sabe a venganza”*.
—¿Y qué es lo que más les gusta de los nuevos vecinos? —preguntó Gregorio, con una sonrisa torcida mientras ponía otra gota de limón en su vaso.
Carlos lo miró, luego a la cocina, donde las dos mujeres reían por algo que Sofía había dicho, y soltó una risa baja:
—Lo que más… ¿La forma en que nos miran cuando creen que no nos damos cuenta?
Lucía salió entonces, con las manos manchadas de achiote, y le dio un beso en la mejilla a Gregorio —uno rápido, pero con intención— antes de irse a revisar el mole. El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, cargado de algo que ambos hombres sabían, pero no decían. Como cuando el aire se carga antes de una tormenta, y aún no sabes si correr o quedarte bajo el techo.
Fue Sofía la que, después de servir el postre —un flan que parecía hecho de nubes y azúcar quemada—, puso la música: jazz suave, sin letra, solo el sonido del saxo y el piano que se enredaban en el aire como dedos que se acarician.
—¿Alguna vez han sentido que hay algo *en el aire*? —preguntó, sentándose al borde del sofá, con las piernas juntas, pero los ojos clavados en Gregorio.
Él no respondió de inmediato. En su lugar, Lucía se acercó, puso su taza vacía en la mesa, y se sentó junto a él, tan cerca que sus muslos se rozaban. Sofía se recostó un poco más hacia Carlos, quien, sin quitarle los ojos de encima, pasó una mano por su muslo, desde la rodilla hasta la parte baja de la espalda.
—Algo que no es solo química —dijo Gregorio, ahora con voz más baja—, sino… confirmación.
Lucía le tomó la mano. La suya estaba cálida, los pulgares dibujando círculos pequeños en su dorso.
—Entonces… ¿confirmamos? —preguntó.
Carlos soltó una risa suave, se levantó, y tendió la mano a Sofía. Ella se la tomó, se puso de pie, y juntos caminaron hacia el cuarto de huéspedes —el único con cama—, sin mirar atrás, sin decir más.
Gregorio y Lucía los siguieron diez segundos después.
La cama era sencilla, pero las manos que la recorrieron no lo fueron. Lucía desabotonó la camisa de Carlos mientras él le quitaba el cabello suelto de la nuca, besándole la piel con lentitud, como si cada segundo fuera un *por favor*. Sofía se deslizó entre las piernas de Gregorio, que ya tenía la respiración corta, y con un movimiento firme pero suave, le bajó el cinturón y el botón de su pantalón.
No hubo vergüenza. Solo curiosidad. Solo deseos que, por fin, tenían permiso para respirar.
Cuando Gregorio entró en Lucía, fue con cuidado, mirándole a los ojos mientras su cuerpo se abría como una flor al sol. Cuando Sofía tomó a Carlos en su boca, lo hizo con los ojos cerrados y las manos en sus nalgas, apretándolas con fuerza, como si temiera que desapareciera. Y cuando se juntaron todos, sentados en el borde de la cama, con Gregorio y Carlos con sus vergas al descubierto, y Lucía y Sofía con los pechos al aire, la única cosa que importaba era el calor, la humedad, el sonido de la respiración entrecortada y el *sí* que no necesitaba palabras.
Fue una noche de intercambios: de miradas, de manos, de piel. De risas ahogadas, de dientes que rozaban cuellos, de dedos que descubrían zonas nuevas en cuerpos que aún no habían terminado de aprenderse.
Y cuando todo terminó —con el desorden típico de quienes no tienen prisa por irse a ninguna parte—, Carlos le susurró a Gregorio:
—
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.