Un té con la nueva vecina

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La primera vez que la vi fue un jueves cualquiera, a eso de las siete de la tarde, cuando bajé a sacar la basura. Vivía sola, en el departamento de enfrente al mío, en ese edificio de tres pisos que siempre parecía a punto de derrumbarse. Ella estaba en el patio, con una bata blanca que le llegaba apenas por la mitad del muslo, regando unas plantitas en macetas de cerámica. No me vio al principio. Me quedé ahí, quieto, con la bolsa de basura en la mano, mirándola. El sol del atardecer le daba en la espalda y el pelo, castaño claro, le brillaba como si tuviera polvo de oro entre los mechones. Tenía el culo redondo, prieto, y se le marcaba la tanga por debajo de la tela. No era una mina de revista, no. Pero había algo en ella, una mezcla de serenidad y descuido que me encendió al instante.

—Che, buenos días —dije, aunque era tarde.

Me miró, sorprendida, y después sonrió. Una sonrisa lenta, sin prisa.

—Buenas… ¿vos vivís acá?

—Sí. El 3B. Yo soy Martín.

—Ah, claro. Yo soy Camila. Acá nomás —dijo, señalando su puerta.

Nos quedamos ahí, charlando de nada. Del edificio, de los vecinos, de que el ascensor andaba mal desde hacía años. Me invitó un té. Acepté sin pensarlo. Subimos. Su departamento olía a vainilla y a algo más, algo cálido, como si hubiera cocinado algo con canela. Me senté en el sillón, un dos cuerpos viejo pero cómodo. Ella se sentó a mi lado, sin zapatos, con las piernas recogidas. Me ofreció el té en una taza de porcelana fina, con florecitas pintadas.

—Tomate, está rico.

Lo probé. Estaba caliente, dulce, con un toque de limón. Mientras hablábamos, me di cuenta de que no paraba de mirarle las piernas. Tenía las rodillas un poco arriba del borde de la bata, y de a ratos se le subía más, sin que ella hiciera nada por bajarla. No era provocación, era naturalidad. Y eso me gustó más.

—Vos no sos de acá, ¿no? —le pregunté.

—No. Vine de Córdoba hace un mes. Me cansé de la provincia.

—Y acá, ¿qué hacés?

—Trabajo en una editorial. Corrección de textos. Tranquilo. Me gusta.

Hablaba despacio, con una voz baja, casi íntima. Como si estuviera contándome un secreto. Y yo, sin querer, me fui acercando. Nada brusco, solo un centímetro más acá, otro más allá. Hasta que nuestros muslos casi se tocaban. Ella no se movió. Seguía hablando, pero ya no me importaba de qué. Solo notaba el calor que despedía su piel, el olor de su perfume, el modo en que respiraba, suave, profundo.

De golpe, sin decir nada, me puso la mano en la rodilla. No fue un apretón, solo una caricia leve, con la yema de los dedos. Me miró a los ojos. Y en ese momento supe que todo iba a cambiar.

—¿Te quedás un rato más? —dijo, bajito.

—Claro —le contesté, aunque ya no estaba seguro de nada.

Se paró, se sacó la bata. Debajo no tenía nada. Nada. Solo una tanga diminuta, de encaje negro. El cuerpo era firme, de caderas anchas, tetas medianas pero paradas, con pezones oscuros que se le endurecieron apenas sintió mi mirada. No dijo nada. Solo se acercó, me tomó la mano y me llevó al dormitorio.

La cama era grande, con sábanas celestes. Me sentó en el borde. Me desabrochó el pantalón con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me sacó la pija despacio, con cuidado, como si fuera algo frágil. Ya estaba dura, palpitando. Ella la tomó con una mano y empezó a moverla suave, arriba y abajo, mientras con la otra me acariciaba los huevos. Cerré los ojos. No podía creer lo que estaba pasando.

—Mirame —dijo.

Abrí los ojos. Estaba arrodillada frente a mí, con mi pija en la boca. Me la chupaba lento, con la lengua alrededor de la cabeza, los labios apretados. No tenía prisa. Solo quería sentir. Y yo, Dios, sentía todo. Cada roce, cada succión, cada respiro que daba me llevaba más cerca del borde.

—Pará… pará… —le pedí, con la voz quebrada.

Se detuvo. Me miró, con mi pija brillante entre los labios.

—¿Querés que pare?

—No. Quiero coger. Ahora.

Se paró, se sacó la tanga. Tenía la concha depilada, húmeda, con los labios inflamados. Me empujó suavemente y me acostó. Se subió encima, lento, con una sonrisa tranquila. Me tomó la pija con una mano y la puso en la entrada de su concha. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo toda adentro.

—Ay, Camila… —gemí.

—Shhh… dejate llevar.

Empezó a moverse, arriba y abajo, con movimientos suaves, circulares. Cada vez que bajaba, sentía cómo me apretaba por dentro. Sus tetas rebotaban despacio, y yo no podía dejar de mirarlas. Le agarré una concha con la mano, le pasé un dedo por el clítoris. Ella gimió, bajo, profundo. No era un grito, era un ronroneo. Como si estuviera disfrutando cada segundo.

—Así… así… —dijo—. No pares.

Siguió moviéndose, más rápido, más fuerte. Yo le agarraba las caderas, ayudándola, empujando desde abajo. La cama crujía, las sábanas se arrugaban. Sudábamos los dos, el aire se llenó de calor y olor a sexo. De golpe, se inclinó, me besó la boca, y sentí su lengua, su aliento, su deseo.

—Quiero que me garches —me dijo al oído—. Quiero que me llenes.

Me paré con ella encima, sin sacarle la pija. La apoyé contra la pared. Ella me rodeó con las piernas. Y empecé a cogerla, fuerte, profundo. Cada embestida la hacía gemir más alto. Sus manos se clavaban en mi espalda. Me decía “sí, sí, sí”, una y otra vez, como una oración.

Y cuando sentí que no podía más, le dije:

—Voy a venirme.

—Dentro —me pidió—. Quiero que te vengas adentro.

Y así fue. Con un gemido largo, profundo, me vine dentro de ella. Sentí cómo se contraía, cómo me apretaba, cómo disfrutaba cada gota. Nos quedamos así un rato, abrazados, sin hablar. Hasta que bajó las piernas, despacio, y se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared.

Yo me senté a su lado. Le pasé un brazo por los hombros. Ella apoyó la cabeza en mi pecho.

—¿Volvés a venir? —preguntó.

—Claro —le dije—. Mañana te traigo el té.

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