Un fin de semana en casa de mi primo

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa en el sur de Medellín era de esas de dos pisos, con rejas forjadas y un jardín al frente donde el musgo se colaba entre las baldosas. Camilo llegó el viernes en la noche, con una mochila al hombro y el aire cansado del que ha viajado desde Bogotá sin dormir. Su primo Santiago lo esperaba en la puerta, descalzo, con una camiseta ajustada que dejaba ver el contorno de los pezones y unos shorts de algodón que no ocultaban mucho.

—¡Qué chimba que llegaste, man! —dijo Santiago, abrazándolo con fuerza. Camilo sintió el calor del cuerpo ajeno pegado al suyo, el olor a jabón de coco y sudor limpio.

Subieron las escaleras. La casa olía a madera vieja y a algo dulce, tal vez vainilla. El cuarto de huéspedes estaba al fondo del segundo piso, con una cama doble, cortinas gruesas y un ventilador que giraba lento, moviendo el aire caliente.

—Dejé toallas limpias en el baño —dijo Santiago—. Y si querés, más tarde salimos a tomar algo.

Camilo asintió, agradecido. No se veían desde hacía dos años, desde el cumpleaños de la tía. Pero aunque el tiempo los había separado, había algo en la forma en que Santiago lo miraba, como si recordara algo que Camilo no alcanzaba a nombrar.

A las diez, después de una cena de arroz con pollo y cerveza fría, decidieron quedarse en casa. Santiago puso música baja, un reggaetón suave, y se sentaron en el sofá del salón. El calor no daba tregua. Camilo se quitó la camiseta y quedó en calzoncillos, con el torso bronceado y el vello del pecho apenas visible. Santiago lo miró de reojo, sin decir nada, mientras se mordía el labio inferior.

—¿Te acordás de cuando éramos unos verdes y nos bañábamos en la quebrada atrás de la finca? —dijo de pronto.

—Claro que sí —rió Camilo—. Una vez te viste el pito lleno de lodo y chillaste como si te hubiera picado una víbora.

Santiago soltó una carcajada. Se estiró, se recostó en el sofá, con una pierna doblada y la otra estirada. Tenía los muslos fuertes, la piel morena y tersa. Camilo no podía dejar de mirarlo.

—¿Y si nos bañamos acá? —dijo Santiago, señalando el baño—. Tengo una ducha grande, de esas de lluvia.

Camilo lo siguió sin pensarlo. El baño era espacioso, con azulejos grises y una ducha de vidrio. Santiago encendió el agua caliente, ajustó la temperatura. Se desvistió despacio, sin vergüenza. Camilo contuvo el aliento al verlo: el culo prieto, los hombros anchos, el pito medio parado, como si ya supiera lo que venía.

Entraron juntos. El agua les cayó encima, caliente, relajante. Camilo sintió las manos de Santiago en su espalda, deslizándose por la piel mojada. No dijo nada. Solo se dejó hacer.

—Qué rico estás, primo —susurró Santiago al oído, rozando con los labios el lóbulo—. Siempre lo supe, pero nunca me atreví.

Camilo no respondió con palabras. En cambio, acercó su boca a la de él. El beso fue lento al principio, exploratorio. Luego más profundo, con lengua, con hambre. Se apretaron el uno contra el otro, los cuerpos resbaladizos por el agua. El pito de Camilo ya estaba duro, palpitando contra el vientre de Santiago.

—Déjame verte —dijo Santiago, separándose un poco. Camilo dio un paso atrás, se puso de espaldas a la pared. El agua le corría por el pecho, por el cuello, por los huevos. Santiago lo miró con deseo puro, sin disimulo.

—Qué chimba de cuerpo tenés —murmuró, acercándose de nuevo. Tomó el pito de Camilo con la mano, lo acarició despacio, desde la base hasta la punta, con los dedos mojados. Camilo gimió, bajo, profundo.

—Vos también estás bien rico —respondió, y se arrodilló.

El corazón de Santiago dio un brinco. No dijo nada. Solo abrió las piernas un poco más, dejó que Camilo lo tomara con la boca. Fue un mamada lenta, profunda, con devoción. Camilo chupaba como si estuviera orando, con los ojos cerrados, con devoción.

—Ay, primo… —gimió Santiago, agarrándole el pelo—. Así, así… qué rico me chupás el pito.

El agua seguía cayendo, mezclándose con la saliva, con el deseo. Camilo subía y bajaba, con los labios apretados, con ganas. Cuando sintió que Santiago estaba a punto de correrse, se detuvo.

—No ahora —dijo, con la voz ronca—. Quiero sentirte adentro.

Santiago lo ayudó a levantarse. Salieron de la ducha, se secaron con toallas grandes, sin apuro. Camilo se sentó en el borde de la bañera, con las piernas abiertas. Santiago se puso de rodillas frente a él, le separó las nalgas con los dedos y acercó la boca.

—¿Te gusta que te coman el culo, primo? —preguntó, antes de empezar.

—Sí —respondió Camilo, con la voz quebrada—. Mucho.

La lengua de Santiago fue precisa, cálida, húmeda. Recorrió el agujero despacio, lo lamió en círculos, lo empapó. Camilo gemía, se agarraba de los bordes, se retorcía.

—Ya —pidió—. Ya, meteme el pito.

Santiago se paró, tomó el pito con la mano, lo untó con saliva. Camilo se inclinó un poco, se agarró de las rodillas.

Entró despacio. La primera embestida fue cuidadosa, como si midiera el espacio. Luego, más fuerte. Más profundo.

—Ay, qué rico… —gimió Camilo—. Qué chimba de pito tenés, primo.

Santiago no respondía con palabras. Solo con el vaivén, con el ritmo, con el sudor que le caía por la espalda. Camilo sentía cada centímetro, cada roce, cada embestida como un latido.

—Correte —dijo de pronto Santiago—. Quiero verte correr.

Camilo no tardó. Con una mano en su pito, se masturbó rápido, con fuerza. Alcanzó el orgasmo con un gemido largo, profundo, y se corrió sobre el piso de la ducha, en chorros gruesos.

Santiago no tardó en seguirlo. Se corrió adentro, con un gruñido ronco, apretando los dientes, con los ojos cerrados.

Se quedaron así un rato, jadeando, pegados. Luego, se lavaron de nuevo, en silencio.

En la cama, ya de madrugada, Camilo acarició el brazo de Santiago.

—¿Y esto qué fue? —preguntó, sin mirarlo.

—Un fin de semana —respondió Santiago—. Pero si querés, podemos repetir.

Camilo sonrió.

—Claro que quiero.

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