Tres en la cama de mi hermano

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que terminaría follando con dos personas a la vez en la cama donde dormíamos juntos de niños. Pero ahí estaba yo, desnudo, con el olor de mi hermano aún en las sábanas —ese olor a sudor limpio y colonia barata que se le pegaba a la nuca—, mientras la boca de Valeria me tragaba entero y los dedos de Damián me separaban las nalgas con lentitud, hundiéndose en mi culo con una humedad que no era mía.

Todo empezó una noche cualquiera. Yo pasé por la casa a buscar ropa. Mi hermano se había mudado hacía un mes y me dejó las llaves. Valeria, su ex, apareció con una caja de cervezas y una sonrisa que no se le creía del todo. No se habían peleado, pero tampoco se hablaban. Ella dijo que quería recuperar unas fotos, yo le ofrecí quedarse a tomar algo. Damián llegó después, amigo de ambos, con esa cara de chico bueno que no se cree, pero que en la cama se vuelve un animal.

Nos emborrachamos rápido. Las risas se hicieron más pesadas, los roces más largos. Valeria, sentada entre mis piernas en el sofá, dejó que mis manos subieran por sus muslos sin detenerme. Damián nos miraba desde el sillón, con la botella en la boca y los ojos fijos en cómo mis dedos se colaban bajo su falda. No dijo nada. Solo se paró, caminó hasta nosotros, y se arrodilló frente a mí. Me desabrochó el pantalón sin pedir permiso.

—¿Y esto? —dijo, sacando mi pija con una sonrisa—. No sabía que era tan grande.

Valeria giró el rostro y la tomó con la boca. Ambos empezaron a lamerme al mismo tiempo. Yo eché la cabeza atrás, sintiendo el calor húmedo de su boca y el roce áspero de la barba de Damián en mis huevos. No duré mucho. Un gemido largo, profundo, y me vine en la garganta de ella, que no apartó los labios, que tragó y siguió chupando como si quisiera más.

—Vamos a la cama —dije, con la voz ronca.

Subimos los tres. Yo desnudo. Ellos apenas con la ropa desacomodada. Valeria se desvistió primero, lenta, como si supiera que la estábamos mirando. Damián se quitó la camisa, dejando al descubierto un torso marcado, sudoroso, con el vello oscuro bajando hasta el pantalón. Yo me acosté en la cama de mi hermano, boca arriba, con la pija otra vez dura, apuntando al techo.

Valeria subió encima de mí. Me montó con una lentitud que me volvió loco. Sentí su coño caliente, apretado, resbalando sobre mi verga, sus caderas moviéndose como si llevara años esperando esto. Damián se puso a un lado, se masturbaba mirándonos, pero no por mucho tiempo. Se acercó, me besó la boca, y después bajó, lamió los pezones de Valeria, mordió sus tetas, y luego se puso detrás de ella.

—Quiero follarla —dijo.

Yo asentí. Valeria se tensó, pero no dijo que no. Solo bajó la cabeza, apoyó las manos en mis piernas, y abrió más las piernas. Damián se acercó, con la pija en la mano, gruesa, con la punta brillante de presemilla. La frotó contra su culo, luego contra mi verga, como si nos estuviera uniendo. Después, con una mano en su cadera, empujó.

El gemido que soltó Valeria fue largo, agudo. Damián entró despacio, pero con firmeza, hasta el fondo. Yo sentía cómo se expandía su interior, cómo me apretaba más al recibirlo a él. Era demasiado. Era perfecto.

—Mové las caderas —le dije a ella—. Fóllame mientras él te coge.

Y lo hizo. Empezó a subir y bajar, lento, profundo, y cada vez que bajaba, sentía cómo Damián se hundía más en ella. Sus pelotas me golpeaban las nalgas, su respiración pesada me llegaba al oído. Yo le agarré los pechos, los amasé, le mordí el cuello, y ella respondió con un jadeo que me encendió la sangre.

—Quiero verte —dije.

Valeria se giró, se arrodilló en la cama, con el culo en el aire, mis manos separándole las nalgas. Damián salió de ella, y vi su coño abierto, brillante, palpitando. Me acerqué, pasé la lengua desde su ano hasta el clítoris, una y otra vez, mientras ella gemía, con las manos en la almohada, con la espalda arqueada. Damián se puso detrás de mí, me besó el cuello, y me dijo al oído:

—Quiero cogerte.

No respondí. Solo me acosté de lado, boca arriba, y le ofrecí el culo. Valeria se acercó, me tomó la pija con la boca, y empezó a chupar mientras Damián se ponía un condón y se acercaba a mí. Sentí su mano en mi pierna, luego la punta de su verga en mi ano.

—Relájate —dijo.

Empujó. Entró con una lentitud que me hizo jadear. Era grande, más que yo, y me estiró como nunca. Pero no pedí que parara. Al contrario, gemí, profundo, mientras Valeria seguía chupándome, ahora con mis dedos en su pelo, empujándola más adentro.

Damián empezó a moverse. Primero lento, luego más fuerte, más rápido. Cada embestida me hacía jadear, me hacía sentir lleno, dominado. Valeria se corrió con mi pija en la boca, y yo me vine segundos después, con el culo lleno de Damián, con el sabor de ella aún en la lengua.

Él no tardó en correrse. Se salió, se quitó el condón, y se masturbó sobre mi espalda. Los tres quedamos en silencio, sudorosos, respirando con dificultad.

Nadie habló. Nadie dijo que no debió pasar.

Solo nos quedamos ahí, en la cama de mi hermano, con el olor del sexo flotando en el aire, con las sábanas arrugadas y manchadas, con el corazón a mil.

Y cuando el sol empezó a entrar por la ventana, nadie se movió.

Como si el mundo afuera no existiera. Como si todo hubiera valido la pena por esta noche.

Por esta puta, gloriosa noche.

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