Tres en la cama de la fonda
La habitación de la fonda olía a humedad antigua, a cigarro viejo y a perfume barato. El aire acondicionado zumbaba como un mosquito enojado, y la cama, con su colchón blando y las sábanas ásperas, crujía con cada movimiento. Afuera, el calor de Acapulco pegaba fuerte, pero adentro, con las luces bajas y la puerta asegurada con una silla, el aire se espesaba de deseo.
Él se llamaba Raúl, un tipo de lucha libre retirado, con el pecho ancho, brazos tatuados y una verga que no dejaba lugar a dudas: era grande, gruesa, y siempre dura cuando la cosa se ponía intensa. Ella, Mariana, era su ex, pero no por rencores, sino por distancias. Hacía un año que no se veían, y ahora, por pura casualidad —y un par de tequilas de más—, se habían encontrado en el bar de la esquina. Y él, con su voz ronca de fumador, le había dicho: *“¿Y si nos cogemos como antes, pero con alguien más?”*. Ella, con los ojos brillando, no dijo que no.
El tercero era Julián, un tipo joven, de esos que andan por ahí con aires de modelo de Instagram, pero con verga de verdad. Moreno, caderas estrechas, culo prieto y manos ansiosas. No era su primera vez en un trío, pero sí la primera con una pareja que ya se conocía. Y eso lo excitaba más: entrar en un fuego ajeno, avivarlo, y dejar que lo consumiera todo.
Mariana estaba sentada en la orilla de la cama, con las piernas abiertas, el vestido subido hasta la cintura. No llevaba ropa interior. Su coño brillaba de humedad, los labios hinchados, listos. Raúl se acercó por detrás, le agarró las nalgas con ambas manos, las separó y le metió la lengua sin pedir permiso. Ella gimió, echó la cabeza atrás. *“Sí, así, cabrón, como antes”*, dijo entre dientes.
Julián, parado frente a ella, se desabrochó el pantalón. Su verga saltó libre, larga y con la punta rosada, como si estuviera mojada de saliva. Mariana la tomó sin mirarlo, se la llevó a la boca y empezó a chupar con hambre. Él cerró los ojos, apretó los dientes. *“Coño, sí, así, joder”*, murmuró en un susurro.
Raúl se separó de su coño, se paró y se desnudó. Su verga era un palo de carne, venosa, con el glande oscuro y hinchado. Se acercó a Julián, lo tomó del cuello y lo besó con fuerza, lengua adentro, dientes chocando. Luego le bajó el pantalón, le agarró el culo con ambas manos y lo jaló hacia sí. *“Voy a cogerte el culo, güey. ¿Estás listo?”*, le dijo al oído. Julián asintió, temblando.
Mariana se recostó en la cama, abrió bien las piernas. Raúl se subió encima de ella, le separó los muslos con las rodillas y, sin más, le metió la verga de un solo empujón. Ella gritó, arqueó la espalda. *“¡Sí, cabrón, así, fuerte!”*. Él empezó a cogerla con saña, las nalgas golpeando contra sus cachetes, el sonido de la carne mojada llenando la habitación.
Julián, aún con el culo al aire, se acercó a la cara de Mariana. Ella lo tomó de nuevo, lo chupó mientras miraba a Raúl clavándola. Luego, Raúl la sacó, la puso de cuatro, le dio una nalgada fuerte que dejó marca, y se la volvió a meter. Pero ahora, sin sacarla, tomó a Julián por los hombros y lo acercó. *“Métela, cabrón. Métela en su boca”*, dijo.
Julián no lo pensó. Se subió encima de Mariana, le ofreció su verga. Ella la tomó, la chupó, la hundió hasta la garganta. Raúl, sin sacar su verga de su coño, empezó a cogerla más rápido, más fuerte, mientras miraba cómo el otro se la clavaba en la boca. *“Así, pinche puto, así… chinga su boca”*, dijo entre dientes.
El cuarto se llenó de jadeos, de azotes de carne, del olor ácido del sudor y el sexo. Mariana gemía con la verga de Julián en la boca, las lágrimas en los ojos, el coño chorreando. Raúl sentía que ya no aguantaba, que la presión en los huevos era insoportable.
—¡Me voy a correr, cabrones! —gritó.
Y sin más, salió de ella, se paró entre sus piernas, agarró su verga y empezó a correrse. El primer chorro le pegó en el vientre, el segundo en el cuello, el tercero en la boca. Julián, al verla, no aguantó más. Se corrió dentro de su garganta, temblando, gimiendo.
Cuando todo terminó, se dejaron caer en la cama, sudorosos, jadeantes. Nadie dijo nada. Solo el zumbido del aire acondicionado y el calor de tres cuerpos desnudos, pegados, satisfechos.
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