Tres en el sofá de mi departamento
El aire del departamento estaba espeso, como si la temperatura hubiera subido sin que nadie abriera una ventana. Lucía, recostada de costado en el sillón de dos cuerpos, tenía una pierna doblada y la otra estirada, con la planta del pie rozando la entrepierna de Franco, que estaba sentado en el piso, contra el mueble. Él, sin sacarle los ojos de encima, pasó los dedos por el borde de su tobillo, despacio, como si midiera el tiempo entre un latido y otro. A su lado, apoyado en la mesita de luz, el vaso de whisky brillaba con la luz tenue de la lámpara.
—Vos no te quedás atrás, ¿eh? —dijo Lucía, con una sonrisa que no llegaba a ser dulce, más bien era de esas que te avisan que algo va a pasar, y que vos no vas a poder evitarlo.
Franco no respondió con palabras. Se limitó a subir la mano por la pantorrilla, lento, hasta el borde del short que ella llevaba. El tejido era liviano, casi transparente con esa luz. Un dedo se coló debajo, rozando la piel caliente. Lucía abrió un poco más la pierna, como si le estuviera dando permiso, aunque ninguno de los dos necesitaba pedirlo.
Desde el otro extremo del sillón, Camila observaba. Estaba sentada en el borde, con las piernas juntas, pero los ojos bien abiertos, clavados en la mano de Franco, en cómo avanzaba como si conociera el terreno. No dijo nada. Solo se mordió el labio inferior, apenas, pero suficiente como para que Lucía lo notara.
—¿Y vos, Cami? —preguntó Lucía, sin mirarla—. ¿Vas a quedarte ahí como si estuvieras en una obra de teatro?
Camila tragó.
—No sé… no quiero meterme donde no me llaman.
—Pero si te estoy llamando —dijo Lucía, y esta vez giró la cabeza. Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en los de Camila. Se incorporó un poco, apoyándose en un codo, y con la otra mano se tocó el cuello, bajando lentamente hasta el escote. El sujetador apenas contenía lo que tenía.
Franco, que hasta ese momento solo había mirado a Lucía, ahora desvió la mirada hacia Camila. La conocía de antes, de unas fiestas, de copas compartidas y risas en bares de moda. Pero nunca se había imaginado esto. No así. No con Lucía en el medio, ni con Camila con esa mirada de deseo contenido, como si tuviera miedo de soltarse.
—Vení —dijo Lucía, extendiendo una mano—. No te hagas la difícil. Sé que te gusta. Lo vi en cómo me miraste cuando entré con este short.
Camila dudó un segundo. Luego, como si el aire hubiera cedido, se acercó. Se arrodilló frente al sillón, entre las dos. Lucía bajó la mano y le acarició el pelo, tironeándolo suave, justo encima de la nuca.
—Así —dijo—. Así nomás.
Franco, ahora sentado de costado, con la espalda contra el sillón, sentía la pija dura bajo el pantalón. No se movió. Dejó que ellas hicieran.
Lucía le desabrochó la camisa a Camila con dos dedos, sin apuro. El corpiño negro se asomó, ajustado, con un encaje fino.
—Qué linda que sos —murmuró—. Y qué boluda, por no haber venido antes.
Camila se sonrojó. Pero no se apartó. Al contrario, se acercó más, hasta que su boca quedó a centímetros de la de Lucía.
—Besala —dijo Franco, ronco.
Y Lucía no esperó más. La tomó del rostro y la besó. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua, con ganas. Camila respondió al instante, como si hubiera estado guardando ese deseo durante años. Sus manos subieron por las piernas de Lucía, hasta el borde del short, y allí se quedaron, temblando un poco.
Franco se paró. Se sacó los pantalones con una sola pierna, sin despegar los ojos de ellas. Su pija, dura, larga, palpitante, apuntaba al techo.
—Mirala —dijo Lucía, sin separarse de Camila—. Mirá qué pija tiene.
Camila giró el rostro. La tuvo a diez centímetros. No dijo nada. Solo abrió la boca.
Franco no necesitó más invitación. Se acercó. Ella la tomó con una mano, la otra en la base, y empezó a mamarla como si fuera la primera vez, pero con la urgencia de quien sabe que no hay tiempo que perder. Lucía, entre tanto, le desabrochó el short a Camila, le bajó las bragas, y hundió los dedos en su concha. Estaba mojada, caliente, hinchada.
—Mirá cómo chorrea —dijo Lucía—. Esta mina se muere por coger.
Camila gimió alrededor de la pija de Franco. Él soltó un gruñido, agarrándole el pelo con suavidad, sin forzar.
—Pará, pará —dijo Lucía—. Quiero verlas juntas.
Se paró, se sacó el short y las bragas de un tirón, y se sentó en el sillón, con las piernas abiertas. Su concha, lampiña, brillaba de humedad.
—Vení, Cami —dijo—. Sentate acá.
Camila se levantó, todavía con la pija de Franco en la boca, pero ahora se movió hacia Lucía. Se sentó sobre su cara, de espaldas, y Lucía hundió la lengua en su concha sin avisar. Camila se quebró. Gimió, se corcó, pero no se movió.
Franco, ahora sin nadie que lo chupara, se acercó. Se paró frente a Lucía, que seguía comiéndole la concha a Camila.
—Quiero cogerla —dijo.
Lucía levantó la vista, con los labios brillantes.
—Entonces cogela. Pero primero, dejame ver.
Franco se acercó más. Lucía tomó su pija con una mano y la guió hasta la entrada de su concha. La punta se hundió un poco. Ella gimió.
—Dale —dijo—. Entrá.
Y Franco empujó. Se hundió entero de una estocada. Lucía gritó, pero no por dolor. Por placer. Por alivio.
Camila, arriba, sentía el cuerpo de Lucía moviéndose bajo ella, sentía el roce de la lengua, los dedos que ahora también entraban y salían. Se corrió con un gemido largo, temblando, mientras Lucía seguía comiéndola.
Franco cogía fuerte, sin piedad, con ganas, con furia contenida. Cada empujón hacía que Lucía se estremeciera, que Camila gritara.
—Más —dijo Lucía—. Más fuerte.
Y Franco no se contuvo.
Hasta que, de golpe, se salió.
—Dale vuelta —dijo.
Lucía se dio vuelta, ahora boca arriba, con Camila todavía sobre su cara. Franco se acercó por atrás, le separó las nalgas, y sin dudarlo, hundió la punta de su pija en su culo.
Lucía gritó.
—Sí —dijo—. Sí, así.
Y entonces, mientras Franco la cogía por el culo, Camila se corrió otra vez, esta vez con la lengua de Lucía hundiéndose más, con los dedos entrando y saliendo, con el ritmo imparable de todo.
Fue entonces que Franco se corrió. Un chorro largo, espeso, que le mojó la espalda a Lucía, que le cayó entre las nalgas.
Nadie habló. Solo se oyó la respiración, pesada, como si el aire no alcanzara.
Lucía, con los ojos cerrados, sonrió.
—Qué bueno fue —dijo.
Y nadie discutió.
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