Pantallas Calientes

Pantallas Calientes

@santiago_vera ·30 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (12) · 274 lecturas · 11 min de lectura

La luz azulada del monitor iluminaba el rostro de Mateo mientras movía el mouse con lentitud, como si temiera que un gesto brusco disipara la magia que se cernía sobre su escritorio. A través de la pantalla, en la otra punta de la ciudad, Lucía también estaba sentada frente a su laptop, con las piernas cruzadas sobre el sofá de su departamento en Coyoacán. Ambos se conocían desde hacía tres semanas —desde que se cruzaron en una app de lectura compartida, donde él había dejado un comentario sobre *La casa de los espíritus* y ella había respondido con una anotación que mezclaba crítica literaria y una picardía que lo había hecho sonreír hasta que le dolieron las mandíbulas—. No habían hablado por voz ni visto una foto real hasta el séptimo día, cuando él le mandó una selfie tomada con el celular en el espejo del baño, con la toalla mal colgada en los hombros y el pelo still húmedo. Ella había respondido con una foto suya sentada en su cama, con una camiseta vieja de *Harry Potter* y el pelo recogido en un nudo desordenado en la cabeza, los labios pintados de rojo oscuro y una sonrisa que decía: *sí, esto soy yo, y también puedo estar así contigo*.

Esa noche era la primera vez que hacían video llamada con la cámara encendida y el micrófono silenciado, salvo por la música que ambos tenían puesta en segundo plano: él, un *bossa nova* desgastado; ella, una mezcla suave de *ranchera* electrónica y sintetizadores vintage. Mateo llevaba una camisa abierta sobre una playera negra, los codos apoyados en la mesa, los hombros un poco inclinados hacia adelante, como si estuviera a punto de agarrar algo frágil. Lucía, por su lado, tenía el pelo suelto, caía en ondas suaves hasta la clavícula, y usaba un top corto de encaje negro que dejaba entrever la curva suave de sus costillas y la curvatura de sus senos, que eran firmes y redondeados, de un tono dorado claro. Sus pezones, Mateo notó con un leve cosquilleo en la ingle, estaban visiblemente endurecidos —¿por el aire acondicionado? ¿por la espera?—.

—¿Ves eso? —dijo Lucía, en voz baja, como si ya supiera que la cámara iba a captar hasta el más mínimo movimiento de su boca—. Esa línea donde el pecho se une al cuello… se te ve la vena latitar.

Mateo se tocó la zona sin darse cuenta, y su pene reaccionó de inmediato. Ya estaba medio duro desde que inició la llamada, pero ahora sintió cómo se hinchara más, como si le hubieran metido una mano dentro del pantalón y lo apretara con intención. Se inclinó hacia la cámara, lentamente, y mientras lo hacía, se dio cuenta de que Lucía también lo estaba observando con la boca entreabierta. No parpadeaba. Sus ojos, oscuros y grandes, seguían cada gesto que hacía.

—Tú también la tienes —murmuró ella, sin quitarle la vista—. La vena de la frente. La tensión del cuello. Cuando te mueves, se te tensa la mandíbula como si estuvieras aguantando algo.

—Quizá lo estoy —respondió Mateo, con voz grave, casi ronca, como si hubiera estado callado mucho rato—. Pero no es por aguantar. Es por no romper el hilo.

—¿Qué hilo?

—El que nos mantiene aquí. En este momento. En este cuarto. Con esta luz. Con esta temperatura.

Lucía bajó los ojos, como si se estuviera acariciando a sí misma con la mirada, y se llevó una mano a la nuca. Se estiró, dejó caer el cabello hacia un lado, y entonces se desabrochó lentamente la primera abertura del top. No se lo quitó del todo. Sólo lo suficiente para que su pecho derecho quedara al descubierto: piel suave, sensible, con un lunar pequeño a la izquierda del pezón. Su mano no se movió aún. Se quedó ahí, con la tela colgando, el pecho expuesto pero cubierto a medias por la transparencia del encaje.

—¿Y si rompemos el hilo? —preguntó, sin mirarlo a los ojos, sino a la cámara, como si le hablara a una testigo invisible—. ¿Qué pasa si no aguantamos?

—Entonces… —Mateo se levantó de la silla, despacio, y se acercó al monitor, hasta que su rostro ocupó casi toda la pantalla—. Entonces lo que no puede pasar, pasa. Pero aquí. En tu cabeza. O aquí. —Se llevó la mano al pantalón, sin presionar, solo apoyando la palma sobre la protuberancia que se formaba bajo el tejido—. En esta pared invisible.

Lucía soltó una risita baja, casi un suspiro. Se mordió el labio inferior, y Mateo sintió un nudo en la garganta. No era solo el deseo. Era la confianza que se construía entre dos cuerpos que aún no se habían tocado, pero que ya se conocían mejor que muchos que compartían cama desde hacía años. Ella volvió a subir la mano, esta vez a su propio pecho, y pasó el dedo índice sobre el borde del encaje. Lo rozó, con lentitud, como si estuviera midiendo su elasticidad, y entonces lo jaló con suavidad hacia abajo, dejando al descubierto el pezón. No lo toco. Sólo lo dejó ahí, expuesto, como un ofrenda silenciosa.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me encanta —respondió Mateo—. Pero no es porque estés ahí, con el pecho fuera. Es porque lo haces así. Como si supieras exactamente lo que estoy viendo. Como si estuvieras poniéndome a prueba.

—¿Y qué pasa si apruebo?

Él dejó caer la mano al costado, pero no se alejó de la cámara.

—Si apruebas… te pido permiso para decirte lo que quiero hacer contigo. No con tu cuerpo. Con tu mente. Con lo que sientes cuando me miras.

Lucía se mordió el labio otra vez, esta vez con más fuerza, y lo miró directo a los ojos. Por primera vez, la cámara captó sus pupilas dilatadas. No por la luz. Por él.

—Di.

—Quiero que te quites la camiseta. Todo. Ahora.

Ella no dudó. No hizo una pausa, no pidió que repitiera, no le pidió que esperara. Simplemente se levantó del sofá, dio un paso atrás, y con un movimiento fluido, se sacó la camiseta por la cabeza. Quedó de pie frente a la cámara, sin brañolera, sin más cobertura que la luz tenue que le daba desde atrás, y sus pechos, firmes, redondeados, con los pezones aún duros, pero ahora más oscuros, como si se hubieran envejecido en el acto mismo de ser mirados. Sus pechos no eran grandes, pero sí plenos, redondos, con una gravedad que los hacía parecer más pesados de lo que eran. Mateo sintió que su pene se ponía más duro que nunca, y tuvo que ajustarse la entrepierna para no sentir dolor.

—¿Así? —preguntó Lucía, inclinando ligeramente el cuerpo hacia un lado, para que uno de sus pechos quedara más en relieve que el otro.

—Así —respondió Mateo—. Ahora, pon las manos detrás de la cabeza.

Ella obedeció. Cruzó los dedos en la nuca, separó los codos, y con ese gesto, sus pechos se elevaron ligeramente, como si se hubieran vuelto más pesados, más presentes. Su vientre era plano, con una línea media suave que bajaba hacia su ombligo y desaparecía bajo la cintura de sus pantalones vaqueros, que ahora llevaba bajados unos centímetros, como si estuviera a punto de quitárselos, pero aún no lo había hecho.

—¿Ves eso? —dijo ella, y bajó un poco los hombros, hasta que la camiseta se le cayó al suelo, sin ruido, como una hoja seca—. Esa línea.

—La veo —respondió Mateo, con voz ronca—. Y quiero que la sigas bajando.

Ella no se quitó los pantalones. Sólo se agachó, despacio, y con la mano izquierda, se desabrochó el botón. Luego, el cierre. Lo hizo con los dedos, con calma, sin mirar, como si estuviera acostumbrada a hacerlo así, con los ojos puestos en la cámara. Y entonces, cuando ya tenía el pantalón abierto, se lo bajó apenas, lo suficiente para que se le notara el borde de la bragas de encaje negro que usaba debajo. No era una bragas común. Tenía una tira delgada de encaje que pasaba entre sus nalgas, y una pequeña pieza triangular que dejaba entrever el vello oscuro que crecía allí, perfectamente recortado.

—¿Te gusta? —preguntó Lucía, esta vez con una sonrisa que sí era para él, no para la cámara—. Es la misma que me puse para que me la quitaras, pero en persona. Hoy la puse por ti.

—No la quitaré hoy —dijo Mateo, y bajó los ojos a su propia entrepierna, donde ya se notaba la humedad en el pantalón—. La dejaré ahí. Porque quiero que la sientas. Y quiero que me digas qué sientes.

Ella respiró hondo, y entonces se sentó de nuevo en el sofá, esta vez con las piernas separadas, y se cruzó los brazos detrás de la cabeza, como antes. Pero esta vez, con los pantalones bajados hasta los muslos, y las bragas visibles.

—Siento… —empezó—. Siento que si te digo esto en voz alta, se va a romper algo. Y no sé si quiero que se rompa.

—Dilo.

—Siento que me estás tocando. Con la mirada. Con lo que dices. Con la forma en que respiras.

Mateo se levantó de la silla, esta vez con más decisión, y se sentó en el borde de su cama, frente al monitor. Se quitó los zapatos, se desabrochó el cierre del pantalón, pero no se lo quitó. Sólo bajó la cremallera hasta la mitad, dejando entrever la línea oscura de vello que bajaba desde su ombligo. Se puso una mano sobre el muslo, y con la otra, se acarició suavemente el pene a través del interior de los calzones.

—¿Y si te dijera que ahora mismo me estoy tocando? Que me la estoy jalando, con lentitud, como si supiera que si me apuro, no llegaremos a ninguna parte?

Lucía lo miró sin parpadear, y entonces bajó una mano, lentamente, hasta su vientre. Se la llevó hasta el ombligo, y luego siguió bajando, hasta que sus dedos rozaron el borde de la bragas. No se metió dentro. Sólo se quedó ahí, presionando con la punta de los dedos, como si estuviera midiendo cuánto espacio le dejaba la tela.

—Entonces… —dijo ella, y se mordió el labio—. Entonces dime cuánto te la jalas. Cuánto.

—Lo suficiente para que me tiemble la mano —respondió Mateo—. Pero no tanto como para que me venga. Porque quiero que me veas hasta el final. Y quiero que tú llegues primero.

—¿Y si me dice que ya voy?

—Entonces te digo que sigas. Que me muestres cómo te tocas. Que me digas qué sientes cuando tus dedos rozan ese nudo de encaje.

Lucía cerró los ojos un segundo. Luego los abrió, y esta vez, no miró la cámara. Miró a Mateo. Directo a sus ojos.

—Está bien.

Y entonces, con lentitud, se metió dos dedos dentro de la bragas, por el costado, sin romper el encaje, y los deslizó hacia abajo, hacia su entrepierna. Se detuvo un instante, con los ojos cerrados, y exhaló un suspiro que se escuchó a través del micrófono, aunque él lo había silenciado. Pero no importaba. Él ya lo sabía. Porque lo vio. Porque lo sintió. Porque su cuerpo lo había anticipado.

—¿Ves? —dijo ella, abriendo los ojos de nuevo—. Ya voy.

Y entonces, mientras se movía con lentitud, Mateo se puso de pie frente a la cámara, se quitó los pantalones y los calzones, y se tomó la verga en la mano. Se la jaló con suavidad, una vez, dos veces, con los ojos puestos en Lucía, en su cuerpo, en sus pechos, en su vientre, en sus dedos. Ella no se detuvo. Siguió moviéndose, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su propio ritmo.

—Dime qué sientes —susurró Mateo, con la voz rota.

—Siento tu voz —respondió Lucía, sin abrir los ojos—. Siento tu mirada. Siento que estás aquí. Que me estás cogiendo. Que me estás chingando. Que me estás haciendo mía.

Y entonces, sin aviso, su cuerpo se tensó. Sus dedos se apretaron contra su piel, sus pechos se elevaron, y su boca se abrió en un grito silencioso que Mateo sintió en la punta de los dedos, como si él también se hubiera corrido. Porque sí. Se corrió. Con un movimiento brusco, con las entrañas apretadas, con los ojos cerrados, con la mano cerrada sobre su verga, con el aliento cortado.

Se corrió.

Y Lucía, en la otra punta de la ciudad, lo miró. Lo miró con sus ojos brillantes, con su pecho subiendo y bajando, con sus dedos aún entre sus piernas. Y entonces, lentamente, se los sacó, uno por uno, y se los llevó a la boca.

—¿Te gustó? —preguntó, con una sonrisa.

—Sí —respondió

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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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