Pantalla caliente

Pantalla caliente

@santiago_vera ·26 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (19) · 32 lecturas · 10 min de lectura

La cámara web del laptop parpadeó como un parpadeo nervioso: verde cuando lo encendía, rojo cuando lo apagaba, y por fin, amarillo —la señal de que estaba lista, que la conexión estaba ahí, esperando. Santiago ajustó la silla, se inclinó ligeramente hacia adelante, y se acomodó el cabello con la mano. Tenía treinta y tantos, cara afilada pero relajada, barba recortada esa mañana, camiseta blanca sin marca, sin logotipos, sin pretensiones. Solo algo que le quedaba bien. En la pantalla, en la ventana pequeña de video, su propia imagen lo miraba con un leve sesgo, como si ya supiera que lo iba a ver de otra manera en segundos.

La notificación sonó suave: *Lucía te ha invitado a una videollamada privada*. No era la primera vez. Ya llevaban tres semanas así, desde que se conocieron en una app de MatchX, una plataforma que, a diferencia de las otras, no exigía fotos de cuerpo entero ni perfiles llenos de chillidos de deseo. Solo frases breves, intereses reales, y una opción oculta: *“Hablar hasta que el silencio se vuelva cómplice”*. Ella había marcado esa casilla. Él también.

—Hola —dijo él, voz baja, sin presión, sin urgencia.

Ella apareció un segundo después. No un *hola*, no un *qué tal*, no un *me encanta tu sonrisa*. Solo apareció. Como si hubiera estado allí, callada, observando cómo se acomodaba, cómo se ajustaba la camiseta sobre los hombros, cómo se pasaba la lengua por el labio superior antes de hablar. Eso le gustó. Le gustó que no se apresurara.

Lucía tenía treinta y cinco, según lo que decía su perfil —y él confiaba en que decía la verdad—. Piel morena clara, cabello castaño oscuro recogido en un nudo desordenado, con algunas hebras sueltas que le rozaban las sienes. Ojos grandes, marrones, con una leve inclinación hacia afuera, como si ya hubiera visto demasiado y aún se sorprendiera. Llevaba una blusa blanca abierta, sin sujetador debajo —lo supo porque la luz del cuarto era suave pero clara, y el contorno de sus pechos se marcaba con naturalidad, como si sus manos hubieran estado hace un momento ajustándolos sin prisa—. No sonreía. Solo lo miraba.

—Hola, Santiago —dijo. Su voz era un poco áspera, como si acabara de despertar, o como si hubiera estado hablando mucho y ahora solo quisiera escuchar.

—¿Te cansaste de esperar que te saludara primero?

Ella se encogió ligeramente de hombros, movió la cabeza con un gesto casi imperceptible. No fue una negación. Fue una confirmación silenciosa.

—Me gusta más cuando hablas tú primero. Que no sepa qué decir, pero que la espera valga la pena.

Él sonrió. No fue una sonrisa forzada. Fue una sonrisa de quien se da cuenta de que está entrando en un juego que aún no entiende del todo, pero que ya quiere ganar.

—¿Y si te digo que hoy no tengo nada planeado? Que no tengo ni idea de qué vamos a hacer, pero que ya me puse el café y me senté aquí con la idea de que tal vez, si tienes suerte, me dejes ver tus manos un rato.

Lucía no parpadeó. Solo bajó un poco los ojos, como si los pestañeos fueran demasiado costosos, y luego los volvió a subir, fijos en su cara.

—¿Las manos? —preguntó, y por un instante, su voz cambió. No fue un susurro, pero tampoco era fuerte. Fue una nota más baja, como si la palabra hubiera salido de una grieta en su propia garganta.— ¿Qué quieres hacer con mis manos?

La pregunta no era una provocación. Era una invitación abierta, como dejar la puerta entreabierta en una casa vacía. Él se inclinó más hacia la cámara, acercó el rostro, y habló despacio, como si cada palabra fuera una moneda que iba dejando sobre la mesa.

—Me gustaría ver cómo se mueven cuando te tocas. Me gustaría saber si son suaves, si se tensan cuando algo te corre por la piel. Me gustaría saber si usas el índice y el pulgar juntos, o si prefieres separarlos como si estuvieras midiendo algo que solo tú puedes medir.

Ella no se sonrojó. No como él pensó que lo haría. En cambio, sus pestañas bajaron lentamente, otra vez, y cuando las volvió a levantar, sus ojos estaban más oscuros, más húmedos. No era un gesto de vergüenza. Era un gesto de *evaluación*. Como si lo estuviera midiendo a él, no al revés.

—¿Y si te digo que ya me tocaba antes de llamarte?

Santiago no se movió. Solo tragó saliva, despacio, con intención. Su corazón latía con calma, pero sí latía. No con pánico. Con anticipación.

—Entonces ya sé qué haré hoy —dijo él.

—¿Qué?

—Espiar.

Ella soltó una risa corta, seca, pero no desagradable. Fue como una pequeña explosión de aire, como si se hubiera quedado sin oxígeno por un segundo.

—¿Espiar?

—Sí. Yo no te veo, pero te veo. Tú no me tocas, pero ya me estás tocando. Y si no nos movemos de las sillas, si no decimos ni una palabra más, si solo te quedas ahí, con esa blusa abierta y las manos sobre la mesa… ¿sabes qué pasa?

—No.

—Te pones más caliente.

Ella lo miró fijo. No movió los labios. Solo respiró. Y en ese instante, Santiago lo supo: no era la primera vez que se tocaba así, ni la segunda. Pero sí era la primera vez que lo hacía con alguien que no era ella misma, que no era un video de una app, que no era un recuerdo. Era alguien que la estaba viendo *real*, desde su propia pantalla, con su propia respiración, con su propio silencio.

—¿Me lo dices para que me agite?

—No. Te lo digo porque ya te vi mover el índice, justo ahora. En el lado izquierdo de tu muslo. Como si estuvieras comprobando que la tela no se estaba subiendo.

Lucía no negó. No asintió. Solo puso una mano sobre su muslo, con la palma hacia abajo, y la dejó ahí. Fijo. Como una orden. Como una promesa.

—Entonces… ¿sigues viéndome?

—Sí.

—¿Y qué ves?

—Veamos… —dijo él, y por primera vez, habló lento, con pausas, como si estuviera leyendo algo que solo él sabía—. Veo una blusa blanca. Veo que no llevas nada debajo, porque los pechos se marcan, pero no se distorsionan. Como si estuvieran sueltos, pero bien. Como si no los estuvieras apretando. Como si los dejaras ser.

Lucía no se movió. Solo tragó aire, despacio, por la nariz.

—Continúa —dijo, voz más ronca.

—Veо tus manos. La izquierda está sobre el muslo. La derecha está apoyada en la mesa, con los dedos un poco separados. Como si estuvieras conteniéndote. Como si cada dedo tuviera un peso que no quieres soltar.

—¿Y si soltara uno?

—Entonces yo sabría que ya no estás conteniéndote. Que ya te dejas ir.

Ella respiró. Profundo. Lento. Y soltó el dedo índice. Solo uno. Lo dejó caer sobre el muslo, sin presión, como si fuera una pluma.

—Ahora el otro —dijo él.

Ella lo hizo. Los dos dedos ahora descansaban suaves sobre la tela de sus pantalones. Santiago no movió los ojos de la pantalla. No se cansaba. No se aburría. Solo seguía viendo. Solo seguía sintiendo.

—¿Te tocas así siempre? —preguntó.

—No. Solo cuando sé que alguien me está viendo.

—¿Y qué sientes cuando alguien te ve?

—Siento que no estoy sola. Siento que alguien está ahí, no en la habitación, pero sí en la habitación. Que me ve, pero no me toca. Que me quiere, pero no me pide. Que me desea, pero no me exige.

Él asintió. No fue un gesto rápido. Fue un movimiento profundo, como si le hubiera dado al clic correcto en una máquina que no entendía.

—Entonces… ¿quieres que te toque?

—No. Quiero que me digas cómo me tocarías si estuvieras aquí.

—¿Y si te digo que me pongo de pie?

—Entonces me tocarías con las manos. Con los dedos. Con la boca. Con lo que quieras. Pero no estarías aquí. Estarías aquí —dijo ella, y puso la mano derecha sobre su propio pecho, sobre el corazón—. Y eso es más difícil. Pero también es más fuerte.

—¿Por qué?

—Porque aquí no hay pantalla. Aquí solo hay lo que sentimos. Y eso no se puede borrar.

Él no respondió de inmediato. Solo se inclinó hacia atrás, cruzó las piernas, y se pasó la lengua por los dientes. Estaba sudando. No era por calor. Era por tensión. Por lo que estaba por venir.

—Entonces te diré cómo te tocaría si estuviera aquí —dijo, voz baja, firme—. Primero, te desabrocharías la blusa, pero no la quitarías. La dejarías caer sobre los hombros, como ahora. Y yo me acercaría despacio. No correría. Me sentaría frente a ti, en esta silla, y te miraría. No vería tus pechos. Vería tus ojos. Porque sé que ahí es donde quieres que te vea.

—¿Y después?

—Después, pasaría una mano por tu cuello. No por el cabello. Por el cuello. Y sentiría cómo late tu pulso. Y si late rápido, no haría nada. Si late lento, te diría que respire conmigo. Que me ayude a que el aire se ponga más denso entre nosotros.

—¿Y después?

—Después, bajaría la mano, pero no a tus pechos. Bajaría hasta tu abdomen. Y si la piel está caliente, no te tocaría. Si está fría, sí. Te tocaría con la palma abierta, como si estuviera midiendo cuánto calor tienes ahí. Y te diría: *respira*. Que respiremos juntos.

—¿Y entonces?

—Entonces… entonces te tocaría los pechos. Pero no con urgencia. Los tocaría como si fueran dos promesas que aún no se han cumplido. Con la yema de los dedos, con la palma, con el pulgar, pero siempre con cuidado. Y te diría: *respira*. Que sigas respirando conmigo.

—¿Y si me pongo dura?

—Entonces me levantaría. Me acercaría a ti. Y te diría: *ahora te toco donde tú quieres*. Pero no te tocaría. Te besarías. Primero en la frente. Luego en la nariz. Y luego en los labios. Pero no con hambre. Con calma. Como si fuera la primera vez que te besaba, pero como si ya hubiera soñado este beso mil veces.

Lucía no respondió. Solo bajó los ojos. Y entonces, lentamente, con una mano aún sobre el muslo, con la otra se llevó la manga de la blusa y se la subió hasta el codo. Dejó al descubierto su antebrazo. Y entonces, con la uña del índice, se raspó suavemente la piel, desde la muñeca hasta el codo. Una vez. Otra vez. Una tercera.

—¿Te gusta? —preguntó Santiago.

—Me gusta que me preguntes.

—Entonces… ¿te gusta?

—Me gusta que lo preguntes una y otra vez. Como si no estuvieras seguro de que yo quiera que lo hagas.

—Pero sí quieres.

—Sí.

—¿Y si te dijera que ahora voy a desabrocharme la camiseta?

—Entonces te diría: *hazlo despacio*.

Él se levantó de la silla. No con prisión. No con teatro. Solo se levantó. Y empezó a desabrocharse la camiseta, botón tras botón, despacio, como si cada uno fuera una palabra que ya había aprendido. Y cuando se la quitó, se quedó quieto. Solo con la camiseta en las manos, con el pecho al descubierto, con el vello oscuro en los pechos, con las costillas marcadas por la respiración.

—¿Ahora qué? —preguntó ella.

—Ahora te pregunto: ¿quieres que me toque?

Ella no dijo nada. Solo puso la mano izquierda sobre su muslo, la derecha se deslizó por el estómago, bajó hasta la cintura de sus pantalones, y se detuvo.

—Sí —dijo.

—Entonces… —él se sentó de nuevo, cruzó las piernas, y se inclinó hacia la cámara—. ¿Me permites que te diga cómo me tocarías si estuvieras aquí?

—Sí.

—Primero, me acercaría a ti. Me pondría de rodillas. No porque sea humilde. Porque quiero sentir tu aliento. Quiero sentir tu cuerpo. Quiero saber si hueles a jabón, o a sudor, o a algo que no tiene nombre.

—Huelo a ti —dijo ella.

—Entonces ya sé qué hacer —dijo él, y sonrió.

—¿Qué?

—Te tocaría la cara. Con la yema de los dedos. Y te diría: *respira*. Que respiremos juntos.

—Y después.

—Después, te tocaría el cuello. Y bajaría hasta tus pechos. Y con la lengua, no con los dedos, los besaría. Uno. Otro. Y te diría: *respira*. Que sigas respirando conmigo.

—¿Y después?

—Después, me bajaría más. Te tocaría el ombligo. Y luego, con las manos, te abriría las piernas. No con fuerza. Con suavidad. Y te miraría. Solo te miraría. Y te diría: *ahora te toco donde tú quieres*. Pero no te tocaría. Te besarías. Primero en los muslos. Luego en

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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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