Pantalla Caliente
7 minPantalla Caliente
Me llamo Marco, y esta es la historia de cómo una llamada de Zoom se volvió la experiencia más desnuda —literal— de mi vida.
Estaba en casa, solo, con la luz tenue de la lámpara de escritorio encendida y el portátil en la mesita, frente a la cama. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor me subía del estómago a la garganta. A los diez minutos de haber enviado el link de la videollamada, la pantalla parpadeó y apareció Lucía.
No era la primera vez que chateábamos. Dos semanas de mensajes subidos de tono, fotos intercambiadas: una de ella con un crop top negro, los pechos pequeños pero firmes, las pezones rosados y visibles bajo la tela delgada; otra de sus piernas estiradas sobre el sofá, uñas pintadas de negro, muslos tensos. Ella me había mandado una mía con la camiseta mojada por el sudor después de correr, el pecho subiendo y bajando, el pene tieso en el bulto del pantalón. Todo consensuado. Todo entre adultos que sabían lo que querían.
—Hola, Marco —dijo, y su voz era más baja de lo que esperaba, más áspera. Llevaba una camiseta blanca, casi transparente, y debajo, nada más. Sus pezones se marcaban con clara nitidez, duros ya, sin tocarlos.
—Hola, Lucía —respondí, pero la voz me salió quebrada. Me senté más derecho en la silla, el pene en el pantalón se tensó contra la tela. Me dije: control. Pero control no era lo que buscábamos.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, inclinándose hacia adelante, sin quitar los ojos de la cámara. Su pecho se elevó, los pezones se endurecieron más, casi negros ya, como guisantes duros.
—Sí —susurré—. Mucho.
—Entonces no me mires solo los pechos. Mírame entera.
Y lo hice. La vi desde los pies, descalzas, uñas pintadas de negro, hasta la punta de los pies, hasta las rodillas, los muslos, la cintura estrecha, el ombligo, el pecho, el cuello, el rostro. Su pelo negro, recogido en un moño desordenado. Una gota de sudor le resbalaba por la sien. Su respiración, rápida.
—¿Quieres que me quite la camiseta? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que sí a su boca, entreabierta, labios rojos, húmedos.
—Sí —dije, con la garganta seca—. Sí, por favor.
Ella se asió el borde de la camiseta y la levantó lentamente, dejando al descubierto la piel de su abdomen, plana y tersa, el ombligo hundido, y luego los pechos. Pequeños, redondos, firmes. Pezones morenos, hinchados, apuntando hacia mí. Me pasé la lengua por los labios, sin quitar la vista de ellos.
—¿Los quieres tocar? —preguntó, y con la mano izquierda, lentamente, se asió el pecho derecho, apretándolo suavemente, dejando que el pezón se endureciera más, que se levantara como un nudo pequeño bajo su palma.
—Sí —dije, y ahora sí no pude contenerme—. Quiero lamerlos. Quiero chuparlos hasta que gimes.
Lucía cerró los ojos un segundo, inspiró hondo, y volvió a abrirlos, fijos en mí.
—Hazlo.
Puse las manos en el teclado, pero no toqué nada. Me incliné hacia adelante, acerqué la boca a la cámara, como si estuviera frente a ella.
—Abre las piernas —le pedí.
Ella obedeció. Se apartó un poco de la silla, separó las piernas, y me mostró lo que llevaba debajo: un pantalón corto de algodón negro, ajustado, con una humedad clara en la entrepierna. Ya estaba mojada. Ya pensaba en mí.
—¿Estás mojada por mí? —pregunté, con la voz más baja, más gutural.
—Sí —respondió, y su voz tembló—. Por ti. Por saber qué haces cuando estás lejos.
—Quiero verte.
Levantó las manos, se asió el borde del pantalón corto, y lo bajó con lentitud. Primero un muslo, luego el otro, dejando al descubierto su pubis, rasurado, limpio, con un rizo oscuro que se alzaba suave. Y luego, su vagina: labios rosados, hinchados, con una humedad brillante que se veía incluso a pantalla reducida. El clítoris, pequeño, pero hinchado, como un botón oscuro, ya excitado.
—Dios —susurré—. Estás perfecta.
—Tú también —dijo, y me miró fijamente—. Muestra lo que tienes.
Bajé la mano, desabroché el cinturón, deslicé la cremallera con lentitud. Me miró sin parpadear. Me pasé la mano por el pene, ya tieso dentro del calzoncillo, la punta húmeda, con la prepuce abierto. Se me llenó la boca de saliva. La respiración de Lucía se aceleró. La vi inclinar la cabeza, su lengua pasar por los labios, su pecho subir y bajar más rápido.
—¿Quieres verme meter el dedo? —preguntó, y antes de que yo respondiera, introdujo un dedo en su vagina, lento, dejándolo entrar hasta la primera falange.
—Sí —dije, y ahora ya no me importaba contenerme—. Mírame mientras te tocas.
Me desabroché los pantalones, los bajé hasta las rodillas, dejando libre mi pene, que se alzaba rígido, la cabeza morada, el prepucio retraído. Me agarré con la mano, abriendo y cerrando el puño, acelerando el ritmo. Mis ojos no se apartaban de la pantalla.
—¿Cómo te gusta que te toque? —pregunté.
—Así… —dijo ella, introduciendo un segundo dedo, expandiéndose, moviéndolos con lentitud, mientras se inclinaba hacia adelante, apoyando las manos en la mesa—. Lento. Hasta que me hace daño bien.
—¿Duele? —pregunté, con la voz ronca.
—Sí —susurró—. Duele cuando te lo imaginas entrando. Cuando sabes que es lo que quiero.
Me acerqué a la cámara, hasta que mi aliento se empañó la pantalla.
—Quiero sentirte. Quiero que te corras con mis palabras.
—Hazlo —dijo, y sus dedos se movieron más rápido, entrando y saliendo, estirando sus labios, mostrándome lo húmeda que estaba.
—Te voy a meter la lengua entre los muslos —susurré—. Y mientras te chupo el clítoris, te voy a decir lo que voy a hacer cuando estemos juntos. Voy a meterte dos dedos, y mientras te estiro, te voy a besar en el cuello, y mientras te corras, voy a apretarte la cintura con las manos, y te voy a besar la garganta, y te voy a decir que eres mía. Que nunca he sentido nada igual. Que te quiero ver otra vez. Que te quiero ver así, otra vez. Que quiero verte correr otra vez.
Lucía cerró los ojos, su respiración se entrecortó. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, los pechos se sacudieron, el clítoris se hinchó más, brillante, húmedo.
—Marco… —gimió, y luego soltó un gemido agudo, corto, seguido de otro, más largo, mientras sus dedos se movían más rápido, más fuerte.
—Sí, Lucía —dije, apretando mi pene con más fuerza, sintiendo que se acercaba—. Corré. Corre por mí.
Su cuerpo se tensó, sus piernas se estremecieron, y un segundo después, su vagina se contrajo, visiblemente, los labios se abrieron un poco, como si respirara, y una gota brillante salió de su clítoris, cayendo sobre su muslo.
—¡Sí! —gritó, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Ahora soy yo —dije, y me desató el calzoncillo, bajándolo de un jalón.
Me puse de pie, me acerqué más a la cámara, y con la mano, froté la punta del pene contra la pantalla, como si fuera su piel. Me pasé la lengua por los labios, y luego, lentamente, abrí la boca, y la acerqué a la cámara.
—Quiero que me veas entrar.
Me puse de pie, me acerqué más a la cámara, y con la mano, froté la punta del pene contra la pantalla, como si fuera su piel. Me pasé la lengua por los labios, y luego, lentamente, abrí la boca, y la acerqué a la cámara.
—Quiero que me veas entrar.
Lucía abrió los ojos. Me miró. Y sonrió.
—Hazlo —dijo.
Y mientras mi mano subía y bajaba, más rápido, más fuerte, mientras sentía que la punta se ponía caliente, mientras el líquido preseminal se acumulaba, mientras mi respiración se volvía agónica, ella volvió a mover los dedos, lentamente, mientras me miraba.
—Estoy por correr —dije.
—Corre —dijo ella—. Corre para
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