Nocturna — Parte 3
Aún sentía el calor de la corrida en mi cara, los hilos de esperma deslizándose por mis mejillas, cayendo sobre mis pechos como si fueran gotas de un río espeso y tibio. El que me había llenado la boca se alejó unos pasos, desnudo, con la pija todavía semierecta, brillante de mi saliva, y me miró como si acabara de conquistar algo que no tenía dueño. El otro, el que me cogía, el que me había abierto el culo como si fuera un perro, ahora me tenía clavada en la concha, entrando y saliendo con una furia que no parecía tener fin.
—Mirá cómo te chupa la concha —dijo el de atrás, agarrándome los hombros y empujando más fuerte—. Mirá cómo se traga mi pija esta zorra.
Yo no podía hablar. Solo gemía. Solo me corría. De nuevo. Otro orgasmo me subió desde los pies, como una corriente eléctrica que me quemaba las entrañas. Me estremecí, apreté las piernas, pero él no me dejó cerrarlas. Me las abrió con fuerza, me sostuvo las rodillas y siguió entrando, cada vez más hondo, como si quisiera llegar al fondo de mis entrañas.
Sentí cómo se hinchaba dentro de mí. Cómo su pija palpitaba. Y entonces, sin sacarse, me dio vuelta otra vez. Me puso de a cuatro, me agarró del pelo y me empujó la cara al suelo.
—Chupame —me ordenó.
Yo abrí la boca. Le metí la pija entera, todavía mojada de mi concha, de mi culo, de mi saliva. Sabía a mí, a sexo, a humedad caliente. Me la movía en la boca mientras el otro, el de la cara llena, se acercaba de nuevo.
—Mirá cómo la humilla —dijo el segundo, excitado—. Mirá cómo la hace chupar como una perra.
Él no se tocaba. Solo miraba. Hasta que se agachó, me agarró del culo y me metió un dedo en el ano. Yo gemí alrededor de la pija que me llenaba la boca.
—Está caliente —dijo, moviendo el dedo con lentitud—. Está lista.
El que me cogía el culo se sacó, me dio vuelta y me puso de espaldas. Me abrió las piernas, me agarró los tobillos y me los puso sobre sus hombros. Me miró con ojos de animal.
—Hoy no termina —me dijo—. Hoy es solo el principio.
Y entró.
No fue un solo embate. Fue una tormenta. Me cogió como si quisiera borrar el mundo. Cada estocada me sacudía el cuerpo, me hacía gritar, me hacía correr. Me corrí con su pija enterrada, con el dedo del otro aún en mi culo, con la mirada de ambos clavada en mí como si fuera un trofeo.
—Dame más —gemí, sin saber si se lo decía a uno o a los dos—. Por favor, no pares.
El de atrás se sacó y me dio vuelta. Me puso de nuevo de a cuatro. El otro se acercó, se paró frente a mí, y me metió la pija en la boca. Yo la chupé mientras el de atrás me entraba otra vez el culo.
—Mirá cómo se abre —repitió el de atrás, dándome una nalgada que me hizo chillar—. Mirá cómo se deja coger como una perra.
Yo chupaba, gemía, me corría. Sentía cómo el esperma del primero, el que me había llenado la cara, se mezclaba con mi sudor, con el sexo, con el olor de mi concha. Me sentía sucia. Perfecta.
Y entonces, el de adelante sacó su pija de mi boca.
—Hoy te marco —dijo.
No entendí. Hasta que vi cómo se agachaba, cómo me agarraba del culo con fuerza, y me metía la lengua en el ano.
—¡Dale! —grité—. ¡Lame, hijo de puta!
Lo hizo. Me lamió como si fuera su concha, como si quisiera saborear cada rincón. Me metía la lengua entera, me lamía los huevos, me chupaba el culo como si fuera un manjar.
El de atrás no paraba. Me cogía el ano con la pija, entrando y saliendo, cada vez más rápido, más fuerte.
—Voy a correrme —dijo—. Voy a correrme adentro.
—¡Sí! —grité—. ¡Dentro! ¡Llename!
Y lo hizo. Me llenó el culo con tres, cuatro chorros calientes que me quemaron por dentro. Sentí cómo me llenaba, cómo me marcaba.
El de adelante se paró, me dio vuelta, me abrió las piernas y me entró la concha sin avisar.
—Ahora vos —me dijo—. Ahora te marco yo.
Me cogió con furia. Con saña. Me mordió los pechos, me tiró del pelo, me escupió en la cara.
—Mirá cómo se deja —dijo el otro, el que me había llenado el culo—. Mirá cómo se deja marcar.
Y entonces, en medio del orgasmo más fuerte de mi vida, sentí cómo el segundo se corría dentro de mí. Me llenó la concha con su esperma, con fuerza, con rabia.
Me dejó allí, tirada, con el culo llorando, la concha abierta, la cara llena de saliva y sudor.
—Mañana —dijo uno—. Mañana seguimos.
—No —dijo el otro—. Esta noche.
Y yo, en el piso, con las piernas abiertas, con el cuerpo marcado, con el alma rota, supe que tenían razón.
Esto no había terminado.
Ni siquiera había empezado.
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