Nocturna — Parte 2
Yo sabía que había alguien al otro lado de la puerta. No lo vi, pero lo sentí. Como un escalofrío que me bajó desde la nuca hasta el culo, justo cuando él me estaba partiendo en dos. No dije nada. Seguí gritando, seguí corriéndome, pero adentro, algo se encendió. Alguien me estaba viendo. Alguien me había visto coger como una perra, llorando, gritando, con la cara hinchada de tanto que me había fumado de placer. Y eso… me encendió más.
A la mañana siguiente, me levanté antes que él. Caminé desnuda por el departamento, con la concha todavía abierta, mojada, como si no se hubiera cerrado desde la noche anterior. Me miré al espejo del baño. Tenía marcas en las caderas, chupones en los senos, el culo enrojecido. Sonreí. Me gustaba. Me gustaba haber sido usada así. Pero también me gustaba saber que alguien más lo había visto.
Volví a la habitación. Él dormía boca arriba, con la pija asomándose entre los pelos del pubis, flácida pero hermosa. Me arrodillé al lado de la cama y se la tomé. Empecé a chuparla despacio, sin ganas de despertarlo con brusquedad. Solo quería sentirla. Quería que se despertara sabiendo que yo ya estaba otra vez lista para que me cagaran a trompadas.
Pero no fue él quien habló.
—No te detengas.
La voz vino desde la puerta. Fría, ronca, segura.
Me quedé quieta. La pija en mi boca. Levanté los ojos.
Ahí estaba. El tipo del ojo de la cerradura. Alto, moreno, con una mirada de fuego y una pija que ya se marcaba bajo el pantalón. No se había movido de ahí. Había pasado la noche entera mirando. Y ahora, sin pedir permiso, entró.
—Sos vos —le dije, sin sacarme la pija de la boca.
—Sí —dijo, acercándose—. Y quiero lo mismo que él te dio. Pero más.
Él, el que estaba en la cama, se despertó en ese momento. Abrió los ojos, me vio con la boca llena, y al otro parado ahí, con los ojos clavados en mi culo.
—¿Qué carajo…?
—Cállate —le dijo el recién llegado—. No ves que está ocupada?
Y sin más, se desabrochó el cinto, se bajó el pantalón. Su pija saltó afuera, gruesa, con una vena que latía como un corazón. Me miró.
—Seguí. Quiero ver cómo se te hincha la garganta.
No me lo pensé. Volví a bajar la cabeza. Esta vez, tomé al recién llegado con la mano y al otro en la boca. Dos pijas. Una en la garganta, la otra en la mano. Sentí que me corría solo con eso. Me corrí sin que nadie me tocara la concha, como anoche. Pero más fuerte. Más sucio.
—Pará —le dijo el de la cama al otro—. ¿Quién carajo sos?
—El que va a cogérsela ahora —dijo el otro, sin sacar la vista de mí—. El que la va a hacer gritar más fuerte que vos.
El de la cama se levantó. No parecía enojado. Parecía excitado.
—¿Y si quiero mirar?
—Entonces mirá —dijo el otro—. Pero no te metás. Ella y yo tenemos cuentas que saldar.
Me paró de un tirón. Me dio vuelta. Me agarró del pelo y me obligó a inclinarme sobre la cama. Vi al otro, parado al lado, con la pija en la mano, mirando. No dijo nada. Solo se masturbó, despacio, mientras el nuevo me abría las nalgas con las manos.
—¿Querés que te coja así? —me preguntó el desconocido.
—Sí —le dije—. Duro. Como si me odiaras.
Entró de una. Sin preparación. Me partió. Grité. Un grito largo, roto, que salió desde el fondo de la panza. Me llenó. Sentí cómo me estiraba, cómo me abría, cómo me invadía. Él no se movía. Estaba todo adentro, quieto. Hasta que dijo:
—Decí mi nombre.
—No sé tu nombre —le dije.
—Entonces decí: “cogéme, desconocido”.
Lo dije. Lo grité. “¡Cogéme, desconocido!”. Y entonces empezó a moverse. Con fuerza. Con saña. Me cogió como si fuera su enemiga. Me llenó el culo de nalgadas, me tiró del pelo, me mordió los hombros. Y yo me corrí. Otra vez. Sin que me tocara la concha. Solo con la pija clavada en el culo, entrando y saliendo, marcándome.
El otro, el de anoche, se acercó. Se paró frente a mí. Me agarró la cabeza y me metió la pija en la boca. Yo lo chupé mientras el otro me cogía por atrás. Dos hombres. Dos pijas. Una en la boca, otra en el culo. Y yo en el medio, llorando, corriéndome, gritando.
—Mirá cómo se abre —dijo el de la pija en mi culo—. Mirá cómo se deja coger.
El otro sacó su pija de mi boca y me la puso delante de los ojos.
—Quiero que te corras mirándome —me dijo—. Quiero que veas cómo te lleno la cara.
No pude decir nada. Solo asentí. El de atrás redobló los embates. Me cogió más fuerte, más rápido. Y yo, con los ojos clavados en la pija del otro, sentí cómo subía el orgasmo. Lento, profundo. Me sacudió entera. Grité. Me corrí con tanta fuerza que sentí que me desmayaba.
Y en ese momento, el de adelante se corrió. Me llenó la cara. Dos, tres, cuatro chorros. Calientes. Salados. Me los esparcí con los dedos, sonriendo.
El de atrás se sacó, me dio vuelta, me abrió las piernas y entró. Esta vez en la concha. Sin decir nada. Solo cogiendo. Como si me odiara. Como si tuviera mil años de rencor.
Y yo, con la cara llena de esperma, con el culo llorando, con la concha abierta… supe que no iba a salir de ahí nunca. Que esto no había terminado.
Que apenas empezaba.
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