Nocturna — Parte 1
Yo soy Noelia, pero todos me dicen Nocturna. No por cursi, ni por rara, sino porque nunca duermo. Desde que era chica, las noches me pertenecen. Mientras el mundo ronca, yo camino, fumo, leo, miro. Y a veces, también deseo. Tengo treinta y dos, los ojos oscuros como el café amargo y el pelo largo, lacio, que siempre termina enredado entre los dedos de algún hombre que no sabe que solo viene a mi cama por una noche. No busco amor. Busco calor. Busco que me llenen. Que me rompan. Que me hagan gritar hasta que el vecino de arriba tire un zapato contra el piso.
Él se llama Darío. Lo conocí en un bar de mala muerte del centro, donde la cerveza sabe a metal y los cuerpos se rozan sin permiso. Vino a sentarse a mi lado como si me conociera de toda la vida. Tenía el pelo canoso en las sienes, el brazo tatuado hasta el cuello y una pija que, aunque no la vi todavía, ya sabía que era grande. Lo supe por cómo se sentó, con las piernas abiertas, como si no le importara que el mundo viera cómo se le marcaba el bulto en el pantalón.
—Vos sos de las que no hablan mucho, ¿no? —me dijo, acercándose tanto que sentí su aliento a whisky y nicotina.
—Hablo lo justo —le dije—. Lo demás lo hago con la boca cerrada… o abierta.
Se rió. Un sonido profundo, de garganta. Me miró la boca como si ya me la estuviera follando con los ojos.
—Me gusta cuando una mina sabe lo que quiere.
—Y vos, ¿qué querés?
—A vos. Desde que entraste.
No mentía. Lo vi en sus pupilas: dilatadas, hambrientas. Esa mirada que solo un hombre que sabe lo que es coger de verdad puede tener. No era un chico. Era un tipo con historia, con cicatrices, con manos que habían agarrado más que copas.
Salimos del bar sin pagar la última ronda. Afuera, la ciudad brillaba como un cuerpo desnudo bajo la lluvia. Nos metimos en un taxi y ni siquiera le dije al conductor adónde ir. Darío me empujó contra la ventanilla, me agarró del pelo y me besó como si fuera a comérmela. Su lengua entró en mi boca con fuerza, caliente, exigente. Sentí su mano bajar por mi espalda, apretarme el culo con ganas, como si quisiera marcarlo.
—Tenés un culo de puta —me dijo al oído—. De esas que nacen para que las cojan bien.
—Y vos tenés pinta de ser de los que no preguntan —le respondí—. De los que agarran y entran.
—Exacto.
Llegamos a mi departamento. Subimos las escaleras en silencio, pero con las manos ya peleando. En el segundo piso, me empujó contra la pared y me subió la pollera. No tenía tanga. Nunca la uso cuando salgo. Él sonrió, metió dos dedos de una y me los metió hasta el fondo.
—Estás chorreando, mina.
—Por vos. Desde que te vi.
Me chupó los dedos como si fuera mi concha, y después me los volvió a meter. Grité. Me mordió el cuello. Subimos los últimos escalones como si fuéramos a una ejecución.
Adentro, ni siquiera encendí la luz. Me tiró sobre la cama boca abajo, me bajó la pollera de un tirón y me dejó solo con la camisa. Me agarró las caderas y me levantó el culo. Oí cómo se desabrochaba el cinto, el sonido del jean cayendo al piso, el paquete de preservativos que sacó del bolsillo.
No me dio tiempo a nada. Me agarró del pelo, me bajó la cabeza hasta que mi cara quedó enterrada en la almohada, y me abrió las nalgas con una mano. Sentí su pija en la entrada de mi culo, dura, gruesa, caliente.
—¿Te gusta el culo, mina? —me dijo.
—Sí —gemí—. Dámelo.
No esperó más. Entró de una. De lleno. Como si me fuera a partir en dos. Grité. Un grito largo, ronco, que ni yo reconocí. Me llenó por dentro, cada centímetro de mi culo se adaptó a su grosor. Me movió las caderas como si fuera un perro en celo, pero con fuerza, con dominio. Yo me dejaba, gritando, llorando, chorreando de placer.
—¡Sí, dale, cogéme! —le grité—. ¡Entrame todo!
Y lo hizo. Una, dos, tres veces. Hasta que sentí que me corría sin que me tocara la concha. Un orgasmo profundo, de tripas, que me sacudió entera. Me dejó llorando, temblando, con su pija todavía enterrada en mi culo.
Se sacó, me dio vuelta y me miró. Tenía los ojos llenos de fuego.
—Ahora te voy a coger la concha —me dijo—. Pero primero quiero que me mames la pija.
Me arrodillé. Se la chupé como si fuera la última vez. La tenía salada, con mi propio culo marcado en la punta. Me hizo tragar hasta la base. Me ahogué, lloré, pero no paró.
Cuando terminó, me tiró otra vez a la cama. Me abrió las piernas y entró. Esta vez en la concha. Y fue peor. Mejor. Más fuerte. Me cogió como si me odiara, como si tuviera mil años de rencor acumulado. Y yo se lo agradecí gritando su nombre, mordiéndome el labio, corriéndome otra vez mientras él seguía entrando y saliendo, sin piedad.
Cuando terminó, cayó al lado mío. Sudado, jadeante. Yo no dije nada. Solo encendí un cigarro y se lo pasé.
—Mañana —me dijo— quiero que me cojas con el culo otra vez.
—Mañana no estoy —le dije—. Yo no repito.
Me miró, serio.
—Vas a repetir.
Y yo, en vez de decir que no, sonreí. Porque sabía que tenía razón.
Pero no le dije que al otro lado de la puerta, mientras él me cagaba a trompadas de placer, había alguien que me miraba por el ojo de la cerradura.
Alguien que ya había visto todo.
Y que no iba a quedarse de espectador por mucho tiempo.
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