Mi primera vez con mi prima
Yo nunca pensé que terminaría follando con mi prima, pero ahí estaba yo, de rodillas en la cama de su cuarto, con el corazón a punto de reventarme el pecho, viendo cómo se desvestía frente a mí con una lentitud que me volvía loco. Tenía veintidós años, yo diecinueve, y aunque siempre nos habíamos llevado bien, nunca hubo nada más que risas de familia, bromas tontas en las reuniones. Hasta ese verano.
Había ido a pasar unos días en su casa porque mis padres se fueron de viaje y ella me ofreció quedarme con ella. Vivía sola, en un departamento pequeño pero acogedor en el centro de la ciudad. Los primeros días fueron normales: salíamos, veíamos películas, cocinábamos juntos. Pero había algo en la forma en que me miraba, en cómo rozaba su brazo con el mío cuando caminábamos, en cómo se sentaba a mi lado con las piernas abiertas, sin vergüenza, como si supiera que yo la estaba mirando.
Una noche, después de unas copas de vino, estábamos en el sofá viendo una película romántica cualquiera. Yo sentado, ella acostada, con la cabeza en mi regazo. No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto sentí que su mano se deslizaba por mi pierna, lenta, como probando. No me moví. No quería asustarla, no quería que parara. Y entonces, con una naturalidad que me dejó sin aire, subió la mano hasta mi entrepierna y me apretó la polla por encima del pantalón.
—¿Te gusta? —me preguntó, sin mirarme, con una sonrisa tímida.
Yo tragué saliva. No podía hablar. Asentí con la cabeza, y ella, con una risita suave, se sentó y me miró fijo.
—Hace tiempo que quiero hacer esto —dijo—. Desde que te vi crecer. Eres tan… fuerte ya.
Yo no sabía qué decir. Me sentía caliente, excitado, pero también nervioso. Era mi prima. Mi sangre. Pero no me importó. No en ese momento. Solo quería sentir su boca, sus manos, su cuerpo.
—Yo también —logré decir—. Siempre te vi… diferente.
Ella sonrió, se acercó y me besó. No fue un beso de prima. Fue un beso húmedo, profundo, con lengua, con ganas. Sus labios se abrieron sobre los míos, su lengua entró, exploró mi boca como si tuviera derecho. Y yo se lo di. Le di todo. Le di mi boca, mis manos, mi cuerpo entero.
Le subí la camiseta y le saqué el sostén. Tenía tetas grandes, pero firmes, con pezones oscuros que se pusieron duros apenas los toqué. Le pasé las manos por los senos, los apreté, los mordí. Ella gemía, se arqueaba, me jalaba del pelo.
—Sí, así, fuerte —me decía—. No me lastimes, pero no me trates como si fuera de cristal.
Me paré, me saqué los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento. Mi polla saltó libre, dura como piedra, con la cabeza hinchada y brillante de pre. Ella la miró con los ojos muy abiertos.
—Dios, es enorme —dijo, y sin más, se arrodilló frente a mí.
Sentí su boca cálida envolverme de golpe. Me la tragó entera, hasta la base, como si llevara años practicando. No había dudas, no había torpeza. Solo deseo, hambre. Me chupó con fuerza, con succión, con lengua alrededor del frenillo, con la mano masturbándome la base. Gemía alrededor de mi polla, y ese sonido me encendió más de lo que creía posible.
—Para, para —logré decirle, porque si no, me corría ahí mismo.
Ella se detuvo, me miró con ojos brillantes, la boca hinchada, la comisura mojada de saliva.
—¿Quieres hacerlo? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero quiero verte desnuda primero.
Se paró, se quitó el short, luego las bragas. Tenía un coño rasurado, rosado, con los labios hinchados, húmedos. Me acerqué, me arrodillé yo, y le abrí las piernas. Ella apoyó una mano en mi hombro.
—¿Nunca lo hiciste con una mujer?
—No —dije—. Nunca.
—Entonces déjame enseñarte —dijo.
Me agarró de la cabeza y me empujó hacia abajo. Mi boca tocó su coño por primera vez. Sabía salado, dulce, caliente. Empecé a lamerle el clítoris, despacio, con la lengua alrededor. Ella gemía, se movía, me jalaba.
—Sí, así, con la lengua… más fuerte… más adentro…
Empecé a meterle la lengua, como si fuera una polla. Ella se retorcía, me agarraba del pelo, me empujaba más contra ella.
—Voy a correrme —dijo, y de pronto su cuerpo se tensó, sus piernas temblaron, y sentí cómo se mojaba más, cómo su coño se contraía con cada oleada de placer.
Cuando terminó, me miró, me sonrió, y me dijo:
—Ahora tú.
Me paré, me subió a la cama, me hizo acostar. Luego se subió encima de mí, a horcajadas, con mi polla justo debajo de su coño.
—¿Estás listo? —me preguntó.
—Sí —dije—. Hazlo.
Y entonces, lentamente, me fue introduciendo. Primero la cabeza, luego un poco más. Era estrecha, caliente, húmeda. Sentí cómo me apretaba, cómo me recibía. Ella bajó más, más, hasta que me tuvo entero dentro.
—Dios… —dije—. Estás tan apretada…
—Shhh —me dijo—. Disfruta.
Comenzó a moverse, arriba y abajo, lento al principio, luego más rápido. Cada vez que bajaba, me enterraba más adentro. Yo le agarraba las tetas, le mordía los pezones, le jalaba el pelo.
—Sí, así, cabrón, dame duro —me decía.
Y yo le di. Le di todo. Le embestí desde abajo, con fuerza, con ganas. Le abrí las nalgas con las manos, le metí un dedo al culo mientras follábamos, y ella gritó.
—¡Sí, por ahí también!
Le empujé el dedo más adentro, y seguí follando, con más ritmo, más profundidad. Ella se corrió otra vez, gritando mi nombre, apretándome la polla con su coño.
—No voy a aguantar más —le dije—. Me voy a correr.
—Hazlo —dijo—. Correte adentro.
Y así lo hice. Con un par de embestidas más, me vine con fuerza, llenándola por dentro. Sentí cómo mi semen salía caliente, cómo ella se estremecía con cada chorrito.
Nos quedamos así un rato, sudados, respirando fuerte, con mi polla aún dentro de ella.
—¿Te gustó? —me preguntó.
—Fue la mejor puta experiencia de mi vida —dije.
Se rió, se acostó a mi lado, y me abrazó.
—Podemos hacerlo otra vez —dijo—. Siempre que quieras.
Y lo hicimos. Todas las noches que estuve en su casa, follamos como si no hubiera un mañana. En la cama, en el baño, en el sofá, en la cocina. A veces ella me montaba, a veces yo la ponía boca abajo y le daba por detrás. Una vez le até las manos al cabecero y le follé el culo con un consolador antes de meterle la polla. Gritó, lloró, pero me rogó que no parara.
Nunca se lo contamos a nadie. Seguimos siendo primos, seguimos en familia. Pero cada vez que nos vemos, hay una mirada, una sonrisa, un roce de dedos que dice más que mil palabras.
Yo ya no soy virgen. Y todo gracias a ella. A mi prima. A la mujer que me enseñó lo que es desear de verdad, lo que es follar sin miedo, sin vergüenza, sin límites.
Y si algún día me pregunta si volvería a hacerlo, le diré que sí. Mil veces sí. Porque no fue solo mi primera vez. Fue el comienzo de todo.
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