Mi primera vez con mi jefe

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La oficina estaba vacía, sumida en el silencio pesado de las nueve de la noche. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido sordo, como si también estuvieran cansadas. Camila recogía sus cosas con movimientos lentos, fingiendo que no notaba la mirada de Sebastián clavada en ella desde el umbral de su despacho. Él no se movía, solo la observaba, con los brazos cruzados y los dedos golpeando suavemente el antebrazo. Alto, traje oscuro, corbata aflojada, camisa blanca desabotonada hasta el tercer botón. Su voz, cuando habló, fue baja, grave, como el ronroneo de un motor encendido en la oscuridad.

—Te quedaste hasta tarde —dijo.

Camila alzó la vista. Sus ojos se encontraron. Ella sintió un cosquilleo caliente bajar desde el estómago hasta entre las piernas.

—Quería terminar el informe antes del viernes —respondió, intentando sonar natural, pero su voz tembló un poco.

—Y yo quería verte terminarlo —dijo él, sin sonreír. Dio un paso adelante. El tacón de su zapato resonó en el suelo de mármol.

Camila no se movió. El aire entre ellos se espesó. Ella sabía que algo iba a pasar. Lo había sentido durante semanas, en cada mirada prolongada, en cada roce accidental en la sala de reuniones, en cada correo que él le enviaba a las once de la noche. Pero nunca se atrevió a decir nada. No hasta ahora.

—¿Tienes miedo? —preguntó él, deteniéndose a medio metro de ella.

—No —mintió.

Sebastián sonrió, apenas una curva en la comisura de los labios. Dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que ella podía oler su colonia: madera, humo, algo animal. Levantó una mano y le tocó el cuello con el dorso de los dedos. Un contacto leve, apenas un roce, pero Camila jadeó. Sus pezones se endurecieron al instante, presionando contra la tela del sujetador.

—Mientes bien —dijo él—. Pero tus pezones no mienten. Se han puesto duros solo con que te toque.

Camila bajó la vista, avergonzada. Él rio, bajo, gutural.

—No te avergüences. Me gusta que reacciones así. Me gusta que tu cuerpo me responda antes que tu boca.

Le rodeó la cintura con ambas manos y la atrajo hacia sí. Ella sintió su erección contra el vientre, dura, insistente. No llevaba ropa interior debajo del traje, solo un bóxer ajustado, y el bulto de su polla se marcaba con claridad. Camila no pudo evitar moverse un poco, frotándose contra él sin querer.

—¿Nunca te han tocado así? —preguntó Sebastián, bajando una mano hasta su trasero, apretando con fuerza.

—No —respondió ella, con la voz entrecortada.

—¿Nunca has tenido una polla dentro de ti?

—No.

—¿Ni siquiera con dedos?

—No.

Sebastián gruñó, como si eso lo excitara aún más.

—Eres mía —dijo—. La primera vez será conmigo. Y la última también.

La levantó como si no pesara nada y la sentó sobre su escritorio. Los papeles se esparcieron, pero a ninguno de los dos les importó. Él se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas con autoridad y le subió la falda hasta la cintura. Camila llevaba unas medias negras sujetas con ligueros, y una tanga diminuta de encaje rojo. Él la miró como si fuera un manjar prohibido.

—Joder —murmuró—. Tan mojada ya. Y ni siquiera te he tocado.

Le bajó la tanga con los dientes, despacio, sin prisa, arrastrando la tela por sus muslos. Luego acercó la nariz a su sexo y aspiró profundo.

—Hueles a miel y deseo —dijo—. A virgen lista para ser follada.

Camila se mordió el labio. No sabía si debía hablar, si debía decir algo. Pero él no le dio tiempo. Le separó los labios con los dedos y le pasó la lengua desde el culo hasta el clítoris, lento, húmedo, profundo. Ella gritó, agarrándose al borde del escritorio.

—Calla —dijo él, sin dejar de lamer—. No quiero que nadie te oiga. Quiero que esto sea solo nuestro.

Camila asintió, apretando los dientes. Él volvió a su sexo, ahora con más hambre. Su lengua se hundía en ella, lamía su humedad, chupaba su clítoris con movimientos circulares, firmes, exigentes. Camila sentía que el orgasmo subía, lento pero inevitable, como una ola que se acumula antes de estrellarse.

—No —dijo él, apartándose de repente—. No vas a correrse así. No todavía.

Ella jadeó, frustrada, con el cuerpo ardiendo.

—Por favor… —susurró.

—¿Por favor qué? —preguntó él, poniéndose de pie—. Di lo que quieres.

—Quiero… quiero tu polla.

Sebastián sonrió.

—Buena chica.

Se desabrochó el pantalón con una sola mano y sacó su pene. Era grande, grueso, con una vena que latía bajo la piel. La cabeza estaba hinchada, roja, goteando. Camila no pudo evitar mirarla con los ojos muy abiertos.

—¿Tienes miedo? —volvió a preguntar él.

—Sí —dijo ella—. Pero quiero que me la metas.

Él se acercó, le separó más las piernas y colocó la punta de su polla en la entrada de su vagina. Camila contuvo la respiración.

—Relájate —dijo él—. O te dolerá más.

Empujó.

El primer centímetro fue fuego. Camila gritó, agarrándose a sus hombros. Él se detuvo.

—Respira —ordenó—. Adentro, afuera. Como te enseñé.

Camila obedeció. Inhalar. Exhalar. Él volvió a empujar, despacio, pero con firmeza. La penetró poco a poco, llenándola, estirándola. Sus paredes internas se ajustaban a él, resistiendo, luego cediendo. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto.

—¿Duele? —preguntó.

—Sí… pero también… me gusta.

—Bien —dijo él—. Porque no voy a parar.

Comenzó a moverse. Sacaba casi toda su polla, dejando solo la punta dentro, y luego volvía a hundirla hasta el fondo. Camila sentía cada centímetro, cada roce, cada embestida como un latigazo de placer y dolor mezclados. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, libres ya del sostén que él le había arrancado sin ceremonias.

—Mírame —dijo Sebastián—. Quiero verte los ojos cuando te follo.

Ella lo miró. Sus pupilas dilatadas, su boca entreabierta, su respiración agitada. Él aceleró el ritmo. Ahora sus caderas golpeaban contra las de ella con fuerza, el sonido de la carne chocando contra carne llenaba la oficina. El escritorio temblaba. El semen empezaba a salir de ella, resbalando por sus nalgas, manchando la alfombra.

—Voy a correrme —dijo Camila, con voz quebrada.

—No —dijo él—. No sin permiso.

Se detuvo de nuevo, saliendo de ella con un chasquido húmedo. Camila gimió de frustración.

—No te preocupes —dijo él—. Voy a darte más.

La tomó por los hombros y la giró, poniéndola de rodillas frente al escritorio. Le bajó la cabeza hasta que su cara quedó pegada al vidrio frío.

—Ahora te voy a follar por detrás —dijo—. Y cuando te corras, será gritando mi nombre.

Se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos y le pasó la lengua desde el ano hasta el clítoris. Luego, sin aviso, la penetró de nuevo, esta vez con más fuerza. Camila gritó, pero no de dolor. Esta vez fue placer puro. Su clítoris palpitaba, sus entrañas se contraían alrededor de la polla que la invadía.

—¡Sebastián! —gritó—. ¡Sí, así!

Él no respondió con palabras. Solo con embestidas. Profundas, duras, cada una más fuerte que la anterior. Sus testículos golpeaban contra su culo con un sonido obsceno. Camila sentía que iba a desmayarse del placer. Sus dedos se clavaron en el borde del escritorio, sus piernas temblaban.

—¡Correte! —ordenó él—. ¡Ahora!

Y ella lo hizo. Un orgasmo violento, eléctrico, que la sacudió de arriba abajo. Gritó su nombre, una y otra vez, mientras su sexo palpitaba, mojándose más, exprimiendo la polla que la llenaba.

Él no se detuvo. Siguió follando, más rápido, más fuerte, hasta que su propio orgasmo llegó. Camila lo sintió: su polla se hinchó más, luego empezó a latir dentro de ella, y al instante siguiente, sintió el calor de su semen llenándola, brotando en oleadas profundas.

Sebastián se quedó dentro de ella, jadeando, con las manos aún en sus caderas. Luego, lentamente, se retiró. Su semen resbaló por sus muslos, espeso, blanco.

—Primera vez —dijo, acariciándole el cabello—. Pero no la última.

Camila se dio vuelta, todavía con el cuerpo temblando. Él le limpió el rostro con la manga de su camisa, luego se abrochó el pantalón.

—Vete a casa —dijo—. Dúchate. Mañana quiero verte temprano. Tenemos mucho que hacer.

Ella asintió, recogió su ropa y se vistió en silencio. Antes de salir, lo miró por última vez.

—¿Puedo preguntar algo? —dijo.

—Pregunta.

—¿Por qué yo?

Él se acercó, le tomó el rostro con ambas manos y la besó, lento, profundo, con sabor a sexo y poder.

—Porque desde el primer día —dijo— supe que serías mía. Y porque tú también lo supiste.

Camila salió de la oficina con el corazón acelerado, las piernas débiles, el cuerpo marcado por él. Sabía que no sería la última vez. Y no quería que lo fuera.

Esa noche, en la ducha, se tocó pensando en su jefe. En su polla. En su voz. Y se corrió de nuevo, con un gemido ahogado, el nombre de Sebastián en los labios.

La primera vez había sido solo el comienzo.

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