Mi primera vez con mi compañero de trabajo
La primera vez que me di cuenta de que algo podía pasar entre Franco y yo fue un viernes de lluvia, después de una reunión que se alargó más de la cuenta. Todos se habían ido, el edificio estaba vacío, y afuera el cielo se caía a pedazos con un aguacero que no daba señas de parar.
—Che, ¿vos no vivís por Villa Urquiza? —me preguntó mientras se ponía el abrigo, mirándome con esa sonrisa de costado que me hacía sentir rara adentro.
—Sí, justo al lado del parque. ¿Vos no andás por allá también?
—Casi, casi. Vivo en la avenida, a unas cuadras. Si querés, te acerco. Con este tiempo no vas a agarrar colectivo ni en pedo.
Acepté sin pensarlo dos veces. El auto era chico, viejo, pero limpio. Olía a eucalipto y a algo dulce que no supe identificar. El silencio entre nosotros al principio era cómodo, pero también cargado. Como si los dos supiéramos que algo se movía, pero ninguno quería nombrarlo.
—¿Tomás algo? —me ofreció cuando llegamos a mi edificio. —Con este frío, un trago no viene mal.
Y ahí estábamos, en mi departamento, con dos whiskys en la mano y la ropa todavía medio mojada. Hablamos de todo y de nada: del laburo, de los jefes, de esa compañera que siempre llega tarde y se hace la interesante. Pero yo sentía sus ojos en mí. No de un modo incómodo, al contrario. Como si me estuviera descubriendo a cada segundo.
—¿Sabés qué? —dijo de golpe, apoyando el vaso en la mesa—. Siempre me pareciste bárbara. Pero hoy, con el pelo mojado y esa remera pegada… no sé, me mataste.
No me dio tiempo a contestar. Se acercó, lento, y me besó. Suave al principio, como preguntando. Y después más hondo, con ganas. Yo no me resistí. Al contrario. Me aferré a su camisa, como si tuviera miedo de que se escapara.
—¿Esto está bien? —me preguntó, separándose apenas un centímetro.
—Sí —le dije, casi en un susurro—. Sí, está más que bien.
Fue mi primera vez con un hombre así. No quiero decir que no hubiera estado con otros antes, pero con ellos fue distinto. Rápido, desesperado, como si tuvieran que probar algo. Con Franco no. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Me desvistió con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo. Y cuando me tocó la concha por primera vez, sentí un calor que no conocía.
—¿Estás segura? —volvió a preguntar, con la pija ya dura, apenas cubierta por el bóxer.
—Sí —le dije, agarrándolo suave por la nuca—. Vení, cogé.
No fue perfecto. Hubo risas por los tropiezos, un condón que se cayó al piso, un momento incómodo cuando no supimos quién lo ponía. Pero fue hermoso. Porque fue lento, porque fue con ganas, porque fue real.
Cuando entró, fue como si todo encajara. No fue de golpe, sino poco a poco, como si estuviéramos descubriendo el cuerpo del otro por primera vez. Me mordió el cuello, yo le clavé las uñas en la espalda. Y cuando empecé a gemir, no me avergoncé. Al contrario. Quise que me escuchara, que supiera que lo que hacía me volaba la cabeza.
—¿Así? —me preguntó, moviéndose despacio.
—Sí, así… pero más fuerte.
Y entonces sí. Entonces fue garchar de verdad. Como si el mundo se hubiera achicado a la cama, a nuestros cuerpos sudados, a los besos entre jadeos. No duró horas, pero me pareció eterno. Y cuando terminamos, nos quedamos abrazados, sin hablar, escuchando la lluvia afuera.
—¿Sabés qué? —dije yo, con la cabeza apoyada en su pecho—. Me hubiera gustado que mi primera vez con vos fuera antes.
—¿Primera vez? —sonrió—. Esto apenas fue el calentamiento.
Y en ese momento supe que no era el final, sino el comienzo.
¿Te ha gustado? Valóralo