Mi primera vez con la nueva vecina
5 minMi primera vez con la nueva vecina
Yo nunca imaginé que algo así me pasaría. Tenía treinta y dos años, soltero desde hacía tres, y mi vida era una rutina aburrida: trabajo, gym, Netflix, dormir. Hasta que ella se mudó al departamento del frente, el tres-B. Se llamaba Lucía. Veintiocho, me dijo, bailarina de contemporary, o algo así. Alta, piel morena oscura, caderas anchas y tetas grandes que se movían con una naturalidad que me dolía mirar. Se notaba que sabía usarlas. Me salió en el pasillo un par de veces cargando cajas, con pantalones ajustados y camiseta sin mangas, y yo ya tenía la entrepierna tensa.
La primera vez que hablé con ella fue cuando su llave se rompió y tuvo que llamar al portero. Estaba allí, en el lobby, con las manos en la cintura y una expresión de frustración que se me clavó en la entrepierna. Me acerqué, le ofrecí ayuda, y me dijo con una sonrisa que me hizo sentir vivo: «¿Podrías llamarme un taxi? No tengo ganas de esperar media hora». Su voz era grave, con un matiz que me hizo tragar saliva. Le dije que no había problema, y mientras llamaba al taxi, me miró de arriba abajo, no con picardía, sino con curiosidad, como si me estuviera calculando. Me llamó la atención.
Dos semanas después, me encontré con ella en la cocina compartida del edificio a las once de la noche. Se estaba sirviendo un vaso de leche con miel, vestía una camiseta blanca que le llegaba a la mitad del muslo y nada más. No llevaba nada debajo. Lo vi por el borde de la camiseta, el contorno redondo de su vulva, húmedo y oscuro. Me paralizó. Ella me vio mirar y no se ruborizó, solo se giró lento, dejó el vaso en la mesa y caminó hacia mí. No me moví. Se detuvo a un palmo, me miró a los ojos y dijo: «¿Quieres verme desnuda?». No respondí. Solo asentí, con la boca seca. Ella me tomó de la muñeca y me condujo a su departamento.
La puerta se cerró con un clic. Ella se sentó en el borde de su cama, una cama ancha, con sábanas grises y una manta de algodón. Me señaló con la punta de los dedos que me sentara frente a ella, a un metro. Me desabrochó la camisa lentamente, uno por uno, mientras me miraba fijamente. Cuando me quedó sin ropa, se inclinó y puso su mano derecha sobre mi pene, que ya estaba tieso y palpitando dentro del pantalón. Me lo acarició sin quitar los ojos de encima, con la palma firme, los dedos abiertos, y me dijo: «Es la primera vez que te veo así. Me gusta». Me desabrochó el cinturón y el botón de los jeans, bajó la cremallera con lentitud, y sacó mi pene. Estaba hinchado, morado en la punta, con una gota de pre-cum que brillaba bajo la luz del techo. Ella lo sostuvo entre sus dedos índice y pulgar, lo frotó suavemente, y luego lo llevó a su nariz y lo olfateó. «Huele a hombre», susurró. «A sexo». Me pidió que me quitara los pantalones y los boxers, y lo hice con manos temblorosas.
Cuando quedé desnudo frente a ella, ella se levantó. Se quitó la camiseta blanca con un movimiento fluido y se puso de rodillas frente a mí. Me abrió las piernas con las manos y me abrazó la entrepierna. Primero lamió mi escroto, con la lengua plana, y luego subió hasta la base de mi pene. Me lo envolvió entero con la boca, sin prisa, y me chupó como si le diera hambre. Me moví, quería meterme más, pero ella me empujó suavemente hacia atrás con las manos. «No te muevas», susurró. «Déjame saborearte». Me chupó la punta con fuerza, con la lengua rozando el orificio, y luego metió todo el glande. Me agarré de su pelo, pero ella no se dio por aludida. Me chupó hasta que sentí que me iba a correr, y entonces me soltó, se puso de pie y se quitó los pantalones y la pequenina braguita negra que llevaba debajo. Me mostró su vulva. Estaba húmeda, los labios mayores abiertos, los menores rosados y hinchados, con un pequeño montículo en la parte superior: su clítoris, brillante y exigente.
Me senté en la cama y la llamé. Se acercó y se subió sobre mí, con las rodillas a cada lado de mi torso. Me agarré de sus caderas y la guidé hacia mi pene. La punta rozó su entrada, y ella gimió: «Sí, mete todo». Empujé suavemente, y su vagina se abrió, cálida, húmeda, apretada. Entré poco a poco, sentí sus músculos tensándose, estirándose, y cuando todo mi pene estuvo dentro, me detuve. Ella se inclinó, me besó en el cuello y me dijo: «Más fuerte. Quiero sentirte dentro». Empecé a moverme. Entraba y salía con ritmo suave, al principio, pero ella me pidió más velocidad. «Sí, así. Más rápido». Empecé a bombear con fuerza, con el pecho contra su espalda, agarrándole las caderas con fuerza, sintiendo su vulva estirarse y contraerse alrededor de mi pene. Me pidió que le tocara el clítoris. Le pasé el pulgar por encima y sintió cómo se encendía. Gimió más fuerte, su respiración se aceleró, y entonces me dijo: «Me voy a correr. Apúntate». Sentí cómo su vagina se contraía, espasmódica, apretándome como una mano. Yo la sostuve y la empujé con fuerza hacia abajo, y me corrí dentro de ella. Llené su útero con mis eyaculados, gruesos y calientes. Me desplomé sobre ella, sudado, sin fuerzas, pero feliz.
Esa noche no volvimos a hablar de nada. Solo nos quedamos abrazados, ella con la cabeza en mi pecho, yo con la mano sobre su vulva, que aún palpitaba. Me besó la barbilla y se levantó para ir al baño. Volvió con una toalla húmeda y me limpió el pene. «Gracias», me dijo. «Había mucho tiempo que no me corría así». Yo solo asentí. No necesité más. Sabía que aquello no había sido un error. Era el principio de algo.
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