Mi primera vez con la estudiante de intercambio
7 minMi primera vez con la estudiante de intercambio
Nunca pensé que la vida me reservaría algo así. Ella se mudó al departamento del fondo de la casa de mi tía hace dos semanas, y yo —que vivo aquí desde hace cinco años— apenas le había dicho hola. Era la típica estudiante de intercambio: rubia, ojos verdes como el ámbar bajo el sol de mediados de año, y una sonrisa tímida que parecía esconder más de lo que decía. Se llamaba Sofía. Venía de Chile, decía. Pero más que su origen, me atrapaba su presencia. La veía pasar por la ventana mientras estudiaba en el jardín, con los cabellos recogidos en un moño desordenado, el cuello estirado como el de un cervatillo alerta. Tenía una manera de morderse el labio inferior cuando concentrada, y eso —no sé por qué— me hacía sentir algo dentro del pecho, un temblor suave que no era miedo, ni ansiedad, sino algo más antiguo, más profundo.
El viernes pasado llovió todo el día. Yo volví a casa con la ropa mojada y el alma pesada. Me encerré en mi habitación a cambiar, pero cuando salí, escuché una música suave, casi inaudible, viniendo del patio trasero. Salí sin pensarlo, still con la camiseta seca, y la vi allí, sentada en el banco de madera bajo la pérgola, con una manta puesta sobre los hombros y una taza de té humeante entre las manos. El cielo seguía gris, pero la luz del atardecer se filtraba por las nubes rotas, bañándola en un resplandor dorado. Me miró cuando me acerqué, y por un instante, ni siquiera sonrió. Solo me miró. Y en ese mirar hubo algo que no fue casualidad.
—¿Querés un té? —me preguntó, voz baja, como si temiera romper el silencio que nos envolvía.
—Sí —respondí, y me senté frente a ella, sin invitar, como si ya lo hubiéramos hecho antes.
No hablamos de nada importante. De la universidad, de la lluvia, de cómo le costaba acostumbrarse al frío. Pero cada palabra que decía, cada pausa entre ellas, tenía un ritmo distinto al de las personas comunes. Como si estuviera contando algo que nadie más sabía. Y yo la escuchaba, sí, pero más que sus palabras, sentía su piel, el leve movimiento de sus pulgares sobre la taza, el modo en que su pelo se enredaba en los bordes de la manta. En un momento, la mano me tembló al tomar la taza que me ofrecía, y sus dedos rozaron los míos, con una intención clara, como una promesa que aún no se pronunciaba.
—Sos muy callado —dijo, sin reproche.
—Y vos muy silenciosa —respondí, y me atreví a sostener su mirada un poco más de lo necesario.
Ella sonrió entonces, sí, esa sonrisa que había visto antes, pero ahora más abierta, más real. Como si hubiera decidido algo. Y en ese instante, supe que neither de nosotros era inocente. Que habíamos estado jugando con fuego desde el primer día, aunque no lo supiéramos.
La lluvia cesó a eso de las ocho. Nos quedamos allí, en el banco, hasta que el frío se metió en los huesos, y ella se levantó con lentitud, como si cada movimiento estuviera calculado para darme tiempo de detenerla —o de seguirla.
—¿Podés acompañarme hasta la puerta? —me pidió, y no fue una petición. Fue una invitación.
Caminamos en silencio, pero esta vez no era un silencio incómodo. Era un silencio cargado, como el aire antes de una tormenta. Cuando llegamos a la puerta de su departamento, se giró hacia mí. No me pidió que entrara. No me ofreció más té. Solo me miró, con los ojos brillantes, y me tendió la mano.
—Si querés… —empezó, y se detuvo—. Podemos hacer algo que nunca hicimos.
No hubo duda. No hubo miedo. Solo una decisión tomada en silencio, como si el cuerpo supiera antes que la mente. Asentí, y ella abrió la puerta sin esperar más.
El interior era minimalista, ordenado, con luces tenues y una cama amplia en el centro del cuarto, sin sábanas, solo un colchón sobre el suelo. Me hizo pensar en un templo pequeño, sagrado, reservado para lo que vendría. Me senté en el borde, con las manos apoyadas en las rodillas, y ella se puso de pie frente a mí, sin apuro, como si estuviera decidiendo cómo mostrarse. Luego, con movimientos pausados, se quitó la manta. Debajo llevaba una blusa blanca, fina, y un short de algodón. No se quitó la ropa de golpe. Solo se inclinó hacia adelante, hasta que su rostro estuvo a centímetros del mío, y me habló al oído, voz apenas audible:
—¿Querés que te controle? —preguntó—. Porque puedo hacerlo. Si vos querés.
La miré a los ojos. Vi allí un desafío, sí, pero también una sumisión disfrazada de dominio. Supuse que era la primera vez para ella también, que intentaba construir un juego que no conocía, pero con una intuición clara: ella quería que yo tomara las riendas, que le diera forma a lo que ella no sabía nombrar.
—Sí —respondí, y fue todo lo que necesitó.
Me pidió que me levantara. Que me quitara la camiseta. Que me sentara en el centro de la cama, con las piernas abiertas, y las manos sobre las rodillas. No fue una orden brusca. Fue un susurro que se arrastró por mi piel, que me hizo sentirme desnudo aunque aún estuviera vestido. Entonces ella se arrodilló frente a mí, y con la yema de los dedos, trazó líneas lentas desde mis muslos hasta la base de mi erección, que ya latía con fuerza, como si hubiera estado esperando solo eso: su contacto.
—Estás temblando —dijo, y no era una pregunta.
—Soy tu primera vez —respondí, y ella sonrió, satisfecha.
No. Yo era el que no sabía qué hacer. Pero ella sí. Se inclinó y besó mi ombligo, luego deslizó las manos por mi pecho, con una lentitud que dolía, hasta que agarró mis muñecas y las apretó contra mis rodillas. Me miró, y por primera vez, vi algo más que timidez: un fuego frío, controlado, peligroso.
—Vas a hacer lo que te diga —susurró—. No tenés que pensar. Solo sentir.
Me besó entonces. No con urgencia, sino con una determinación que me dejó sin aire. Su lengua entró con calma, como si ya hubiera entrenado para eso. Y mientras besaba, sus manos desabrocharon mi pantalón, lo bajaron lentamente, sin romper el contacto con mis labios. Cuando mis testículos quedaron al aire, ella soltó mi boca, pero no mis muñecas. Solo me miró, y me pidió con un gesto que me acercara más. Lo hice, y entonces su mano derecha, aún sosteniéndome por las muñecas, bajó con lentitud, hasta que sus dedos rozaron mi sexo.
No tocaron. Solo rozaron. Y esperaron.
—Decime si paro —dijo.
—No —respondí, y fue la primera vez que le ordené algo a una mujer.
Entonces, con suavidad, me abrió la pierna izquierda, y se inclinó. Su aliento me quemó el glande, y luego, con una pausa que me hizo temblar, me tomó con la boca. No fue rápido. Fue profundo, pausado, como si estuviera aprendiendo a saborearme. Sentí sus labios tensos, su lengua jugando con el prepucio, sus dedos masajeando suavemente mis cojones. Y yo, que nunca había estado en esa posición, que nunca había permitido que alguien me controlara así, sentí que el mundo se reducía a su boca, a sus dedos, a su respiración húmeda en mi piel.
Cuando se separó, me pidió que me levantara. Que me puse de rodillas frente a ella. Y entonces, con una mano en mi nuca, me obligó a mirarla. Sus ojos estaban brillantes, las mejillas rojas, el labio inferior húmedo. Me acarició el pelo, y me dijo, voz rota:
—Quiero que me tomes. Pero no como quieras. Como yo diga. ¿Me prometés eso?
—Sí —respondí, y esta vez, lo dije con miedo y con deseo, entrelazados.
Ella sonrió, y por primera vez, me permitió ser el que tomaba. Me pidió que le quitara la blusa, que la dejara caer al suelo sin mirarla. Que la tocara, que la olfateara, que la besara solo cuando ella lo ordenara. Y yo lo hice. Con cada orden, con cada pausa, con cada mirada de aprobación, me sentí más dueño de su cuerpo, pero también más esclavo de su deseo. Cuando finalmente me permitió entrar, no fue con un grito, sino con un suspiro que sonó como una confesión.
—Sos bueno… —murmuró, mientras se aferraba a mis brazos—. Tan bueno… que me hace daño.
No fue rápido. No fue r
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