Lo que pasó en el sótano del edificio viejo
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La lluvia golpeaba contra los cristales del ascensor como una orden urgente. Valeria subió al séptimo piso con los tacones clavados en el suelo de mármol, la falda entrecortada pegándose a sus muslos mientras el aire acondicionado le erizaba la piel. Ya sabía dónde vivía Leonardo: el departamento 7B, al fondo del pasillo, con esa puerta de madera oscura que nunca cerraba del todo. Lo había visto subir con esa camisa abierta hasta el ombligo, el vello del pecho dibujado por la luz del pasillo, y supo —con esa certeza que nace del deseo latente— que no iba a tocar el timbre.
Entró sin tocar.
Él la esperaba en el sofá, de espaldas, con las manos apoyadas en los brazos, los hombros anchos, la espalda baja marcada por la tela clara de la camisa. No se giró al oírla. Solo dijo, sin apuro, con voz ronca y pausada: —Vos sí que sabés esperar.
Valeria se detuvo a dos pasos, con una pierna cruzada, el dedo índice deslizando lentamente la hebilla de su bolso. —No espero, pija. Vengo a cobrar lo que me debés.
Él se levantó entonces. Lento. Calculado. Los ojos, dos brasas bajo las cejas arqueadas, la atravesaron como si ya la hubiera desvestido. Se acercó hasta que ella sintió su aliento en el cuello, caliente y húmedo, y el olor a cuero y tabaco le subió a la nariz como un preludio.
—¿Y qué es lo que te debo, Valeria? —murmuró, inclinándose hasta rozar su oreja con los labios—. ¿El tiempo que te hice esperar ayer? ¿El café que no me pasaste? ¿O lo que sabés que no me atrevo a pedir en voz alta?
Ella se giró, pero no para huir. Para acercarse más. Le puso la palma en el pecho, sintió el latido acelerado bajo la tela, y lo empujó suavemente hacia atrás. Leonardo cayó sobre el sofá sin protestar, sin perder la sonrisa de desafío. Ella se acomodó a su lado, cruzó las piernas, y con un movimiento seguro le quitó el reloj de muñeca. Lo colocó sobre la mesa de vidrio frente a ellos, con un sonido seco y definitivo.
—El reloj queda ahí. Todo lo que te diga va a pasar. Todo lo que no. Y si decís “no” —le susurró, acercando su boca a la suya—, lo vas a decir cuando te lo esté pidiendo.
Él tragó saliva, los ojos fijos en los suyos, la respiración corta. —Decime algo que me obligue, Valeria.
Ella sonrió. Lento. Maligno. Le acarició la mandíbula con el dorso de la mano, luego bajó lentamente, deteniéndose justo sobre el botón de sus jeans. —Vas a quedarte quieto. Vas a dejar que te saque la camisa. Vas a dejar que te desabroche los jeans… y no vas a tocar nada. Ni siquiera mover un dedo, si no te lo digo. ¿Entendiste, pija?
Él asintió, apenas. La tensión se sentía en el aire, espesa, como una cuerda tensa hasta el límite. Ella se inclinó, le besó el cuello, justo donde latía el pulso, y con los labios rozó su piel mientras le decía: —Ahora… bajá la cabeza.
Él obedeció.
Y Valeria, con esa sonrisa que solo nace cuando el control es total, le pasó los dedos por el cuero cabelludo, luego por la nuca, y por fin, lentamente, le deslizó la lengua sobre la oreja.
—Vas a aprender, pija —susurró—. A esperar. A pedir. A sentir.
Y así, entre el silencio pesado y el rumor lejano de la lluvia, el tiempo se detuvo… hasta que Leonardo, con la voz quebrada, apenas atinó a decir: —Por favor… Valeria…
Ella no respondió con palabras. Solo lo cogió con la mirada, y sabes lo que pasó después.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.