Me la chupé hasta que se corrió con la lengua metida
5 minMe la chupé hasta que se corrió con la lengua metida
La primera vez que Laura me pidió que le hiciera un oral fue en su apartamento, una noche de lluvia que golpeaba las ventanas como si quisiera entrar a rastras. Ella se había quitado el sujetador apenas cruzamos la puerta, y sus pechos pequeños pero firmes colgaban con naturalidad mientras se desabrochaba el pantalón. Yo no dije nada, solo la miré con los ojos medio cerrados, sabiendo que aquella petición no era casualidad, sino una señal: quería sentirse dominada, quería perder el control y entregarlo todo a mis manos, a mi boca, a mi lengua.
—Quiero que me lo metas todo —dijo, sentándose en el borde de la cama, las piernas abiertas a un ángulo calculado, los dedos rozando el borde de sus calzones de encaje negro—. Pero primero, quiero que me chupes hasta que me corra con la lengua dentro.
No me lo pensé dos veces. Me arrodillé frente a ella, lento, consciente del peso del momento. Sus muslos estaban tensos, la piel suave pero con un ligero vello púbico rubio que contrastaba con la suavidad de su piel morena. Respiré hondo y separé sus labios con los pulgares. La vulva de Laura estaba hinchada, ya mojada, el clítoris erigido como una perla negra, brillante, exigente.
No la toqué con la mano. Empecé con la lengua: un trazo largo, de abajo hacia arriba, arrastrando el sabor salado de su excitación. Ella soltó un gemido corto, apretando los puños contra el colchón. Volví a pasar la lengua, esta vez en círculos rápidos sobre el clítoris, presionando con la punta como si quisiera hacerla trizas. Ella arqueó la espalda, los pechos moviéndose con cada sacudida.
—Sí… así… no pares —murmuró, jadeando ya más fuerte—. Mete la lengua, joaquin. Que la meta dentro.
Y lo hice. Introductí la punta de la lengua en su vagina, lentamente, sintiendo cómo se cerraba a mi alrededor, cálida, húmeda, apretada. Ella gritó, una mezcla de dolor y placer, y sus caderas se elevaron instintivamente. La metí más hondo, presionando con la base de la lengua contra su punto G mientras con los dedos separaba los labios para facilitar el acceso. El sonido que salió de su garganta fue animal, desesperado, de alguien que ya no controlaba nada.
—Me voy a correr… no aguanto… ¡me voy!
No le permití detenerse. Seguí empujando la lengua, rítmica, profunda, rotando ligeramente como si la usara como una broca. Sentí cómo su cuerpo se tensaba como un arco, cómo sus muslos temblaban, cómo su respiración se volvía entrecortada, casi asfixiada. Su vagina se contrajo una, dos, tres veces, fuerte, convulsiva, y entonces explotó.
Gritó mi nombre como una plegaria, como una maldición, como un juramento. Su cuerpo se estremeció en una cascada de espasmos que parecían no tener fin. Yo no me detuve hasta que sus contracciones se suavizaron, hasta que su respiración volvió a ser regular, hasta que sus ojos se abrieron de nuevo, vidriosos y vacíos de pensamiento.
—Dios… —susurró—. Joder… joaquin… no me había corrido así nunca.
Me levanté despacio, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Ella me miró con una mezcla de admiración, lujuria y algo más: gratitud, quizás. No era solo placer lo que le había dado; era poder. Yo tenía su cuerpo en mis manos, su mente en mis dedos, su voz entre mis labios.
—Ahora —dije, ya de pie, desabrochándome el pantalón—, me la metes tú.
Ella sonrió, esa sonrisa de quien ha sido conquistada, de quien sabe que ha perdido pero no le duele. Se puso de pie, me tomó del pene aún blando y lo frotó contra su boca, rozando la cabeza con los dientes, chupando suavemente el prepucio.
—Sí —dijo, ya con la lengua metiéndose por la fisura del glande—. Tú me cogiste con la lengua… ahora me la follas con la boca.
Me dejé hacer. Me puse la mano en la nuca y la empujé hacia abajo. Ella me tomó con firmeza, la lengua ya pegada al frenillo, los labios estirados hasta el borde del pene, que ahora se endurecía entre sus manos. Me metí más hondo, sintiendo cómo su garganta se contraía, cómo el paladar se curvaba sobre mí, cómo su nariz rozaba mi pubis.
—Gime —le ordené.
Y gimió. Un sonido grave, gutural, que vibraba contra mi pene como un motor arrancando a fuego lento. La lengua de Laura se movía con precisión quirúrgica, rozando el glande, bajando por el cuerpo, subiendo de nuevo, rozando los testículos, chupándolos con suavidad antes de volver a la base.
—Métetelo todo —le dije—. Que sientas cómo te lo meto.
Ella asintió con la cabeza, los ojos cerrados, y me lo metió entero, hasta la raíz, hasta que sus lagrimillas rodaron por las mejillas. Yo la sostuve por las caderas, empujando con fuerza, sintiendo cómo su garganta se relajaba, cómo su cuerpo aceptaba lo que yo le daba. La saliva brillaba en sus labios, pegada al pene que salía y entraba con un sonido húmedo, sucio, real.
—Cógeme la boca —le susurré—. Que sepa que eres mía.
Y me la cogí. Con la lengua, con los dientes, con la garganta. Le hice sentir la presión, la necesidad, el deseo sin freno. Le hice entender que no era solo sexo: era una entrega, una rendición, una posesión. Y cuando me corrió, cuando sentí cómo su boca se abría como una flor al sol, cuando su lengua me acarició una última vez antes de que el semen saliera en chorros calientes, supe que aquella noche no terminaría ahí.
Porque Laura no era solo una mujer que me pedía un oral. Era una adicta. Y yo, su droga.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.