Me fui a casa de mi amiga y me la comí entre el vino y la lluvia
6 minMe fui a casa de mi amiga y me la comí entre el vino y la lluvia
Yo no pensaba en hacerlo. En serio. Estaba lloviendo como para mojar el alma, y yo, con mi camiseta mojada y los zapatos pesados, tocando la puerta de Valeria como quien toca la de un refugio. Ella abrió con una toalla en el pelo y una sonrisa que me derritió la frente.
—¡Coño, Marco, mira cómo te trajiste la lluvia encima —dijo, abrazándome rápido, con el cuerpo humedecido por la humedad del día y el calor de su piel.
La seguí adentro. Su casa, siempre igual: suelos de madera, luces bajas, olor a café recién hecho y algo más… algo que ya sabía que era ella, perfumada sin esfuerzo, natural. Como cuando caminaba por la calle y el viento le levantaba la falda un poco, y yo fingía no mirar, pero sentía el pulso en las sienes.
—¿Vino? —me preguntó, ya en la cocina, abriendo la nevera.
—Sí. Blanco. Y que sea frío.
Se volteó con la botella en la mano, el cabello húmedo pegado a los hombros, la camiseta blanca, transparente ya por la humedad, y viendo sus pechos pequeños, redondos, los pezones duros como guayabas verdes. Me atraganté con el primer trago.
—¿Estás bien? —se rio, acercándome el vaso.
—Sí. Tú.
Esa palabra salió más fuerte de lo que quería. Ella lo notó. Me miró fijo, con esas ojeras que le quedaban bien, con esa mirada que decía: *sé lo que estás pensando, y no te detendré*. Y ahí, entre el sonido de la lluvia golpeando el techo y el vino en los vasos, supe que algo iba a pasar. No sé qué. Pero algo.
Nos sentamos en el sofá, con las piernas enredadas, los hombros rozándose. Ella me hablaba de una cena con su hermana, de un trabajo que le iba mal, de una canción que le gustaba. Yo la escuchaba, pero mis ojos se iban a sus manos, a sus labios, al modo en que se mordía el labio inferior cuando se concentraba. Y cuando ella se dio cuenta de que no la escuchaba, dejó de hablar y me miró.
—¿Por qué me miras así? —preguntó, bajando la voz.
—Porque desde hace semanas quiero meterte la lengua en la boca —dije, sin tapujos, sin miedo.
No se ruborizó. Se relajó. Me tomó la mano y la puso sobre su muslo. Luego, deslizó la mía hasta la falda, y me dio permiso con un movimiento de cadera.
—Pero despacio —susurró—. Hoy no me apures.
La besé entonces, con calma, con ganas. No con furia, sino con hambre de verdad. Su boca era suave, con sabor a vino y miel. Le aparté el pelo de la cara y le mordí el cuello, justo donde late el pulso más fuerte. Ella gimió, bajito, como un suspiro roto.
—Coño… Marco…
Le abrí la camiseta. Los botones se escaparon de sus huecos. No usaba sostén. Y ahí estaban, sus pechos, perfectos, con ese color de miel clara que se ponía más oscuro cuando la piel se erizaba. Le pasé la lengua por un pezón, y ella arqueó la espalda, como si la luz le entrara por dentro.
—Ay, dios… —dijo, agarrándome la cabeza con fuerza—. Sí… así.
Me levanté. La tomé de la mano y la llevé al cuarto. No había música. Solo la lluvia, la respiración, y el sonido de nuestras ropas cayendo al suelo. Ella se sentó en el borde de la cama, las piernas abiertas, los ojos cerrados. Yo me puse de rodillas entre ellas, y le aparté el calzoncillo con los dedos.
Y ahí estaba: su vulva, hinchada, brillante, con los labios oscuros y húmedos, como una flor que lleva horas esperando el sol. Le toqué el clítoris con la yema del dedo, y ella jadeó, estremeciéndose. Le lamí despacio, de abajo hacia arriba, y me gustó su sabor: dulce, ácido, como fruta madura. Ella gimió más fuerte, sujetando la sábana con los puños.
—Marco… no me muerdas… al menos no ahora —dijo entre dientes, pero yo ya le había dado un mordisco suave al lado del clítoris, y ella se estremeció como si le hubieran dado un chuzo.
Le metí dos dedos, curvados hacia adentro, y ella soltó un grito ahogado. Le moví los dedos, lentos, y mientras le lamía el clítoris con ritmo, ella se empezó a mover conmigo, subiendo y bajando la cadera. Sus piernas se estrecharon a mis orejas, y yo sentí su calor, su sudor, su olor.
—Me vas a hacer llorar —dijo, con la voz rota.
—Que llores, cariño. Que llores todo lo que quieras.
Y entonces, ella me tiró de la cabeza, me puso su mano en la nuca y me besó otra vez, hundiendo mi lengua en su boca mientras yo seguía metiéndole los dedos. Me aparté un momento, le separé los labios con los dedos y le lamí otra vez, más fuerte, más hondo. Y cuando sentí que se ponía rígida, que su respiración se cortaba, la besé en la frente, le dije *sí, sí, sí* y le chupé el clítoris con fuerza.
Ella se vino con un grito que no quiso esconder, sacudiéndose, con los ojos abiertos, la boca entreabierta, y las uñas clavadas en mis hombros.
—¡Ay, dios! ¡Marco! ¡Ay, coño!
Me levanté. Me quitó la camiseta y los pantalones en un solo movimiento. Yo ya estaba duro, y ella me tomó el pito con la mano, lo frotó con la punta de los dedos, lo rozó con el labio.
—Tienes un coño lindo… pero este pito también es para ti —dije.
Se inclinó, me lo metió en la boca, y yo le acaricié la cabeza, sintiendo su lengua tibia, su garganta, su saliva. Me puse de pie, le aparté el pelo de la cara, y le dije:
—Gírate.
Ella se volvió boca abajo, las piernas abiertas, el culo redondo, perfecto. Le pasé la punta del pito por el ano, luego por la vulva, y finalmente lo empujé dentro. Estaba apretada, caliente, mojada como una flor recién abierta. Le metí los dedos en el pelo y empecé a moverme, lento, con fuerza, con ganas de meterle toda la vida.
—Tú no sabes lo que me haces, Valeria —le dije entre dientes.
—Sí lo sé… —respondió, volviéndose un poco, con la cara roja, los ojos llorosos—. Tú no sabes lo que me haces… cuando me coges así.
Le di un par de cachetadas suaves en el culo, y ella gimió, como si le hubieran encendido algo dentro. Le agarré las caderas, le clavé el pito hasta el fondo, y le lamí el cuello mientras me venía. Me salió todo, con fuerza, y ella sintió cada latido, cada pulsación.
—¡Ay, dios! —dijo, agarrando la sábana—. ¡Me lo pegaste todo!
Me retiré, y ella se dio vuelta, me besó, me pasó la lengua por los labios como si saboreara algo bueno. Nos quedamos callados, abrazados, escuchando cómo la lluvia se volvía más suave, más tranquila.
—¿Otra vez? —pregunté.
Ella me dio un beso en la frente, me acarició la barba, y me dijo:
—Solo si me prometes que no te vas a detener hasta que yo te diga.
Y así fue.
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